
WITOLD GOMBROWICZ Y JUAN CARLOS FERREYRA
El
ingeniero Juan Carlos Ferreyra tiene algunas particularidades que lo
distinguen del resto de los gombrowiczidas: leyó “Ferdydurke” antes de
que Gombrowicz llegara a Tandil; alquiló la pieza de Venezuela cuando
Gombrowicz se fue a Berlín; y recibió uno de los motes más extraños de
nuestro club: Ingeniero Fireire.
Durante las décadas del 40 y el 50,
la escena filosófica francesa se caracterizó por la aparición del
existencialismo, fundamentalmente a través de Sartre; aparecen también
la fenomenología, el retorno a Hegel y la filosofía de la ciencia. Pero
hay algo que cambia en la década del 60 cuando Sartre se orienta hacia
el marxismo y surge una nueva moda, el estructuralismo. Strauss en la
etnología, Lacan en el psicoanálisis, Altuhusser en el marxismo y
Foucault en la epistemología. Y en el fondo, Marx, Freud y Einstein
están presentes con sus grandes reducciones del pensamiento
contemporáneo.
Para
esa época, el Ingeniero Fireire asiste a un curso de filosofía que da
Gombrowicz en la Biblioteca Municipal de Tandil en el que decide
exponer sus ideas de una manera sencilla –todavía no había determinado
si en Tandil había alguna persona inteligente a la que valiera la pena
conocer– hablando tan solo de las tres capas que tiene el hombre: la
física que estudia la anatomía, la psicológica que estudia el
psicoanálisis, y la metafísica que estudia la metafísica,
ejemplificando estos conceptos simples con el miedo a la muerte que es
psicológico y la angustia ante la muerte que es metafísica.
El Ingeniero Fireire, igual que Gombrowicz, tenía algunos problemas con el aburrimiento. Los mayores ataques de aburrimiento lo
asaltaron a Gombrowicz en las pensiones de Zakopane en las que pasó algunos inviernos por sus problemas de salud.
Durante
dos temporadas enteras se entretuvo con las “manoseadas”, unas
señoritas inocentes como ángeles a las que manoseaba con un compañero
de pensión: –¿No deberíamos manosear un poco a la señorita Jolanta?
Eran cosquillas mundanas más que licenciosas. Pero su aburrimiento
crecía hasta el dramatismo cuando llegaban los profesores de la
Universidad Jaguielónica.
Las despreocupadas comidas de Gombrowicz
se convertían entonces en una especie de celebración, cuya pesada
pedantería lo enervaba increíblemente. Los profesores mantenían entre
ellos unas conversaciones sabias que los demás comensales escuchaban
con devoción. Nunca había sentido simpatía por los profesores, pero
esos diálogos filosóficos o históricos, le parecían pesados como un
hipopótamo y no mucho más lúcidos.
En los momentos más
solemnes los interrumpía con cortesía con algún disparate: –¿Por qué no
prueban estos pastelitos? En un almuerzo les sirvieron unas pastas
indigestas e insípidas, entonces Gombrowicz protestó alzando la voz:
–Pasta para el estómago, pasta para el alma, es realmente demasiado. Se
produjo un escándalo y uno de los sabios intentó romperle una silla en
la cabeza.
En
los cafés de Tandil Gombrowicz a veces también se aburría. Una tarde,
sentado a una mesa con Flor de Quilombo, esperaba a otros contertulios.
Pasada media hora entra el Ingeniero Fireire, se sienta, después de un
minuto se levanta y sale. Cuando vuelve a entrar Gombrowicz está medio
amoscado: –Profesor, si usted viene tan solo para irse no venga por
favor.
Uno de los recursos que utilizaba Gombrowicz cuando
se aburrían era contar por enésima vez la historia de su tío loco
incurable, que por las noches recorría las habitaciones vacías tratando
de ahogar su miedo con discursos extravagantes que poco a poco se
transformaban en cantos extraños que terminaban en aullidos inhumanos.
Nos tenía muy intrigados con las enfermedades mentales de los
Kotkowski.
Hay
que decir, sin embargo, que su primo Gustavo Kotkowski no parecía tan
loco. De pronto, mirando hacia la calle en ese café de Tandil, ven por
la ventana un hombre desaliñado que hace gestos, que baila y dice
frases incomprensibles. Gombrowicz entrecierra los ojos, deja la pipa y
apoya los codos sobre la mesa: –Dios mío, qué soledad terrible es la de
un loco.
Un poco después de la lectura de “Ferdydurke”, el
Ingeniero Fireire, miembro del grupo que se formó al año siguiente de
la aparición de Gombrowicz en Tandil, se presentaba con una ramita
verde entre los dientes y se tocaba la oreja izquierda si alguna cosa
no le gustaba. El día que conoció a Gombrowicz en el León de Francia,
uno de los cafés importantes de la plaza principal de Tandil, tuvo la
seguridad de que Gombrowicz era la encarnación de “Ferdydurke”.
A
Gombrowicz se le despertaban sus tendencias agresivas cuando tomaba
contacto con los ingenieros. Tenía la costumbre de torturar al Pibe
Luz, un ingeniero comunista contertulio del café Rex. Durante horas
enteras el pobre se defendía con una sonrisita crispada hasta que no
aguantaba más y se iba.
La operación magistral con la Gombrowicz
liquida la entidad de los ingenieros la realiza en “Ferdydurke”,
desmoronando al ingeniero Juventón hasta convertirlo en una piltrafa
humana. Al tomar contacto con la forma de los ingenieros Gombrowicz
sentía la inmediata necesidad de desestructurarse, se ponía
voluntariamente en camino de perder el juicio.
Uno de esos intentos
lo hizo en los diarios, un intento al que podríamos considerar como un
intento metaliterario. Gombrowicz se las arregla en este pasaje para
desvincular a la forma de sus ataduras y darle vida propia echando mano
a Creta. Todo ocurre un día en que va almorzar a la casa de un
ingeniero que tiene una industria en la localidad de Acassuso.
A
medida que ponía atención se iba dando cuenta que la casa, la mesa del
comedor y los platos del ingeniero eran demasiado renacentistas,
mientras la conversación se centraba también en el Renacimiento, una
adoración por Grecia, Roma, la belleza desnuda y la llamada del cuerpo.
La conversación con el ingeniero giró alrededor de una columna de
Creta, y a Gombrowicz se le pegó el cretino, leitmotive de toda la
narración.
Se le había pegado, pero no de una manera renacentista,
sino totalmente neoclásica y cretínica. Llegado a este punto le
advierte al lector que él sabe que no debería escribir sobre esto. De
vuelta en la ciudad se dirigió al café Rex pero, de repente, desde el
café París, le hacen señas unas señoras conocidas que aparentemente
estaban sentadas a la mesa comiendo unos bizcochos que mojaban en la
crema.
Pero
era una mistificación, la verdad es que estaban sentadas a un tablero
cubierto de esmalte apoyado sobre cuatro barras de hierro torcidas, y
la acción de comer consistía en meterse una cosa u otra por un orificio
practicado en la cara, al tiempo que sus orejas y sus narices
despuntaban. Cháchara va, cháchara viene, Gombrowicz pide disculpas y
se marcha alegando falta de tiempo.
El hecho de que estuvieran
ocurriendo cosas demasiado cretinas como para ser reveladas, era la
razón que lo obligaba a relatarlas pues tenían un exceso de cretinismo.
Al
salir del café París se dirigió al café Rex. En el camino se le acerca
una persona desconocida, le dice que hacía tiempo que quería conocerlo,
lo saluda, le da las gracias y se va.
Cuando iba a ponerlo de
vuelta y media al cretino, se da cuenta que no es cretino, puesto que
esa persona sólo quería conocerlo y lo había conocido. Se empiezan a
encender las luces de la noche, pasan los coches, caminan los
transeúntes, mientras tanto Gombrowicz mira las casas. En el balcón de
un séptimo piso le están haciendo señas Henryk y su mujer.
Él
también les hace señas. Henryk y su mujer hablan y hacen señas. Coches,
tranvías, gente, bocinazos, Gombrowicz les responde con señas. De
pronto repara en que Henryk, más que hacer señas, enseña..., ¿pero qué
es lo que enseña? Se está enseñando a sí mismo como si fuera una
botella. Los dos están haciendo señas, pero Henryk se enseña a sí mismo.
“Yo
hago señas. De repente ella (pero no, yo no puedo hacer el cretino; sin
embargo, si tengo que desenmascarar al Cretino debo hacer el cretino);
entonces ella le enseña hasta que él se asoma y ella le enseña con saña
(pero qué es lo que enseña?), después de lo cual los dos se ensañan
ligeramente, y uno hacia aquí, el otro hacia allá, y, ¡puff!... (¡Esto
sí que no puedo decirlo, está por encima de mis fuerzas!)”
El
Ingeniero Fireire se vengó del desprecio que Gombrowicz sentía por su
profesión recurriendo a un procedimiento simple: no lo admiró ni quiso
ser uno de sus discípulos.
“¿No es acaso sospechosa una persona que,
tras componer una obre literaria, tiene que explicarla una y otra vez?
Recurrió al apoyo de Kierkegaard y de Schopenhauer, dos nombres fuertes
de la filosofía, ; al de Paul Valery, como respaldo literario; al de
Martin Buber, como apoyo y garantía general de seriedad. Parecía
obtener una especie de lúgubre diversión en estos despliegues que
embarullaban completamente a sus oyentes”






































