
WITOLD GOMBROWICZ Y MURIEL BELLINI
Los
enigmas han despertado siempre la curiosidad del hombre.. La Esfinge,
que en su tiempo devoraba a quienes no adivinaban sus enigmas, le
propuso uno a Edipo, un personaje que se volvió famoso con el
transcurso del tiempo.
Edipo lo resolvió y mató a la Esfinge. Sin
que yo pretenda convertir a los gombrowiczidas en Edipo ni a mí en
Esfinge debo confesar que hay un enigma que hasta ahora no he podido
resolver: saber hasta qué punto Gombrowicz estaba loco.
Gombrowicz
escribió que hubiera mordido la mano del psiquiatra que pretendiera
destriparlo privándolo de su vida interior. Él sabía que tenía
complejos pero también sabía que los transformaba en un valor cultural.
No era lector de Freud, pero ésta es justamente la definición que hace
el austríaco sobre la sublimación.
Uno de
los rangos en los que se mueve la locura es entre el exceso de
responsabilidad y el defecto de responsabilidad, ubicándose el caso de
Gombrowicz en este último extremo.
No vamos a mandar a Gombrowicz al
psiquiatra pero lo interceptaremos antes de que sublime en sus obras, a
mitad de camino. Gombrowicz reconocía en el origen de su locura la
sangre de su familia y la vida artificial de su clase social.
“El
mundo se me hacía insoportable. Todo se me presentaba como una
maliciosa caricatura. Mi familia y mi esfera social: ampulosas, mimadas
y blandengues.. La sociedad, la nación y el estado: enemigos. El
ejército un mal sueño. Los ideales y las ideologías: lugares comunes
(...)”
“(...) Pero el peor, el más artificial, el más
pretencioso, era yo mismo: cada palabra me salía diferente a como
deseaba, cada gesto estaba contaminado (...) Sólo aquel que me hubiera
seguido paso a paso y espiado en todos mis contactos con la gente,
podría haberse dado cuenta de hasta qué punto era yo un camaleón. Según
el lugar, los individuos, las circunstancias, me mostraba prudente,
estúpido, primitivo, refinado, taciturno, locuaz, inferior, superior,
anodino o profundo, era ágil, pesado, importante, una nulidad,
vergonzoso, descarado, audaz o tímido, cínico o noble, ¡qué no llegaba
a ser! Lo era todo”
El
psicoanálisis existencial no puede ser considerado como una terapia
mental pues le ofrece al hombre la angustia, a diferencia del
psicoanálisis empírico que en muchos casos se propone deliberadamente,
y en algunos casos lo consigue, liberar al hombre de la angustia.
Podría
pensarse en el psicoanálisis existencial como una terapia moral, que se
propone curar al hombre de la enfermedad infantil de la inautenticidad
y que lo conduce a la edad de la razón donde podrá quedarse solo, apto
para asumir su libertad, su autonomía y las responsabilidades derivadas
de ella.
“No
me hacía ilusiones respecto a mi propia persona, sabía que era una
especie de minusválido psíquico, para quien una existencia normal era
inaccesible y me veía obligado a buscar mi propio camino. Mi
sensibilidad, mi imaginación, mis complejos, mis temores, mis
obsesiones, cuanto más disimulados, con más fuerza me perseguían, y si
estaba tan mal, era precisamente porque parecía un ser bastante sano y
contento de mí mismo. Pero lo cierto es que no existía para mí un
camino recto y sabía que si no me justificaba ante mí mismo y los demás
con alguna obra de orden superior, no me quedaría otra cosa que
hundirme y convertirme en un loco y en un simple degenerado”
En
el extremo del exceso de responsabilidad está ubicado el
existencialismo. En un estudio realizado por una psiquiatra ginebrina
se cuenta como la doctora escuchó de la boca de una de sus pacientes
relatos en los que sus experiencias mentales coincidían en muchos
aspectos con las que describen los existecialistas y, especialmente,
con las vividas por ciertos héroes de las novelas de Sartre.
“El
menor gesto se extiende a todo el universo. La piedra que arrojé al
agua hace un momento en este río rebotó en la superficie y dejó atrás
una estela de ondas; siento que puede ser la causa remota de un
naufragio en el océano. En consecuencia, yo seré la causa de ese
naufragio, y tendré que asumir la responsabilidad total... ¡Soy
culpable de todo, absolutamente de todo! (...)”
“Por mi mera
existencia soy culpable y complico al mundo entero en mi ignominia.
¡Qué terrible es esta carga eterna sobre nuestros hombros humanos! No
estar segura de nada, no poder confiar en nada, y no obstante verse
obligada a comprometerse siempre de manera total...”
La paciente,
que verdadera y sinceramente intentó vivir según los rigurosos
principios existencialistas del compromiso y la responsabilidad,
finalmente perdió por completo la razón. Imaginemos por un momento que
en el mismo instituto psiquiátrico en el que se encontraba internada la
paciente, hubiera estado internado Gombrowicz, asunto nada improbable
pues durante buena parte de su vida le anduvo dando vueltas por la
cabeza la idea de que estaba loco.
¿Qué
hubiera estado haciendo Gombrowicz mientras la paciente temblaba
tirando piedras al agua? Hubiera estado tirando piedras al agua,
seguramente, y sin ningún remordimiento. Gombrowicz no soportaba el
compromiso y la responsabilidad existencialistas, los consideraba una
enfermedad que producía una deformación en el hombre, era una carga muy
pesada para la naturaleza humana.
La idea de una conciencia cada
vez más profunda para alcanzar la existencia auténtica debía conducir a
la locura. El existecialismo no venía por una parte del hombre, venía
por todo el hombre, por la razón, por la conciencia y por la vida. Esta
ya no era una teoría sino un intento de anexión que no se podía
responder con argumentos sino viviendo de una manera radicalmente
diferente a la que ellos proponían, de un modo suficientemente
antagónico como para que nuestra vida les resultara impenetrable.
El
compromiso y la responsabilidad tientan al hombre a resolver con su
propia cabeza los problemas del mundo, una tentación que, por lo
general, produce resultados catastróficos. Gombrowicz comienza entonces
a tirar piedras en el agua, se presenta como un paseante pequeño
burgués que sólo por azar y jugueteando se pone en contacto con causas
supremas y poderosas.
Gombrowicz es un representante ejemplar de
una vida que huye del compromiso y de la responsabilidad, esas
categorías que condujeron a la paciente a la locura. Su metafísica
intenta soportar a todos los hombres, en cualquier escala, en cualquier
nivel, una metafísica que abarque todos los tipos de existencia, tanto
a las que se encuentran es nivel superior como en el inferior.
De
este rechazo que hace Gombrowicz del compromiso y la responsabilidad
excesivos nacen algunos reproches que se le hacen a su falta de
sinceridad y a su histrionismo, pero hay que recordarles a los que le
hacen esos reproches que la literatura es escurridiza y lo obliga al
escritor a rebotar con las paredes del lenguaje y del objeto. El bufón
que todos llevamos dentro nos habla muy claramente de las ganas que
tenemos de divertirnos y del deseo de una mayor flexibilidad y de una
forma menos definida.
Si alguna cosa en el mundo, sea la cosa
fuere, no le permite al hombre pensar y sentir libremente, puede que no
alcance para volverlo loco, pero lo pone en el camino de la
locura.Gombrowicz estaba lejos de este tipo de locura pues no era un
hombre que se dejara tentar por los compromisos y la responsabilidad,
pero la sangre familiar y otros asuntos agregados de su propia cosecha
lo fueron poniendo en camino de convertirse en un orate.
La
entrega a la locura y al absurdo la empezó a practicar desde la
juventud y era un asunto que realmente lo preocupaba. La sangre
enfermiza de los Kotkowski que había heredado de su madre pesaba sobre
él como una amenaza de posibles perturbaciones psíquicas. Ese temor fue
más intenso en los años en que su imaginación estaba desbocada y
oscilaba entre la neurosis y la psicosis.
La neurosis estaba
radicada en la zona consciente de sus complejos a los que transformaba
en un valor cultural escribiendo. La esfera de la psicosis le ocultaba,
en cambio, sus trastornos psíquicos y el control era menor, como bien
puede notarse en ese cuento magistral que escribe sobre la virginidad
en cual pasa de una actitud absolutamente pura a la total obscenidad.

Uno
de los recursos a los que Gombrowicz echaba mano para caer en la falta
de responsabilidad era la onomatopeya. En el “Diario de Stefan
Czarniecki”, Stefan le advierte a Jawdiga que le iba a meter un sapo
debajo de la blusa, y que ella tenía que repetir con él algunas
palabras.
“Cham,
bam, biu, mniu, ba, bi, ba be no zar. Fue imposible, no quiso
pronunciarlas, le dijo que le daba vergüenza y se echó a llorar (...)”
En
“Transatlántico” estalla en el final un bramido de risa general en todo
el salón que aleja a los protagonistas del asesinato.
“Junto a las
paredes habían quienes se pedorreaban y quienes se meaban de risa.
Bambeabam. Y, entonces, de risa en risa, riendo, bum; riendo; bam, bum,
bumbambeaban” (...)”
Y en “Cosmos” Leon, sentado sobre un
tronco, le cuenta que había trabajado treinta y dos años y que las
historias del gorrión y el palito eran fruslerías para él, que lo
importante era la fiesta, que en la fiesta iba a bergar con el berg.
A veces trato de imaginarme cómo son los miembros del club
de gombrowiczidas utilizando las categorías de la responsabilidad y de
la onomatopeya para deducir qué parecido pueden tener con Gombrowicz.
La
Reina de la Onomatopeya es una joven cineasta talentosa que a cada rato
me sorprende con sus historias, con las ideas que tiene sobre la
responsabilidad y con sus onomatopeyas. Esta joven ha emprendido una
empresa que merece ser difundida tanto en Polonia como en la Argentina.
“Soy
licenciada en Artes Visuales y en Informática. Nací en Remedios de
Escalada Pcia. de Buenos Aires, nuestro juego de niños con mis hermanos
varones era ir a dar vueltas en bici a la Laguna de Petróleo de los
talleres del ferrocarril. Grande como dos manzanas del barrio, y todos
los meses le prendían fuego, y era normal ver a cuadras de casa la
columna de humo negro oscuro, aunque esos días de humo no dábamos
vueltas por ahí, sino por los trenes abandonados. O entrábamos en la
biblioteca de casa, hacíamos lecturas en voz alta, haciendo que
teníamos un programa de radio. ¡Oh, qué épocas, basta! (...) Quiero
hacer una convocatoria para un festival internacional de cortos
Gombrowiczidas (...) Se llamará witoldfest, fijate que armé un blog con
las bases, aunque debo poner todo más lindo y hacer la traducción al
inglés y al polaco, pero está bien. Pediré ayuda a los señores
embajadores de la real Polonia (...)”
Pongan atención a los adjuntos, ellos nos llevarán de la mano a la celebración del festival gombrowiczida.
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