
WITOLD GOMBROWICZ Y JORGE RUBÉN VILELA
El
último apodo de todos los que puso Gombrowicz, en su cuarto de siglo de
vida en la Argentina, me lo puso a mí. A pesar de la ingenuidad poética
con la que los presentaba Gombrowicz, Betelú y Marlon fueron los
proveedores habituales de todos los esperpentos que circulaban entre
nosotros, entonces, a pedido de Gombrowicz, inventaron un mote para mí,
Goma, y quedó Goma para siempre.
“En cuanto a Gómez, recordemos que
tenía veintidós años cuando en 1956 inicia su amistad en las
confiterías porteñas del Rex y la Fragata con una hombre de cincuenta y
dos; téngase presente que los apodos (al menos los que inventaba
Gombrowicz) son destino en cápsula, y que ‘Goma’, aparte de su
derivación obvia, es sustancia elástica, que fácilmente se dobla o se
estira, pero que guarda tenazmente la memoria de su forma original”
Llegamos a ser más conocidos por los apodos que nos puso Gombrowicz que por nuestros propios nombres.
“Pero
podría sostenerse que su obra maestra secreta fue la segunda cofradía
de amigos que formó a su alrededor (...) La formación de este segundo
grupo se ha vuelto un mito argentino. La elección se dio al azar, pero
fue un azar riguroso. Todos rondaban los veinte años (Gombrowicz había
pasado los cincuenta), todos recibieron su apodo o nombre clave, y
todos fueron fieles”
Cuando el Asno y Marlon firmaron una notas que
aparecieron en “Eco Contemporáneo” con sus propios nombres, Gombrowicz
reacciona sarcásticamente y le escribe al Buhonero Mercachifle desde
Berlín una carta que resultó premonitoria.
“(...) ‘Vilela’ y ‘Di
Paola Levin’, ja, ja, ja, ¡qué pretenciosos! Los textos de Marlon y del
Asno son ambos buenos, no sé cuál es mejor. El de Marlon es más lírico
y tierno, el del Asno más premeditado. Los dos relatos están hechos con
pedazos de los cuales unos son mejores y otros peores. Bien lo sé que
describirme es una tarea dificilísima porque mis chistes no son
solamente verbales, hay que dar el ambiente, la mueca, el estilo y
además la magia de una perpetua transformación de la realidad cotidiana
en algo artístico (lo que me caracteriza). Esto no lo lograron, pero
sería demasiado pedir, quién sabe si algún día no lo logrará Goma. Pero
de todos modos los dos trabajos son interesantes, tienen naturalidad y
vida, hay momentos excelentes en los dos y creo que para los que no me
conocen serán muy útiles (...)”
En
esa nota de Marlon, que firma pretenciosamente Vilela, pues a juicio de
Gombrowicz ninguno de nosotros tenía derecho a usar nuestro verdadero
nombre, recuerda que en septiembre de 1962, antes de la invitación de
la Fundación Ford, a Gombrowicz ya se le había agotado la Argentina.
“(...)
Desde la estación Constitución hablo a la oficina donde trabaja Gómez:
–Creo que Gombrowicz se va. Gómez sospecha que el Viejo ya no sabe qué
hacer en la Argentina. Su soledad, a pesar de las cuatro o cinco
personas que lo rodean (siempre en forma incompleta), puede llegar a
ser total: –Quizá se vaya a Brasil, o a España, Barcelona quizá, me
dice Gómez. Entonces, el Viejo sigue siendo el aislado habitante de la
pieza de la calle Venezuela 615. Solo en Buenos Aires, solo en la
Argentina (...)”
El cierre del Rex, en marzo de 1961, fue un
golpe mortal para Gombrowicz, ese café había sido su verdadero hogar.
Gombrowicz, al que le interesaba más la conversación que jugar al
ajedrez, maniobró estratégicamente para trasladar la barra del Rex a la
Fragata, pero los frutos fueron incompletos y se fueron secando con el
tiempo. La cuestión es que yo quise mantener mis partidas de ajedrez.
Le propuse a
Gombrowicz dos tertulias por semana en la Fragata: los martes y los
jueves y, para los otros días, cuando él se aparecía en el club de
ajedrez, conversaciones, sí, pero sólo después de las diez de la noche,
hasta esa hora mi tiempo estaba reservado para el juego. Recuerdo que
una noche Gombrowicz me pidió una excepción para esta limitación,
quería anunciarme antes de las diez de la noche que la Ford Fundation
lo estaba invitando a Berlín.
La caída del telón sobre este
enorme salón del Rex en el que se jugaba al ajedrez y al billar nos
complicó la vida, especialmente a Gombrowicz que sólo pudo retener en
la Fragata a tres o cuatro contertulios. Y ese inagotable venero de
jóvenes del viejo salón de la calle Corrientes con el que Gombrowicz
reemplazaba a los que se iban de su mesa, cerró con el Rex.
La
cosa es que cuando Gombrowicz se fue de la Argentina para Berlín
existía una tensión afectiva latente en nuestra relación que casi
explota con el segundo Piriápolis frustrado. Los últimos días que pasó
entre nosotros fueron confusos e interminables, en medio del vacío y de
una gran tristeza también me iba apareciendo algo extraño, parecido a
un alivio.
“Marlon
era entre esos jóvenes que conocí en Tandil, posiblemente el más
chiflado. Después comprobé con asombro que su chifladura sabía escribir”
Junto
a Flor de Quilombo y el Asno, Marlon formaba el trío más famoso de
Tandil, pero el propio Marlon se definía a sí mismo como el tercero
excluido, y no le faltaba razón. Gombrowicz lo excluyó en el puerto de
Buenos Aires cuando lo obligó a entregarle a Madame du Plastique la
invitación para subir al Federico Costa, la pobre mujer se la había
olvidado en casa.
Y la Vaca Sagrada también lo excluyó del elenco
de testimonios que había tomado en la Argentina para escribir
“Gombrowicz en Argentina”, el testimonio de Marlon no figura en este
libro. En las cartas que Gombrowicz les escribe a los jóvenes de
Tandil, Marlon aparece siempre como el más golpeado, pero lo distingue
con afecto cuando a Marlon se le ocurre llamarlo Toldo.
“(...)
Qué boludez es la de ese Marlon pelotudo, pero será posible que al
Quilombo nuestro lo llame Mariano... y por qué no Mariano Betelú, así
como lo estila el pobre de Magariños que aún al Asno lo denomina Jorge
Di Paola. ¿No querés, Marlon, rendirte a la gracia de estos nombres por
mí creados y lo único que sabes es repetir ‘el Rana’ hasta el cansancio
cuando quieres llamar al Asno? (...) Marlon, Asnito y Flor de Quilombo:
qué tal, Bianchotti, qué tal ese conocedor del archidrama y buzo de sus
profundidades, qué tal las vacaciones con el triste Tirri en Bahía
Blanca, supongo que tuvo la bondad de decirle verdades bastante
crueles. Che, Marlon, pero resulta increíble, no puedes escribir ni
siquiera una carta, si parecería que eres como aquel Papa que treinta
años estuvo sentado sobre su trono y por fin emitió la Bula Non
Possumus. Y, por favor, dímelo ¿por qué eres tan boludo? (...)”
“Marlon,
¿te recuerdas qué bien comiste en el ‘Sorrento’? 1) Langostinos 2)
dulce de crema 3) mayonesa de aves 4) sopa de fideos 5) suprema de
pollo. Tuve que pagar como 40 nacionales. Quilombo, ya sabes que la
loca publica en ‘Swiat’ tu obra y que tus caricaturas fueron aceptadas
por Preuves (...)”
“Como el Príncipe Bastardo forma parte del Comité
de Redacción, la noticia es muy cierta, pero tú sabes: la vida muy
perra. Saludos para Njemela y para Tati que son bastante bien y en
general mando saludos. No me llames Vito, Quilombo, más me gusta Toldo
(lo inventó Marlon).(...)”
A pesar del maltrato fingido y afectuoso que recibe de Gombrowicz Marlon lo trata con admiración
en el testimonio que escribe para “Eco Contemporáneo”..
“Desde
hace tres tardes está con nosotros aquí en Tandil, en la mesa del café,
un tipo que no tiene nada que ver con nada: se llama Witold Gombrowicz
y es polaco (...) No le perdonan que entrara a la exposición de nuestro
amigo Pereyra rengueando con una mueca de dolor y apoyado en el hombro
de Flor, y que a la media hora se olvidara del papel y se paseara
alegremente entre los invitados y los cuadros: –Viejo, ¿no estarás
reblandecido?; –Nadie lo sabe, Marlon, ni yo que soy Gombrowicz (...)
¿Sabían los que estuvieron en aquellos tus gestos absurdos, tus
parodias, tus falsificaciones a la forma, qué es lo que realmente
hacías? ¿Sabían que aquel Gombrowicz, en una tarde de septiembre en el
Querandí contando mágicamente a dos lindas lolitas cómo había ganado,
bailando el chachachá, catorce simultáneas de ajedrez, era este
Gombrowicz que hoy se va en el Federico Costa, y que ellas asistían a
uno de los experimentos más inquietantes, más profundos y más novedosos
de toda la literatura? (...)”
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