
ZAFARRANCHO DE COMBATE
Wilfredo Carrizales
Ellas ventilaron sus pubis y yo,
paladinamente, eché a volar la noticia de sus velludas heridas abiertas. Fue
notorio mi pregón. Se iniciaba el zafarrancho de combate. Les di granadas de
mano y saqué mis fusiles de asalto a la luz. Rugí, disparé, las tomé como
rehenes. En los cojones finalizó la pudicia
y comenzó la belicosidad del guerrero.
Sus vulvas de vulpejas me
causaron daño por lo asequible. Recibí lisonjas como medicina sarcótica. Los
clítoris reprodujeron fielmente las virguerías y se encorvaron para purificarse
en la salutación marcial.
Sobre sus culos acudió mi naipe
de ataque mayor. Barajé la suerte e intercalé juegos a nado. Me zambullí
múltiples veces en las rajas naiperas y la euforia me ganó la partida. Entre
sus muslos dejé mi abundancia y de asombro en asombro ellas me retribuyeron con
trofeos de anteriores batallas.
Me entregaron sus turgentes
panoplias de carne y me aceptaron como su vencedor. En sus lomas tomadas ondeó
estupendamente mi bandera agujereada. Sus licores de júbilo manaron y me
produjeron triangulares espasmos. Firmamos un armisticio para reiniciar la
lucha después, a conveniencia. Dejé mi fuego en sus casamatas con rotundas
promesas de maniobras en la espesura.
En la barcaza guerrillera
continuó desnudo el desafío. Ellas hablaron de las pequeñas muertes y su
dicción se puso a la defensiva. Sus vientres y ombligos empezaron a conspirar.
Preparé una inesperada emboscada y les regué los cuerpos con ardiente metralla.
Se retorcieron y se abrazaron. Mi coraje las sorprendió y entre los tres
repasamos las posiciones que debíamos ocupar en los mapas del deseo.
El fragor de la nueva batalla
hizo traquetear al lanchón. A las enemigas se le ablandaron los pliegues. Se
tumbaron de espaldas y clamaron por disparos a discreción. Entre vahído y
vahído sus labios musitaron himnos de gloria.
Vino la niebla, el vaho o el
vapor de la confrontación. Las cápsulas de ellas resoplaron con pólvoras de
poco desgaste. Las balas silbaron y pulverizaron cualquier cobarde color. Sus
heridas se sacudieron con valentía y las puse una vez más en la mira de mi
veterano fusil. El sol exhortó a la refriega y todo fue encandilamiento,
llamarada y estruendo.
Con mi alma de alacrán que se
impuso vagué en el vasto espacio de la barcaza. Las guerreras lucían ebrias. La
represalia podía esperar. Con paso reposado las contemplé. Al fin parecían
dominadas, pero no debía bajar la guardia. Conocía al dedillo sus estratagemas.
Un viento parecido a un sopor
del estío habló con lengua lasciva. Dijo, en clave, que las prisioneras tenían
que recibir un justo escarmiento. Entonces acaricié sus escollos de dulzura y
coloqué mi arma en emplazamiento de ataque. Quedé atracado en aquellos muelles
y adversarios recintos otrora fortificados. Lancé al agua los atuendos
guerreros y me moví profundamente por la paz, por el tiempo interior inflamado
y por el triunfo frente a tan temibles contrincantes. Deserté y me uní a la
causa de las nalgas que bufaban.






































