
WITOLD GOMBROWICZ Y GABRIEL MARCEL
¿Por
qué seré tan inteligente? Ésta era una pregunta que se hacía Nietzsche,
y aunque Gombrowicz no llegaba a tanto ya de joven sintió que había
conseguido una superioridad intelectual sobre su entorno, poco a poco
se hizo notar como más sensato que los demás, se sabía que él era
inteligente, que su especialidad era la inteligencia y no otra cosa.
Yo
mismo recibí algunas lecciones sobre este asunto: –Vea, Goma, yo tengo
la inteligencia certificada. No sea temerario, no ponga en cuestión mi
inteligencia en presencia de otras personas. Usted tiene que realizar
un esfuerzo mayor que el mío para ser reconocido como inteligente.
Evite hacer esfuerzos innecesarios, trate de imaginar que la razón la
tengo yo.
Desde Europa nos escribía que sus conocimientos sobre Sartre
y Heidegger le alcanzaban para poner en aprietos a los más agudos
intelectos de Francia y Alemania, que Günter Grass no era gran cosa,
que John Steinbeck era aburrido, que Gabriel Marcel era un viejo
boludo, que los escritores de Francia se parecían a los perros de
Pavlov y que sus cocineros deberían ocuparse de la literatura pues
tendría mejor gusto, y, en fin, que él era un gran escritor al que los
demás no le llegaban ni a la suela de los zapatos.
Los pensadores,
progresivamente, a medida que se sucedían, se iban aproximando a la
ridiculez cuando se adentraban en el territorio de la vida. Nietzsche
era más ridículo que Kant, pero todavía no llegaba a provocar risa pues
su pensamiento era abstracto. Pero el problema teórico se convirtió en
el ‘misterio’ de Gabriel Marcel, ese misterio era una espina que
Gombrowicz no soportaba, y ese misterio le empezó a provocar risa.
El cortocircuito de Gombrowicz con la filosofía
se le produce cuando mira a la razón desde las ventanas de sus
narraciones y de sus piezas de teatro. No es tanto el Gombrowicz
filósofo el que se ríe de la conciencia, de la angustia y de la nada,
son los personaje de sus obras, ese Gombrowicz irresponsable el que se
ríe a carcajadas. El Gombrowicz filósofo no desacredita ni se burla del
Gombrowicz artista, pero el Gombrowicz artista no se cansa de desmontar
las plantaciones que hace el Gombrowicz filósofo, ni de reírsele en la
cara.
“El existencialismo no es una moda, ni una locura, ni algo
decadente, sino una de las más serias necesidades del desarrollo humano
actual, una corriente creativa que se proyecta en el futuro, uno de los
factores más esenciales que conforman la mentalidad, si no de América,
cuando menos de Europa, y que los marxistas, por su propio interés,
deberían mirar, algo que está más allá de sus narices marxoidales”
Gombrowicz encontraba en los polacos
una resistencia sistemática que se oponía a la asimilación del
existencialismo, y no sabía bien si debía a la aversión tipo sármata
que tienen los polacos a pensar demasiado, o a un pasado cultural algo
pueblerino, o al aislamiento del pensamiento libre en el que había
caído Polonia desde el advenimiento del comunismo.
Esta falta de
orientación de los polacos respecto al existencialismo los separaba de
Occidente más que el corte de los pantalones o la cantidad de coches. A
los católicos polacos no les interesaba el existencialismo porque
consideraban a la filosofía como una especialidad de los ateos. Se
olvidaban que sus verdades reveladas debían ser tratadas a un nivel de
profundidad acorde con un desarrollo mental al que habían contribuido
durante siglos muchos sabios laicos.
Al católico no debiera
resultarle indiferente el nivel mental del hombre ni los límites de su
conciencia, y es justamente en esta dirección que el existencialismo ha
profundizado la sensibilidad religiosa del hombre y enriquecido la fe
con contenidos nuevos. A los marxistas polacos tampoco les interesaba
demasiado el existencialismo porque se consideraban poseedores de un
conocimiento supremo de la vida, cometiendo el mismo pecado que los
católicos, ellos le encargaban al materialismo dialéctico la solución
de los misterios, así como los católicos se la encargaban a Dios.
“Pero
a los marxistas se les debería decir que la humanidad no se acaba en
Marx y que ese orgulloso aislamiento detrás de la muralla china de
cualquier pensamiento posterior al comunismo, poco a poco va
convirtiendo al marxismo teórico en una sabiduría cada vez más estéril,
caduca y aburrida, como puede ser aburrido repetir siempre la misma
cosa (...)”
“La presente crisis intelectual por la que atraviesa esta doctrina, que hoy en día
no puede vanagloriarse de contar siquiera con un nombre ilustre, se debe a la incapacidad de asimilar ideas nuevas”
Gombrowicz
quiere darles una lección a los polacos que piensan que las
abstracciones no sirven para nada y que sólo lo concreto y la realidad
son verdaderos, y quiere darles una lección pues resulta que justamente
el existencialismo piensa la misma cosa. Kierkegaard, el petimetre
danés que inventó el existencialismo, anunció urbi et orbi que el
razonamiento hegeliano era impotente, y era impotente porque se vale
solamente de conceptos. La diferencia entre un concepto y el objeto del
que se lo abstrae es la de que el objeto existe y el concepto no
existe, por esta razón las filosofías no tienen utilidad en la vida
concreta pues sólo elaboran fórmulas y sistemas lógicos de conceptos.
“Si
para el polaco el existencialismo no se personifica en la figura de un
anarquista con barba y pelo largo, de todos modos comienza y termina
con Sartre quien, también según esta versión, es un bobalicón ateo e
inmoral que predica que todo lo que se nos antoje está permitido. En
realidad, este Sartre, aunque ateo, es precisamente un moralista y
trata de servirnos un nuevo alimento ético. De todas formas, con Sartre
no termina esta nueva escuela del pensamiento sobre la vida, sino que
también existe la riquísima variante del existencialismo cristiano, en
el que descuellan nombres célebres como Gabriel Marcel”
Hasta
la llegada del existencialismo la lógica de las cosas era la lógica de
la filosofía, pero cuando Kiekegaard escoge como objeto de su
pensamiento, no el mundo de las cosas, sino la existencia misma , pone
al universo patas para arriba.
El desideratum del pensamiento
existencialista es, por un lado, su rechazo a la abstracción y a los
sistemas teóricos, y por otro, el intento de aprehender todo lo que se
mueve para atrapar al mundo en su desarrollo y en su movimiento.
Algunos filósofos creen que la dialéctica hegeliana puede hacerse cargo
de este segundo deseo vehemente del existencialismo, pero la diferencia
que existe entre la visión dialéctica y la visión existencialista, es
la misma que existe entre las sensaciones de una persona que observa un
coche moviéndose a toda velocidad y las sensaciones de otra que va
sentada dentro del coche. El existencialismo va más allá del rechazo a
la abstracción y del intento por aprehender el movimiento, sostiene
también que el hombre, en el curso de su desarrollo crea su propia ley,
de lo que deviene un ser imprevisible sujeto a un proceso continuo de
formación, tanto la de él como la de sus normas.
Pero
no sólo los pensadores laicos han sido tomados por el sentimiento
angustioso de que todo le estaba desapareciendo bajo los pies. En un
pueblo situado el los Pirineos, en la costa del Mediterráneo,
Gombrowicz había sostenido en su juventud discusiones interesantes
sobre este punto con el abate Barcelos. La iglesia también desea que
el hombre haga el uso más completo de su razón, ya que la razón
utilizada con propiedad también conduce a Dios.
Pero
los sacerdotes deben tener en cuenta las dificultades originadas en el
hecho de que el desarrollo de la razón es cada vez más acelerado, por
lo que la interpretación racional de las verdades reveladas sufre
continuamente en el tiempo nuevas transformaciones, y cada decenio es
más profunda y rica en descubrimientos.
El abate Barcelos le
tenía aprecio a Gombrowicz, lo consideraba una oveja descarriada pues
ese joven de buena familia había llegado a relacionarse con algunos
tratantes de blancas, y por el aprecio que le tenía tuvo que intervenir
en una mediación importante y providencial que lo salvó de la cárcel.
El alma sigue luchando con los demonios indomables de la abstracción y
del movimiento, es la misma lucha que había emprendido Kierkegaard
ciento cincuenta años atrás.
“Y
cuando llega a nuestros oídos un gemido porque la humanidad rompe todas
las normas, porque está creciendo la dinámica de nuestros tiempos, la
relatividad y el carácter funcional de todo cuanto nos rodea, todo ello
no es más que la expresión del miedo ante ese segundo demonio cuyo
nombre es movimiento, desarrollo, devenir (...)”
“El
existencialismo se encuentra a cien millas de la solución de estos
problemas, consiste más bien en dar la cabeza contra el implacable muro
que ellos forman. Pero al menos tiene la ventaja de formular nuestras
inquietudes más profundas, tanto las de Europa Occidental, como las
inquietudes que tienen origen en los menos conscientes dolores
nuestros: los dolores polacos”
Jean Wahl, el filósofo francés
recordado sobre todo por su estudio sobre “La desdicha de la conciencia
en la filosofía de Hegel”, presentó a Gombrowicz y a Gabriel Marcel, el
filósofo católico, dramaturgo y crítico, recordado sobre todo por “El
misterio ontológico”, un misterio que a Gombrowicz le provocaba risa
pues se alimentaba solamente de la conciencia y no afectaba a la vida.
“El
problema es lo dado que se me propone como externo y el misterio algo
en lo que me encuentro comprometido y cuya esencia no está enteramente
ante mí. De donde el ser no es problemático, sino misterioso. Los
misterios no son problemas insolubles, sino realidades no objetivables,
pero que al estar inmersos en ellas nos iluminan. Por eso, frente al
ser no cabe más que la opción, por lo que la Metafísica es la lógica de
la libertad”
Gabriel Marcel piensa que los individuos tan sólo
pueden ser comprendidos en las situaciones específicas en que se ven
implicados y comprometidos. Esta afirmación constituye el eje de su
pensamiento, calificado como existencialismo cristiano. Es una
filosofía de lo concreto de la que deduce que la encarnación del sujeto
en un cuerpo y la situación histórica del individuo condicionan en
esencia lo que se es en realidad.
Marcel,
al contrario que otros seguidores del existencialismo, hizo hincapié en
la participación en una comunidad en vez de denunciar el ontológico
aislamiento humano. No sólo expresó estas ideas en sus libros, sino
también en sus obras de teatro, que presentaban situaciones complejas
donde las personas se veían atrapadas y conducidas hacia la soledad y
la desesperación, o bien establecían una relación satisfactoria con las
demás personas y con Dios.
Gabriel Marcel, del mismo modo que
Gombrowicz, había sido subyugado por la música y por Schopenhauer, no
así por “El casamiento”. Emil Cioran fue con Gabriel Marcel a ver el
estreno de esta pieza teatral en París, y aunque no sobre la obra sí
escribió sobre la opinión que tenía el filósofo sobre el teatro de
vanguardia.
“Si Marcel se alejó generalmente del
teatro de vanguardia fue porque la mayoría de las obras producidas por
este teatro eran deliberadamente oscuras. En todos los casos, las
representaciones requerían de una construcción vaga, donde el interés
del argumento recayera en el ocultamiento del sentido. La mistificación
es generalmente un resultado y a veces un requisito. Para divertirse,
los espectadores deben estar preparados para ser engañados, papel que
Marcel se negó a asumir. Después de presenciar espectáculos como estos,
los cuales generalmente lo enfurecían, acostumbraba decir con voz
desesperada: ‘¡Quiero entender; quiero una explicación!’. Pero muy
frecuentemente no había nada que explicar, sobre todo porque en esos
casos la incomprensibilidad era esencial, El filósofo podría aceptar
rápidamente tal cosa, si ésta no estuviera corrompida por la trampa o
el engaño”
Gombrowicz hace un
comentario breve sobre el encuentro que tuvo con Gabriel Marcel.
“Aqui,
Goma, me veneran, me aman, soy el escritor extranjero más amado de
París. Ayer Jean Wahl me presentó a Gabriel Marcel quien me dijo:
‘Usted me disculpará por mi nota sobre ‘Le Mariage’, pero sufrí
muchísimo durante este espectáculo’ Yo: ‘Esa nota, lo confieso, no me
agradó tanto, pero la firma debajo de la nota sí que me procuró
placer’. Goma, Marcel es un viejo pelotudo”
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