La poesía de Carlos Ernesto y un viaje a Soyapango
Por Néstor Martínez
Editor de Trazos Culturales
Me dirijo
en bus hacia la ciudad de Soyapango. Mi mano se pierde en la oscuridad
del fondo de mi mochila. Sé que llevo tres libros: “El Perfume” de
Patrick Süskind, “La Maleta en el Desván”, poemario de Carlos Ernesto
García recién salido al público, y que una de éstas calurosas mañanas
invernales me entregó el Director del Diario Co Latino, Francisco
Valencia. Tengo, con esta entrega, una especie de intercambio epistolar
de libros con Carlos sin necesidad del correo, como dos enamorados
urgidos de la lectura mutua. También le hice llegar hasta España, mi
libro “Cuentos Desde el Tercer Mundo”. Y el tercero es la Constitución
de la República, tan necesaria en estos días en que el nuevo gobierno
prometió gobernar con ella en la mano. Así que, para mi largo viaje,
hasta el colegio donde estudia mi hijo, Néstor David, (hoy me toca ir a
traerlo), me acomodo, es un decir, en el asiento que desde hace años
dejó el lustre de la cuerina y hoy sangra espuma sintética por una
cuchillada que algún vengativo vago le clavó donde reposa mi trasero, y
de apoyos para manos cuyo color plateado está cubierto por el cafesoso
óxido del descuido. Elijo para acompañarme al libro de Carlos Ernesto.
Sé que Grenouille, el asesino de los aromas, sabrá esperarme, y la
Constitución es sólo de consulta para mi trabajo como periodista.
Las
palabras de Carlos Ernesto me resuenan en el oído: “Al poeta Néstor
Martínez, este libro en señal de amistad y con el deseo de que los
poemas que él contiene te cuenten alguna cosa”. Con esta mediana
advertencia abro el libro y me sumerjo en la poesía, mientras pasan de
largo por el pasillo las ventas de frutas que suben al bus por la calle
de las putas, los que vociferan la bolsita de agua a diez centavos, los
mendigos disfrazados de vendedores de lapiceros, payasos que en
realidad son marido, mujer e hijo lactante, uno chapín que trata de
ganar dólares en El Salvador vendiendo a 0.25 la bolsita de maní, uno
que otro vendedor que trata de disminuir la amargura de su vida
ofreciendo dulces dulces, y uno que otro anunciando mango verde “con
todo”, es decir con una dudosa salsa demasiada roja, un poco de sal y
“aigüaste”, un polvo verdoso sacado de moler varios tipos de semilla.
A
medida que navego por las aguas claras de la poesía, voy deduciendo que
Carlos Ernesto escribe como un testigo que ha visto y vivido mucho en
la vida; es como si tuviera alguna urgencia por enseñarnos las
maravillas por él descubiertas:
Abajo se escucha
el relinchar del río Changjiang
que con sus aguas turbulentas
corre como un caballo furioso… (Las Montañas de Fengdu)
O
la triste experiencia de ver a una reina patronal hacer cola para
obtener una cajita “made in Italia”, donde venían los alimentos para
los pobres.
A la pecosita –según comentaron las ancianas-
le daba vergüenza hacer cola.
Hacía una semana
que la habían elegido reina del cantón… (La Reina)
Cabalgando
sobre los poemas, voy ya a Ilobasco, a París, a China, me encuentro en
un burdel, Nueva York, me solidarizo con la voz de protesta, y lloro
con la desgracia, porque entonces me doy cuenta que la dedicatoria
tiene razón: sus poemas me cuentan “alguna cosa”.
Carlos Ernesto
García, saca de la maleta, cual sorprendente mago, poesía tras poesía,
maravillándonos con sus aciertos. Casi no deja nada en el fondo.
Poemas de ayer, poemas de mediados, poemas de hoy.
Hay
en la poesía de Carlos Ernesto cierta influencia del ritmo chino, un
lejano vapor que me recuerda a “La Pagoda Blanca” de Guillermo Dañino:
El frondoso árbol
en el patio trasero
del hogar lejano… (En la Maleta)
Vaya que el último poema está ajustado a la circunstancia en que me tocó leerlo:
Arrecia la tormenta
los barcos chocan entre sí y se hunden.
Ya no tengo más hojas en el cuaderno.
Retiro los pies de la cuneta.
Me levanto empapado por el agua.
Se acabó la guerra.
El
segundo párrafo me deja un sabor a “Nosotros los pobres”. El hechizo se
rompe, el bus ya tuerce hacia el colegio, al menos no me di cuenta si
se subió un ladrón de celulares. Vuelta al real tercer mundo. Vuelvo a
sumergir mi mano en la oscura boca de la mochila. ¡Vaya Carlos Ernesto,
buen poemario me has enviado!
Soyapango, junio 5 de 2009.






































