
WITOLD GOMBROWICZ Y DEOLINDA DE MAURO
“Hace
algunos días que estoy en Tandil y estoy parando en el hotel
Continental. Tandil, una ciudad pequeña de setenta mil habitantes en
medio de montañas no muy altas erizadas de roquedales como fortalezas.
Fue la primavera la que me hizo venir con la esperanza de librarme de
los microbios de la gripe asiática que todavía me quedan (...)”
“Ayer
alquilé por una módica suma un apartamento delicioso un poco en las
afueras de la ciudad, al pie de la montaña, allí donde se alza una gran
puerta de piedra, en la unión de un parque con un bosque de eucaliptos
y coníferas”
Fueron los jóvenes tandilenses los que atraparon a
Gombrowicz en esa ciudad, él andaba detrás de una actualización
permanente de su inmadurez. La barra del café Rex de Buenos Aires
empezó a saber algo de la gente de Tandil cuando Gombrowicz nos empieza
a escribir desde allá.
Para
los amigos de Buenos Aires algunas de las cosas que ocurrieron en
Tandil se volvieron legendarias: el asombro de Gombrowicz cuando supo,
casi recién llegado a Tandil, que el Asno había leído “Ferdydurke”; la
compota de Flor de Quilombo que protegió a Gombrowicz de sus ensueños
con su propia muerte; la ceremonia que armó Deolinda de Mauro en su
casa celebrando la llegada del contrato de Julliard para editar
“Ferdydurke” en París.
Gombrowicz se va a Tandil como un viajante
de comercio, quiere ver si le puede vender un poco de risa al dolor y
sacar de este negocio un sucedáneo del talento. No le venía nada bien
la idea de talento, el escritor no escribe con ningún talento
misterioso, sino consigo mismo.
El escritor escribe con su
sensibilidad e inteligencia, con una constante excitación del espíritu
que es la esencia de toda retórica. Si lo que escribe el escritor es
trivial, fracasa no sólo como literato, sino también como hombre. El
fundamento de esa constante excitación del espíritu es para Gombrowicz
el dolor, es el quid de la existencia, y la risa el último recurso que
tenemos para soportarlo.
“Saquemos
de ello una moraleja: que en los momentos que las circunstancias
catastróficas nos obligan a transformarnos interiormente del todo, la
risa es nuestra salvación. Pero el humor consiste en una inversión de
todo, hasta el punto que un verdadero humorista nunca puede ser
únicamente lo que es. La risa nos libera de nosotros mismos y permite
que nuestra humanidad sobreviva a pesar de los dolorosos cambios de
nuestro envoltorio (...)”
“Esa risa, dictada por unas
necesidades terribles, debería abarcar no solamente el mundo del
enemigo, sino ante todo a nosotros mismos y a lo que para nosotros es
más querido (...) Vierto sobre el papel mi crisis del pensamiento
democrático y del sentimiento universal, porque no soy el único –quiero
que lo sepáis–, no soy el único que, si no ahora sí dentro de diez
años, desee tener un mundo limitado y un Dios limitado (...)”
“Una
profecía: la democracia, la universalidad, la igualdad no serán capaces
de satisfacernos. Será cada vez más fuerte en vosotros el deseo de la
dualidad, de un mundo doble, de un pensamiento doble, de una mitología
doble; en el futuro profesaremos dos sistemas diferentes al mismo
tiempo y el mundo mágico encontrará su lugar junto al mundo racional”
El
mundo mágico del que habla Gombrowicz, ése que busca un lugar junto al
mundo racional, debía ser la juventud, un estadio de la vida que le
resultaba más familiar que la condición sofisticada de la madurez.
Gombrowicz no quería ocupar su lugar de adulto en la sociedad y anduvo
siempre conspirando, aliándose en su contra con otros elementos,
ambientes y fases del desarrollo. Hay un pasaje memorable de los
diarios que muestra hasta qué punto los argentinos fuimos cómplices de
ese sabotaje.
“También
soy colega de Cox, un chico largo y flaco de diecisiete años que tiene
algo de botones de un hotel de gran ciudad...: familiaridad con todo y
experiencia de todo, la más perfecta falta de respeto que jamás haya
visto, una tremenda mundología, como si hubiera llegado a Tandil
directamente de Nueva York (sin embargo, nunca ha ido siquiera a Buenos
Aires) (...)”
“A éste no lo va a impresionar nada..., posee
una incapacidad total de sentir cualquier jerarquía y un cinismo que
consiste en saber guardar una apariencia amable. Es una sabiduría
proveniente de la esfera inferior, la sabiduría de un pilluelo, de un
vendedor de periódicos, de un ascensorista, de un mozo de recados, para
quienes la esfera superior tiene valor en la medida en que se le puede
sacar dinero (...)”
“Churchill
y Picasso, Rockefeller, Stalin, Einstein son para ellos caza mayor a la
que desplumarían hasta la última propina si es que los pescaran en el
hall del hotel..., y semejante actitud hacia la Historia en este chico
me tranquiliza y hasta me alivia, me proporciona una sensación de
igualdad más auténtica que aquella otra, hecha de consignas y teorías.
Descanso”
Las aventuras de Gombrowicz en Tandil eran controladas
por la mirada bondadosa de Deolinda de Mauro, la dueña de la casa donde
Gombrowicz pasaba sus temporadas de vacaciones..
“Aquí vivo, abajo,
donde termina la gran avenida. Todo más o menos bien pero no sé qué
pasa, algo no muy claro, hoy vino y dijo que le dará a patadas a
Panagotto, ahora Dipi y Buffalo sostienen que no era él sino
Bianchotti, quien lo sabrá, me piden consejo pero qué consejo puedo
dar, además hay que andar con cuidado porque hay no sé qué en el
ambiente y lo de Leoplán y Ricardone tambien me resulta algo raro que
digamos. Veremos. Mi valija manda saludos a su changador y yo a los
demás infelices del Rex??? !!! ??? !!! Qué sé yo... La cena. La muela.
El paseo y la confitería”
Ésta
es la primera carta que Gombrowicz me escribe desde Tandil, un carta un
tanto extraña, lo único seguro es que vivía en “Casita de Paz” de
Deolinda de Mauro en la que vivió más o menos diez meses entre 1957 y
1960.
“(...) Un día lo invitaron a la casa de los Santamarina, una
familia muy importante: –¿Y va a ir a comer a la casa de esas personas
con una camisa tan sucia?, espere, voy a buscar un trapo y se la limpio
con un poco de alcohol (...) A Witoldo le gustaba estar en el living
durante los grandes calores. Cuando yo salía a dar un paseo abría la
despensa y me robaba las frutas. Un día lo sorprendí y se apresuró a
tragar la que tenía en la boca: –¡Qué desgracia tener un ladrón en
casa, además sucio! Tenía muchas ganas de reírse, pero no se rió porque
era un hombre de mundo (...)”
“Poco
a poco comprendí que era un escritor. Un día se enteró de que sus
libros habían sido aceptados en Francia: –Señora, señora, me han
escrito, mire esta carta, me aceptan; –Oh, Witoldo, qué alegría, ¿no
deberíamos hacer un fiesta? (...) Preparé una corona de laureles, se la
puse en la cabeza, Mariano y yo nos paramos al lado de su silla, y él
firmó el contrato (...) No era espontáneo, pero uno podía comprender
que tenía ganas de contar con amigos, aunque no le resultara fácil; no
todos estamos hechos de la misma manera. Nos escribía cartas, eran
hermosas, muy cortas, pero decían muchas cosas. En una de las últimas
escribió: ‘Me acuerdo de ustedes y no quiero que me olviden’ (...)”
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