
DEVORACIÓN
Según el
ilustre psicoanalista argentino Héctor Cassetti, las etapas del desarrollo del
acto sexual en la mujer son, comentadas aquí de forma sucinta, las siguientes: a)
pasiva. La mujer, piernas abiertas (en ángulo inferior a 90º), se deja hacer, y
hasta cierra los ojos -en parte por vergüenza y en parte para obtener la máxima
concentración-, pero jamás moverá un dedo, como máximo lanzará, llegado el
clímax, un suspiro o tal vez, unos gemidos; b) piadosa. Cumple fielmente
con las instrucciones que su compañero le asigna, introduciéndose en la
realización de ciertas habilidades, propias e impropias, al término de las
cuales siempre preguntará: "¿Lo he hecho bien?". Su cintura ha
empezado a perder la rigidez (¡algo se mueve!); c) virtuosa. Lo que toca
se convierte en placer, descubriendo, además, que su cintura no sólo tiene
movimiento, sino también ritmo, swing, tango, bossa nova... ¡Sí, señor...
matrícula de honor! Su destreza es ya equiparable a la de cualquier lustrosa
profesional; d) peligrosa. Le ha encontrado el punto... y ya no para,
¡hay que pararla! Autonomía plena: ella solita busca, saca, mete... se acomoda,
marca el ritmo y enloquece, una y mil veces. Podría hablarse, casi, casi, de
una dulce adicción, en la que el hombre, literalmente, es exprimido; y e)
divina. Aquí ya no necesita mover nada, puesto que ostenta todo el poder,
el máximo poder, y con el mando a distancia y la meditación sensitiva obtiene
lo que desea: placer absoluto e indefinido. El hombre, que de entusiasta
maestro ha pasado a simple zombi, queda finalmente superado, pues el zombi será
disuelto en la nada. Y esto, ¡atención!, son palabras mayores, ¿eh!
Esta última
etapa, por fortuna para los hombres, es excepcional, tan excepcional que,
siguiendo a Héctor Cassetti, sólo una mujer, en más de veinte años de dura
investigación, alcanzó esa fase, digamos... de trascendencia, o mejor aún, de
tecnotrascendencia. La mujer, en cuestión, hermosísima, pero de aspecto
lánguido, nebuloso y casi extraterrestre, se llama Nélida González: primero,
alumna; luego, discípula; después, colaboradora y secretaria; y con
posterioridad, amante de nuestro querido psicoanalista.
A Héctor
Cassetti -debo decirlo-, lo conocí a raíz de una entrevista para El
independiente, periódico en el que todavía colaboro. Al término de
la misma, y visto el interés que mostré por los libros de literatura que tenía
en su vasta biblioteca, me preguntó:
-Así que,
además de periodista, es escritor.
-Soy escritor,
lo del periódico es una forma plebeya de ganarme la vida.
-¿Y qué
escribe usted?
-Depende de la
estación.
-¿La estación?
-apuntó, perplejo.
-Sí. Verá...
en primavera escribo poemas; en verano, cuentos; en otoño, teatro y en
invierno, novela.
-Entonces es
usted... ¡un escritor de temporada!, que sigue los ciclos que marca la
naturaleza. ¡Maravilloso, maravilloso! -exclamó, echándose a mis brazos. Y acto
seguido me preguntó:
-Y... ¿es
usted bueno?
-Aunque esté
mal confesarlo, sí... ¡soy insuperable!
Y ése fue el
inicio de una amistad seria, profunda, leal y muy productiva entre el maestro y
yo, amistad que ha durado hasta... hasta hace bien poco, hasta que desapareció
del mapa sin dejar rastro. Bueno, debo decir que yo encontré, entre sus últimas
notas, una página, con caligrafía temblorosa, en la que ponía: Estoy dentro
de ella. Ella, por supuesto, declara no saber nada de nada: Echó a
volar, como el araguirá.
No será
difícil imaginar cómo, en un momento dado, un hombre -aunque sea de la talla
intelectual de Héctor Cassetti, o quizá por eso mismo- puede perder la cabeza
por una mujer, máximo si esa mujer se llama Nélida González: joven, esbelta,
atractiva, inteligente... y envuelta en un taimado halo de misterio. Ahora
bien, lo que sucedió entre ambos fue algo más, ¡mucho más!, que un mero
metejón, ¿eh!
Como es
lógico, la mayoría de los colegas de Héctor Cassetti, arrastrados por una
comprensible envidia, consideran que su desaparición guarda relación estrecha
con el estrés al que últimamente estaba sometido (estudio y experimentación,
así lo llamaba él), estrés al que conviene añadir ese pasado común a todo
ríoplatense de esta orilla, que conlleva el terrible peso de haber soportado
una dictadura militar, el multiforme peronismo, la corrupción política, la
sempiterna crisis económica, las fugas de capital, las villas miseria,
las recomendaciones del F.M.I., el corralito, la incontenible
mitomanía, la pasión por el fútbol, la astrología, la verborrea sedente, la
sobrevaloración propia, la falta de previsión, los tiempos de "champán y
pizza", la boludez, el ser huevón... y hasta un asunto familiar
extremadamente delicado y probablemente no superado: el hecho de que su madre,
viuda desde hacía tan sólo año y medio, se liara con un oficial británico, poco
antes de que estallara la penosa guerra de las Malvinas, y digo penosa,
porque la pena es activa, mientras que la melancolía no lo es.
En fin, sin
desechar todos esos argumentos, que, sin lugar a dudas, tienen gran
importancia, yo me inclino a pensar que el verdadero motivo de su desaparición
está en la poderosísima fuerza centrípeta de Nélida González. Sí, declarémoslo
de una vez por todas y con el sano convencimiento de quien pugna por descubrir
la verdad y es coherente con las valiosas aportaciones del maestro: ¡Héctor
Cassetti fue abducido, sexualmente, pero abducido, qué carajo! Y para ello, me
apoyo en dos hechos irrefutables: a) la nota manuscrita en la que
declaraba su paradero: ¡Estoy dentro de ella!; y b) el hijo que
Nélida González alumbró, y que es la viva imagen miniaturizada, ¡micronizada!,
de Héctor Cassetti, empezando por el bigotito y acabando por los lentes, porque
el niño, pese a ser todavía un bebé, sano, risueño y juguetón, ¡tiene pelusilla
encima del labio superior y cuando está despierto... usa anteojos!
Luis Sánchez / 28-7-2002






































