
WITOLD GOMBROWICZ Y ENRIQUE WENDT
Cuando
conocí a Gombrowicz en el café Rex el Alemán era su mejor amigo y su
asistente el la preparación de los cursos de filosofía que dictaba. Lo
acusaba de plagio pues sus concepciones de la forma estaban copiadas de
la Gestalt.
A Gombrowicz no le disgustaba esta analogía pero le
respondía que su concepción de la forma era más bien asimilable, en el
campo lógico, a una contraposición entre los métodos analítico y
sintético de descomposición y recomposición de elementos, y le ponía
como ejemplo el ?Filifor forrado de niño?, una historia en la que
luchan dos partes antitéticas alrededor de un eje central en la que
triunfa la función sobre la idea.
En aquel tiempo mi actitud de dandy metafísico
despertaba alguna desconfianza en el padre del Alemán.
?(...)
Me dio risa lo que le aconteció con el padre del Aleman, supongo Goma
que no me va a culpar a mi por tal injusticia, sepa una cosa, y esto le
digo para que lo sepa, que usted con su aire un tanto pituco y
estetizante, sus corbatas de Dott y con el dandismo que lo caracteriza
despierta a veces sospechas en las almas inocentes (...)?
?Ya sabe
que el mundo es mal pensado y cuando uno no adapta un aire
especialmente viril enseguida lo tildan de vaya a saber qué, reconozco
que es una injusticia para con usted tomando en cuenta su
intransigencia pero le digo esto para que no venga culpándome a mí pues
no tengo nada que ver con el asunto, yo le aconsejaría adoptar un modo
de ser mas macho con por ejemplo grandes carcajadas, palmadas
cordiales, y gritos de carajo (...)?
El Alemán y yo creíamos realmente que Gombrowicz dominaba con amplitud las teorías de la física
moderna y de la filosofía.
En
cierta ocasión estábamos conversando sobre el todo es relativo de
Einstein: ?No, Gombrowicz, todo es relativo respecto al espacio y al
tiempo, pero absoluto respecto al espaciotiempo; ?Es un juego de
palabras; ?No, es que la relatividad es una ciencia de las medidas,
corrige las medidas, las agranda o las achica según el sistema de
referencia que se elija: ?Ah, es como hacen los tenderos judíos cuando
achican el metro para vender la tela y lo agrandan para comprarla.
Cuando lo conocí iba en camino de convertirme en un físico-matemático, había adquirido un cierto prestigio en la barra del Rex.
Le
explicaba a Gombrowicz lo que era un logaritmo, a Acevedo le calculaba
la velocidad que debía tener una pelota para que girara alrededor de la
tierra a un metro de altura sin caerse, al Alemán le demostraba por qué
la raíz de dos no es un número racional. Estas cuestiones tan
elementales entre los alumnos de mi facultad me ayudaron a mantenerme
en pie en los primeros tiempos de mis aventuras gombrowiczidas.
?Cuando
a mi mesa, en un café, se sienta un estudiante de ciencias exactas para
observarme con lástima (porque hablo sin decir nada), para despreciarme
(porque es una tomadura de pelo), para bostezar (porque eso no se puede
comprobar experimentalmente), no trato en absoluto de convencerle.
Espero que lo invada una ola de lasitud y saturación?
Sus
sentimientos para con los alemanes eran ambivalentes, la historia había
marcado a fuego la relación entre estas dos naciones y Gombrowicz hacía
todos los esfuerzos posibles para sacarse este problema de encima.
Cuando la Wehrmacht invade Polonia el 1º de septiembre de 1939 hacía
diez días que Gombrowicz estaba en Buenos Aires. En ese día dramático,
en un café junto a Miguel Najdorf mientras escuchaban las noticias de
la guerra por la radio, el terror y el odio los tomaron por la garganta
a estos dos señores que el tiempo convertiría en inmigrantes.
?Qué
cosa extraordinaria los Alemanes, difícil decirlo, me da una especie de
risa crónica. En esta ciudad que ha sido un infierno no se ve otra cosa
sino salud, sonrisa, tranquilidad, inocencia, perritos, amabilidad,
cordialidad, bondad (...)?
?Aquí donde todo estaba arruinado el
nivel de vida es increíblemente elevado, si los mozos de café no tienen
coche como en Francia es porque el espacio es reducido. Todos tienen
plata y bastante, ni se sabe lo que es el proletariado, todos andan
vestidos como usted o mejor. Estuve en la ciudad estudiantil, más
coches que estudiantes, ahora todos los alemanes padecen de una
estupidez extraordinaria, de veras que son estupidísimos. Además, Goma,
no comen pan, el café es horrendo, no hay casi sandwiches y cuando le
sirven ponen delante de la persona el plato con tostadas (hay) y el
café con leche (crema) más allá. Cada alemán sabe lo que tiene que
hacer y lo hace así toda la vida sin el más mínimo cambio. Ya sabe cómo
son los mozos en Buenos Aires: envidiosos, amargados, peronistas, bien,
aquí son atentos, sonrientes, amabilísimos, corriendo, con vocación
verdadera de mozo, con profundo y sincero respeto (...)?
?Cuando
uno se da cuenta de que casi todos eran asesinos torturadores (arriba
de 40 años)... esto es genial, no hay caso. Bolches no hay. Aman
tiernamente a los yanquis. Son 100% europeos, antinacionalistas,
pacifistas. Goma, son geniales no cabe duda?
Su estada en Berlín fue
trágica, estuvo internado más de dos meses en un hospital, tuvo que
soportar una campaña periodística polaca violentísima en su contra
durante cuatro meses, estaba viviendo en el país que había arruinado a
Polonia y también a él. Sentía a Berlín como una ciudad endemoniada en
la que casi todos los días escuchaba los cañonazos que disparaban los
ejércitos aliados cuando hacían ejercicios militares.
Pero también lo fascinaba la música alemana, la filosofía, la ciencia alemana, y esos rubios blancos de ojos celestes.
Enrique
Wendt era nuestro alemán, un representante típico del valor y de la
estupidez de los alemanes que tan bien describe Gombrowicz. De una
cierta humildad que apenas podía ocultar la soberbia propia de la raza,
y de una gran timidez. Gombrowicz, durante algún tiempo, tuvo planes
especiales para él, lo quería presentar en el círculo de la nobleza
polaca como un príncipe, un Hohenzollern recién llegado de Alemania, y
desarrollar para él una nueva situación social que podía terminar en
matrimonio. Al pobre Alemán le daban verdaderos ataques de vergüenza
cuando Gombrowicz lo presionaba, y el miedo y su carencia absoluta de
mundología malograron este proyecto.
Una noche en la que llovía torrencialmente Gombrowicz le pidió veinte pesos prestados al
Alemán.
¿Y
cuándo me los va a devolver?; ? Se los devolveré, digamos, el jueves.
El martes pediré treinta pesos a otra persona y se los devolveré el
viernes. Entonces, de esos treinta pesos que pido prestados el martes,
meto diez en el bolsillo y los otros veinte serán para usted. El
miércoles pido otros cuarenta pesos prestados, devuelvo los que me
habían prestado el martes y los diez restantes son para mí. Es una
cadena. De este modo todo el mundo tiene confianza en mí; ?Sí, ¿pero
qué pasará con el último préstamo?; ?¡Ah, eso sólo Dios lo sabe!
A
veces, en el Rex, la conversación se les agotaba. En una situación
normal y entre personas normales, este problema se hubiera podido
resolver fácilmente dándose las buenas noches y despidiéndose hasta el
día siguiente.
Pero Gombrowicz no se retiraba, todavía no
había llegado la medianoche y esperaba que la llegada de algún otro
contertulio rompiera el maleficio. El Alemán se quedaba porque era fiel
y muy vergonzoso, le parecía inmoral dejar al amigo solo. En más de una
ocasión Gombrowicz me llamó por teléfono a casa para que lo auxiliara,
urgiéndome a que fuera al Rex y lo ayudara a resolver esa situación
incómoda. ?¿Qué pasa, Gombrowicz; ?Venga, no le puedo explicar por
teléfono.
Se
gastaban bromas polaco alemanas, Gombrowicz solía decirle que se había
imaginado un procedimiento para derrotar a los alemanes en la primera
guerra mundial, consistía en prolongar los extremos de sus trincheras
hasta el mar, en poco tiempo sobrevendría una gran inundación y no
podrían seguir peleando.
Las bromas del Alemán eran más
pesadas, le decía a Gombrowicz que Alemania no pedía permiso y
atravesaba a Polonia cuando le hacía la guerra a Rusia.
La inocencia
y el satanismo, la dulzura y la crueldad, el valor y la estupidez, otra
vez la naturaleza doble y opuesta, la onda y el corpúsculo, la
contradicción; la mirada ambivalente de Gombrowicz se explaya aquí a
sus anchas.
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