
WITOLD GOMBROWICZ Y JORGE CALVETTI
En
los primeros años de su vida en la Argentina Gombrowicz pasó verdaderas
hambrunas, sin embargo, siempre tuvo a su disposición compinches muy
ingeniosos que lo ayudaban a sortear algunos apuros. Una tarde, en la
que estaba devorando con la vista las comidas que se veían en algunas
vidrieras de la calle Corrientes, uno de esos amigos lo invitó a comer
un cadáver, o mejor, de un cadáver. En efecto, lo llevó a un velatorio
en el que la gente después de despedir al difunto pasó a una sala
contigua donde sirvieron sandwiches y vino..
El compinche le
manifestó que con frecuencia buscaba esos cadáveres generosos por esos
barrios obreros cuyas direcciones conseguía en la sacristía de la
iglesia. Al final de su vida en la Argentina, cuando ya Europa lo había
descubierto, tampoco tuvo demasiada suerte.
Un
amigo poeta, Jorge Calvetti, que había compartido con Gombrowicz muchas
noches del Rex, le hizo una entrevista con la intención de publicarla
en el diario “La Prensa”. En ese tiempo se lo estaba traduciendo a la
mayoría de las lenguas europeas, sin embargo, Manuel Peyrou, se lo
reprochó violentamente aduciendo que se había dejado embaucar por las
imposturas de Gombrowicz.
Manuel Peyrou fue uno de los comensales
de una cena que dio Bioy Casares en su casa en homenaje a Gombrowicz y
a Borges en la que no pasó nada, por lo menos nada de lo que todos
esperaban que ocurriera. Después de haber pasado por sinsabores del
mismo gusto que el de la comida cadavérica Gombrowicz, poco a poco, fue
convirtiendo en arte el acto de ser entrevistado.
Declaraba en
esos encuentros su incapacidad para plasmar en las entrevistas que le
hacían toda su grandeza, la fuerza, la majestad y el horror de su vida.
Que él ofrecía en las entrevistas una vida novelada, embelleciendo y
dramatizando su existencia para no cansar al lector, que el arte es
siempre algo más, que aparecía precisamente ahí donde escapa a la
interpretación, que la obra está en otra parte.
La
actitud que tiene Gombrowicz cuando escribe en sus diarios es un poco
distinta a la que tiene cuando es entrevistado, y esto es así porque en
los diarios sólo conversa con su doppelgänger y con los lectores,
mientras en las entrevistas hay más interlocutores. Hay una diferencia
de tono y de estrategia en lo que Gombrowicz escribe sobre la Argentina
en el “Diario” y en “Testamento”.
Una de las diferencias que
existe entre una obra literaria y la comida es que la comida se empieza
a digerir cuando está dentro, y la obra literaria cuando está afuera.
Sea cual fuere la razón por la que Gombrowicz se haya quedado en la
Argentina, la cosa es que fue aquí donde empezó a digerir, es decir, a
comprender su obra fundamental: “Ferdydurke”.
Un
mes antes del estallido de la Segunda Guerra Mundial fue depositado al
otro lado del océano, en una tierra desconocida para él. Y para
ofrecerle una vida novelada le dice al Hasídico que su viaje a la
Argentina no fue una casualidad, fue la mano del destino la que lo
depositó aquí y no en Europa porque, si no hubiera ocurrido así, tarde
o temprano habría terminado viviendo en París, y ése no era el deseo de
su estrella.
Con el tiempo se habría convertido en un
parisino, pero él tenía que ser antiparisino, tenía que estar alejado
de los mecanismos literarios escribiendo para los cajones. La Argentina
era un país europeo en el que se sentía la presencia de Europa más que
en Europa misma, un territorio de vacas donde no se apreciaba la
literatura. Gombrowicz se alegraba, a pesar de todas sus desventuras
personales, de haberse quedado en la Argentina.
Aquí empezó el
relajamiento de su forma, mientras que los europeos se encontraban
atrapados en nuevas formas más rígidas aún: el ejército, el servicio y
la acción. Hay que decir, sin embargo, que la Argentina no le era tan
necesaria a Gombrowicz, los conflictos con la forma y sus tentaciones
con la inmadurez los podía haber tenido en cualquier parte del mundo.
Miremos
si no lo que le pasaba con Polonia y con Francia, dos mundos que había
convertido en símbolos en todo lo que concierne a la forma, dos mundos
que quería redimir y conquistar. Lo que aparece más o menos claro en
todos sus escritos es una invariante gombrowiczida: él terminaba
dándole importancia al lugar del planeta donde estaba viviendo, es
decir, al lugar donde existía.
La vida y la obra de Gombrowicz
tienen un formato especial, un formato que ha puesto en aprietos la
perfomance de las escritores argentinos. Cuando hablo de la performance
de los escritores argentinos me refiero exclusivamente al desempeño que
tienen en el asunto Gombrowicz. La primera sensación que uno tiene
leyendo sus escritos sobre Gombrowicz es que nos encontramos en un
campo literario en el que las ideas se ponen al servicio de las
palabras.
La
primacía de la semántica y de la ilación en el desarrollo de los
movimientos cognoscitivos de estos seres compelidos a escribir sobre
Gombrowicz, a veces contra su propia voluntad, nos coloca en un mundo
de características borgianas. En Gombrowicz las cosas ocurren
exactamente al revés, mejor expresado, las palabras se ponen al
servicio de las ideas y, en el límite, el significado de las palabras
no tiene importancia, o importa poco.
Si bien es cierto que el
discurso de los hombres de letras hispanohablantes no es tan homogéneo
que digamos pues se mueve en un rango que va desde la más declarada
logomaquia del Orate Blaguer a la hermenéutica un tanto sofocante del
Vate Marxista, en muy pocas ocasiones estos jinetes que sujetan con
fuerza las riendas del caballo de las palabras se montan en el caballo
de las ideas de Gombrowicz.
Podríamos
decir que Gombrowicz los convierte en unos seres incompletos pues sólo
comprenden la parte suya que está en ellos, pero esta parte de
Gombrowicz es la parte más pequeña. Para ponerlo de una manera
distinta, no utilizamos bien el tiempo cuando salimos de nuestro hogar
para cazar jabalíes con una red o cuando nos vamos de pesca con una
escopeta.
Jorge Calvetti, poeta, periodista y traductor, albacea
literario de Carlos Mastronardi, conoció a Gombrowicz en la primera
época argentina, el tiempo de sus mayores penurias, y participó en la
traducción de “Ferdydurke”. En el año 1962 publicó un artículo sobre
Gombrowicz en el diario “La Prensa” alrededor del cual se armó un
verdadero escándalo.
“(...) Wladimir Weidlé, célebre autor del
‘Ensayo sobre el destino actual de las artes y las letras’, dijo:
‘Ferdydurke me ha revelado a un gran escritor’, y Mario Maurin, en
‘Lettres Nouvelles’, de París, refiriéndose a ‘La náusea’ de Sartre, y
a ‘Ferdydurke’ de Gombrowicz, afirmó: ‘Pasmosa proximidad de estas dos
obras maestras a las que será necesario recurrir de hoy en adelante
para situar el clima intelectual de la época y conocer su expresión más
vigorosa, más rica y más aguda’ (...)”
La
entrevista, a pesar de toda la seriedad que tenía Calvetti, resultó un
tanto estrambótica por ciertas respuestas que le dio Gombrowicz.
“¿Qué significa la palabra ‘Ferdydurke’?; –Es el nombre de una de las calles de mi ciudad natal (...)”
“En
Polonia mi situación depende de lo que se le antoje al gobierno:
Durante el régimen stalinista fui proscripto y la prensa en general no
se atrevía ni a mencionar mi nombre. En 1947, con el advenimiento de
Gomulka al poder, se permitió la edición de casi todos mis libros, pero
poco después fui puesto nuevamente en el Index. Creo que se dieron
cuenta de que habían cometido un error considerándome un pájaro raro
cuyos complicados cantos eran inofensivos (...)”
“En
una nación sometida a una modalidad espiritual muy simple como Polonia,
crece la necesidad de lo difícil, del sendero que se aparta y busca su
propia salida. La aparición de mis libros dio oportunidad para una
descarga violenta de un espíritu demasiado amansado. Mi modo de
escribir privado, personal, por ser apolítico, resultó bastante
perjudicial para la política (...)”
“¿Cómo es su vida en la
Argentina?; –Tranquila. Perfectamente desconocido, converso en los
"cafés" con dos o tres amigos. Hubo un tiempo más animado, hace quince
años, cuando emprendí la audaz tarea de traducir ‘Ferdydurke’ al
castellano. La realizamos en un clima elegante de generosidad y de un
fervor juguetón, pero cuando se publicó, editada por Argos, mi novela
desapareció (...)”
“No
los ejemplares que, al contrario, no querían desaparecer de las
librerías, sino la novela como ente espiritual. Se la tragó la Nada, y
sólo dejó tras de sí unas cuantas reseñas tibias y un tanto
desorientadas, que guardo religiosamente en un cajón de mi escritorio.
Soy una persona de poca seriedad. En medio de mis desgracias:
destierro, miseria, anonimato, fracaso y alguna que otra humillación,
lo único que me quedaba era divertirme (...)”
“La seriedad en
las condiciones en que yo vivía habría sido mortal para mí. Pero le
aclaro que no tengo ni el más mínimo resentimiento contra nadie.
Reconozco que mi caso es difícil y que yo no hice nada para
facilitarlo; por otra parte, debo anotar ‘en mi cuaderno que leo todos
los días’, como dice Shakespeare, no pocas demostraciones de simpatía y
de comprensión por parte de mis colegas argentinos (...)”
“¿Qué
opina de la literatura argentina?; –No soy de los que opinan de
literatura. Acerca del hombre argentino escribí varias páginas en mi
‘Diario’, desconocidas aquí pero conocidas en Europa. Añadiré algo:
creo sinceramente que soy, entre los escritores extranjeros, el que más
ha sido fascinado por la Argentina, y mi permanencia tan larga aquí no
es casual, pero es una fascinación difícil y quién sabe si no dramática
(...)”
Jorge Calvetti cuenta cuál fue el motivo del escándalo
que se armó con esta entrevista, y Gombrowicz da su versión de hasta
qué punto había llegado el escándalo, versión que Calvetti desmiente
por lo menos en parte.
“Manuel Peyrou, que se encontraba en la
redacción, al ver mi artículo declaró que no se debía publicar porque
se trataba de una impostura; nadie conocía a Gombrowicz, ya que su
estilo carecía de interés, por lo que, en resumidas cuentas, se oponía
a la publicación del texto (...)”
“Por
fin apareció la entrevista. Peyrou no dijo nada, pero se escondía
siempre que me veía. Gombrowicz ha contado en ‘Testamento’ que Weidlé,
de paso por Buenos Aires, informó que era muy conocido en Europa (...)”
“Eso
es cierto, pero no es cierto que uno de nosotros, Peyrou o yo, tuviera
que ser encerrado en un ascensor para que no llegáramos a las manos.
Todo lo que acabo de contar es exactamente así. Los campesinos de mi
provincia dicen: ‘Está muerto, y no me deja mentir’ (...)”
Gombrowicz
le había dado su versión al Hasídico sobre esta historia en las
conversaciones que aparecen en “Testamento”, una versión parecida a la
de Calvetti pero con una diferencia.
“Manuel Peyrou, amigo de Borges, se encontró con Calvetti en la redacción y le reprochó violentamente que se hubiera dejado
embaucar por mis mentiras (...) Calvetti fue a quejarse al jefe de redacción (...)”
“Afortunadamente,
un conocido crítico de París, el ruso Wladimir Weidlé, cuyos libros
tenían éxito en la Argentina, se encontraba de paso por Buenos Aires.
El jefe de redacción le sugirió a Calvetti que fuera a verlo para
comprobar sus afirmaciones, y Weidlé confirmó que, efectivamente, yo
era un escritor conocido y apreciado en Europa, un veredicto que
Calvetti utilizó en la entrevista (...)”
“Según parece, la agarrada
entre Calvetti y Peyrou fue tan tormentosa que hubo que encerrar a uno
de los dos en un ascensor, e inmovilizar el ascensor entre dos pisos a
fin de evitar que llegaran a las manos: ‘Se non e vero...’ (...)”
"Las opiniones vertidas en los artículos y comentarios son de exclusiva responsabilidad de los redactores que las emiten y no representan necesariamente a Revista Cinosargo y su equipo editor", medio que actúa como espacio de expresión libre en el ámbito cultural.






































