
Por Víctor Sampayo
Con esto de la pandemia en ciernes (palabra que eriza los cabellos de
más de uno) y después del inevitable escepticismo inicial, me he
quedado pensando en la psicosis que se puede generar con un bombardeo
perpetuo a través de todos los medios de comunicación en apenas unos
cuantos días. Es decir, además de lo que se habla por todas partes aquí
en México, la tecnología permite, a cualquiera que así lo desee,
examinar lo que se dice en periódicos como El país, The New York Times, Corriere della Sera, Le Monde, etc.,
en alguno de los cuales consideran, acaso con toda la razón de su
parte, que dicha pandemia será controlable ya que tendrá un nivel de
baja –casi risible– peligrosidad, puesto que la mayoría de los
infectados europeos se recuperan sin mayores contratiempos. Incluso
algunos se preguntan el por qué de la mortandad tan escandalosa que se
ha suscitado sobre todo en México, en donde, según cifras oficiales, ha
habido alrededor de 40 muertes directamente relacionadas con el VIP
(nada de personas muy importantes, sino virus de influenza porcina) y
con el kafkiano sistema se seguridad social que se ostenta por acá.
En
fin, que un día cualquiera de esta misma semana, mientras estaba frente
a la pantalla del ordenador, intentando extraerme de la cabeza algunas
frases que pudieran venderse, de pronto sentí una especie de
taquicardia, palpitaciones, ansiedad inexplicable; la frente se me
llenó de incontables y diminutas gotas de sudor frío y, como se suele
decir, buena parte de mi vida corrió como una cinta de película ante
mis propios ojos. De inmediato recordé, no sé por qué, ese síntoma que
se ha descrito hasta el cansancio en los medios de comunicación, y cuya
principal característica es que llega de manera súbita: una especie de
conciencia intuitiva de que se ha adquirido una enfermedad muy
peligrosa. Recordé también, novelescamente por supuesto, la historia
del pianista de La hermana,
de Sándor Márai; es decir, el momento repentino en que se sabe un
enfermo de insondable gravedad. Lo curioso es que después de sentir y
recordar todo esto, la sensación se hizo casi insoportable, y ya no me
cabía la menor duda de que finalmente entraba por la puerta grande en
el mundo de las cifras, un caso más de contagio, un número más sin
rostro, cuyo desenlace nadie sabría a menos de que cayera dentro de las
sibilinas fauces de la muerte. Sin embargo, en cuanto llegué a casa, a
este departamento en el que por las tardes puedo observar los sonrojos
del sol, me permití la insensibilidad de olvidarme de todo este asunto.
Me quedé en silencio, sin spots
radiales que emitieran sus recomendaciones sanitarias, sin la
televisión que reportara con esa voz ambigua los edictos de la OMS, sin
esos patriotas de cartón que se indignan cuando alguien sugiere que se
le llame la gripe mexicana
para evitar, entre otras cosas, un grave menoscabo a la muchas veces
insalubre industria porcina, en fin, sin nada que me recordara los
nefandos tiempos que parecen querer instalarse en nuestro glorioso
territorio nacional. Y casi por milagro me recuperé. O mejor dicho,
recobré mi tranquilidad cotidiana, y entonces me reí de mí mismo, de
mis temores inducidos, y también por supuesto, de todas las teorías que
se fraguan alrededor de eventos semejantes a éste, desde aquellos que
consideran que no es más que un preludio del fin del mundo, hasta
aquellos otros que sospechan terribles y subterráneas intenciones
políticas, complots, o una serie de interminables urdimbres cuajadas de
espías
de las más diversas calañas. Es cierto, no puedo explicar lo que ocurre
con esta situación ni la manera difícil o alentadora en la que vaya a
concluir (acaso todo quede en unos cuantos casos comprobados, en una
alarma mundial en la que saldrán a relucir ciertos racismos que
permanecen en estado latente, y claro, en muestras de hermandad entre
diversos pueblos que ya han lidiado con problemas parecidos); no lo sé,
lo repito, pero prefiero recordar, también novelescamente, la manera en
que comienza El Decamerón, de
Bocaccio, en el que mientras el mundo conocido era devastado por una
peste implacable, un puñado de viajeros se reúne para intercambiar
historias con el fin de mantener el miedo tras la puerta, y por qué no,
también para derrochar un poco de ese tiempo condenado a permanecer
fuera de cualquier clase de control, y es que ya lo dice un antiquísimo
lugar común: Al final todo pasa...





































