
WITOLD GOMBROWICZ Y HELENA ZAWADZKA
La
relación que Gombrowicz tenía con las mu-jeres es un campo fértil para
el psicologismo. ¿Las despreciaba? No, pero no sabía muy bien lo que
significaban para él. Se le aparecen con faldas, pelo largo y una voz
un poco más aguda, y como un ser que aparenta cultivar la juventud.
Pero los conflictos que Gombrowicz mantenía con las mujeres a veces
excedían la naturaleza del género femenino, se referían más bien a
cuestiones intelectuales.
La señora Swinarska había llegado de
Polonia a Berlín para mantener un charla con Gombrowicz, un encuentro
que la señora estimula regalándole una rosa. Le dice que ella conoce
mejor la psicología alemana porque había sufrido a los alemanes en la
propia piel cuando realizaban su tarea sangrienta, mientras él había
estado en la Argentina a miles de kilómetros de distancia.
La
conversación se encrespa y termina mal, la cosa es que unas semanas
después aparece un artículo de esa señora en una revista polaca
titulado: “Sobre la distancia, o una conversación con el maestro”. Esto
lo hace sin el permiso de Gombrowicz que no la había autorizado a que
publicara una conversación que había adquirido un carácter poco
constructivo.
“Dígame, ¿por qué yo sé escribir como escribo?;
–Porque usted tiene talento; –¡Talento! ¡No tengo talento, sino
conciencia! ¿Comprende usted? Conciencia. Porque yo sé lo que los demás
ignoran. ¡Porque sé abarcarlo todo! Sabe usted, yo aquí tengo una beca
de la Fundación Ford de mil doscientos dólares. Y no pago nada por el
alojamiento, porque soy un invitado del senado de Berlín. España es un
país barato (...)”
“Me compraré allí una casita; –Y a cambio de
esa beca, ¿usted está obligado a escribir?; –¿Obligado? No. Es una beca
en reconocimiento a los méritos de un escritor (...) Vosotros los
polacos presumís continuamente y sin modestia de los cinco millones de
muertos. Se ve que sobre la ocupación nazi no tenéis nada más que
decir... Los polacos son unos nacionalistas provincianos... Sólo en
Polonia se cuentan las barbaridades que se cometieron durante la
guerra...”
Según
lo aclara Gombrowicz en los diarios la conversación había sido
tergiversada, pero no demasiado tregiversada, así que los polacos se
enfurecieron.
“La forma más común del egoísmo humano es cerrar lo
ojos a la desgracia ajena para no enturbiar el goce de todos los
placeres y encantos de la vida...¡Usted no merece el nombre de
escritor! (...)”
“Quien muestra una actitud tan cínica hacia
el martirio de millones de sus compatriotas... es un hombre carente de
toda conciencia y sentido moral”
Gombrowicz manda una nota de descargo a la revista que
había publicado el artículo de la señora Swinarska, pero aparece en la
revista mucho tiempo después, cuando el asunto estaba olvidado.
“Ni
en el más negro de mis sueños habría podido tener la miserable
intención de justificar, o ni tan sólo minimizar, los crímenes
cometidos por los nazis en Polonia, que condeno de la manera más
enérgica junto a toda la gente honesta del mundo entero. No pueden
haber a este respecto ni la más mínima duda, ya que en diversas
ocasiones me he pronunciado sobre este tema en mi ‘Diario’. Siento un
profundo respeto por los indescriptibles sufrimientos de los polacos
durante la última guerra”
El conflicto que Gombrowicz mantuvo en
Berlín con la señora Swinarska duró nada más que unas horas, el que
mantuvo con Helena Zawadzka, la secretaria del presidente del Banco
Polaco, duró siete años, y más aún, tenía muy presente a esa señora
cuando escribió “Cosmos”, mucho tiempo después de haber renunciado al
banco. Leon contaba en esa novela, que se llevaba muy mal con la
secretaria del presidente del banco, que esa arpía lo acusaba de
escupir en el cesto de basura.
Esta
historia novelada del dueño de la posada de “Cosmos”es la misma que la
historia real de Gombrowicz con la secretaria de Juliusz Nowinski, el
presidente del Banco Polaco. En los primeros ocho años de Argentina
Gombrowicz fue un bohemio que vivió en la miseria, en los ocho años
siguientes fue un empleado de oficina.
Ese hijo de una familia
noble que no había trabajado en los últimos cuatrocientos años fue
arrastrado al trabajo por el hambre. El transcurso de las horas en el
empleo alcanzó en Gombrowicz una dimensión metafísica. Todas las horas
eran terribles para este bancario ilustre, las más singulares, la de
entrada y la de salida. Como no soportaba al banco ni a nada de lo que
ocurriera dentro de él, el tiempo no le pasaba nunca.
Para
mitigar la angustia se imaginaba un viaje a Mar del Plata, a
determinada hora calculaba que estaba promediando el viaje, más o menos
había llegado a Maipú, ya más cerca del destino final y, en su caso, de
la salida del banco. Claro que esta tortura la compartía con otros
empleados de oficina, inútiles como él, que tenían poco para hacer,
pero la tragedia de Gombrowicz era mucho mayor.
Mientras
fingía que trabajaba en la oficina empezó a construirse un pasado
familiar dibujando su árbol genealógico en sus horas de ocio,
necesitaba esclarecer su pertenencia a una familia de linaje noble.
Comenzó haciendo pequeños trabajos de secretario, luego Nowinski le dio
permiso para escribir sus cosas en la oficina. Se aprovechó de la
situación y se paseaba en forma arrogante delante de los otros
empleados fumando nerviosamente en busca de inspiración.
Así
escribió “Transatlántico”, también componía poesías festivas que
circulaban de despacho en despacho, y hablaba por teléfono en voz alta
para pavonearse: –Prepárame por favor una cuajada, sobre todo, nada de
caviar rojo, quiero estar a la derecha del príncipe.
Helena
Zawadzka, la secretaria de Nowinski, le llevaba alcahueterías: –Ha
vuelto a llegar tarde y se viste como un puerco; pone las piernas sobre
el escritorio y escupe las semillas de las naranjas en el canasto de
papeles; le faltan botones en la camisa, se queda dormido en la silla,
además, podría escribir, aunque sea una vez, algo que tenga algún
sentido.
“Ante mí, nada, ninguna esperanza. Para mí todo ha
terminado, nada quiere comenzar. ¿Mi balance? Después de tantos años,
llenos a pesar de todo de esfuerzo intenso y de trabajo, ¿quién soy? Un
empleadillo, asesinado por siete horas pasadas diariamente ocupándome
de papelejos, estrangulado en todas sus empresas de escritor. Nada, no
puedo escribir nada aparte de este Diario”
Mientras
trabajó en el Banco Polaco tuvo servicios sociales a precios módicos,
sin embargo, acostumbraba a pagarle a sus médicos con libros dedicados.
También disponía de alojamiento en casas de vacaciones que el banco
tenía disponibles en Mar del Plata y Córdoba a la mitad del costo,
donde Gombrowicz pasó varias temporadas. Cobraba horas extras, un
sueldo mensual suplementario, componía poesías festivas, escribió los
diarios y todo el “Transatlántico” en la oficina.
Helena Zawadzka
cuenta que Gombrowicz no se fue del banco para recuperar el tiempo que
le robaba a su actividad de escritor, sino porque se lo estaban
vendiendo a accionistas argentinos que no hubieran tenido con él las
mismas consideraciones que había tenido Nowinski.
“En el banco
nadie creía en él salvo Kaminski, él fue su mejor aliado y,
prácticamente, único (...) Kaminski era inteligente y poliglota,
hablaba de filosofía y de música. Witold lo quería a Kaminski y a
menudo discutía con él. Conversaban frecuentemente de Chopin...”
Gombrowicz se despide del amigo Kaminski en el “Diario” de una manera sincera.
“Durante
varios años he pasado con el señor Kaminski siete largas horas al día
en la misma habitación. Era mi compañero de trabajo, un empleado como
yo, y terminó por resultarme simpático... El viernes pasado me despedí
de él como de costumbre, pero el lunes siguiente por la mañana no
apareció por la oficina. Desaparecido, es decir, muerto. Muerto tan
bruscamente y desaparecido tan por completo como si una mano lo hubiera
llevado de entre nosotros. Lo vi por última vez en el ataúd, donde
tenía aire de importancia. Una impresión penosa”
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