
WITOLD GOMBROWICZ, CHARLES CHAPLIN Y JACQUES TATI
“Precisamente
en la casa de los Berni conocí a Cecilia Debenedetti en su casa de
avenida Alvear donde hacía reuniones con un grupo de personas bohemias.
Cecilia vivía dentro de una especie de halo brumoso: conmovida,
embriagada, espantada por la vida, se despertaba de un sueño para
sumirse en otro sueño aún más fantástico, luchando a la manera de
Charles Chaplin con la substancia misma de la existencia... no, era
incapaz de soportar el hecho de existir, se trataba de una mujer de
cualidades eminentes y excepcionales, un alma muy noble de aristócrata”
Si
no conté mal, ésta es la única mención a Chaplin que hace Gombrowicz en
las páginas de sus diarios, sin embargo, también él se la pasaba
luchando con la substancia misma de la existencia.
Chaplin responde a
las humillaciones con la provocación para mostrarle al provocador que
es más ligero, más fuerte y más inteligente que él, algo que también
hacía Gombrowicz.
“Debo precisar aquí, que según mis juicios de
aquella época, lo que se llama falta de tacto era, en el arte, un
factor altamente creativo, consideraba que un artista que temía cometer
una incorrección, producir un disgusto, no valía gran cosa, y que no
debían someterse a las formas mundanas quienes creaban la forma. Así
pues, me daba perfecta cuenta de que lo que escribía era inconveniente
y que por esta razón lo había escrito”
De la lectura irreflexiva de
este párrafo, como las que hacía Don Quijote de las novelas de
caballería, saqué una conclusión apresurada.
Si me ocupaba de
disgustar a los demás y no me sometía a las reglas de las buenos
modales, siguiendo el ejemplo de lo que hacía mi maestro, me pondría en
camino del mundo de los hombres de letras.
Algunas
dificultades que me han aparecido con los lectores y, muy
especialmente, con los editores, me han hecho pensar que no siempre
alcanzamos nuestros propósitos por decir cosas inconvenientes, y que no
siempre los maestros tienen razón.
A pesar de que Gombrowicz se
había convertido en un maestro en el arte de producir conflictos y de
caer en desgracia, también tenía otros proyectos. Poco tiempo después
de haber terminado “Pornografía” le pareció que esta obra podía ser un
intento de renovación del erotismo polaco.
Era un erotismo que
se correspondía mejor con el destino y la historia de la Polonia de los
últimos años hecha de violencia y esclavitud, una historia que
descendía hacia el oscuro extremismo de la conciencia y del cuerpo.
La
idea de que “Pornografía” podía ser el moderno poema erótico de Polonia
no se le apareció mientras la escribía, era una idea extraña, por otra
parte completamente ajena a su naturaleza pues Gombrowicz no escribía
para la nación ni con la nación ni desde la nación, escribía consigo
mismo y desde su propio interior.
“Pero,
¿no será que mis enredos se mezclan en secreto con los enredos de la
nación? Yo, americano, yo, argentino, caminado por la Orilla del Océano
Atlántico. Todavía soy polaco..., sí..., pero ya solamente por mi
juventud, por la infancia, por esas fuerzas terribles que en aquel
entonces me estaban formando, grávidas ya de todo lo que el futuro iba
a traer... Tal vez esté ligado a Polonia más de lo que me parece”
Quería
ser joven y bello para agradar, pero también quería crear un modelo
para el desarrollo artístico de estas cuestiones nacionales.. Quería
seducir con lo que fuera, con el espíritu, con las cosas, con el Nobel
o con un Mercedes Benz.
Si bien la vida modesta que llevó en la Argentina lo
tenía maniatado respecto a la vestimenta, nos daba lecciones sobre los buenos modales y la elegancia.
“En Buenos Aires, durante la guerra, aprendí a tomar distancia de esa manía de la ropa linda”
No
obstante a esta restricción que nos hace sobre la ropa linda, cuando se
fue de la Argentina cambió de opinión, se vestía en las mejores tiendas
de Niza, y tenía varios sacos para cada variante de temperatura.
El
sombrero, las pipas, los zapatos, un impermeable sucio y los tobillos
eran las columnas que sostenían el arte de agradar en lo que concierne
a la elegancia. Pero sus deseos de seducir iban más allá de los de un
Don Juan o un escritor, estaba convencido de que el que desea agradar a
los demás alcanza con más facilidad a la humanidad que el que sólo
desea serle útil.
“A parte del hecho de que diera vueltas en torno
a su órbita solitaria, Gombrowicz era capaz, en el momento de sus
apariciones, de dar pruebas de un talento único para desagradar.
Hubiera podido escribir un libro sobre el arte de caer en desgracia. No
hacía como algunos aristócratas que se muestran groseros durante dos
minutos para liberarse para siempre de una persona molesta, sino que a
veces se entusiasmaba con sus maniobras de autodefensa y era capaz de
alienarse a personas que podrían admirarle y ayudarle. Ese demonio
nunca lo abandonó”
La
mayéutica de Sócrates era armoniosa, la de Gombrowicz no lo era. Una
tarde armó un escándalo con sus provocaciones en la casa que González
Lanuza tenía en Piriápolis, quedó él mismo tan alterado que ya a solas,
cuando estaba cenado en el restaurante, no podía sujetar los cubiertos
de los nervios que tenía. Puede ser que en la naturaleza de las
provocaciones de Gombrowicz esté presente el conflicto sartreano de la
lucha de las trascendencias en la que cada uno trata de exceder al otro
con la suya.
“El Gran Dictador” es una película de Chaplin en la
que Hitler y Mussolini, sentados en los sillones de una peluquería,
levantan sus asientos con una palanca buscando ambos elevarse sobre el
nivel del otro y sobrepasarlo, un símbolo de la lucha entre dos
trascendencias.
Al
ser vistos por otra persona, somos esclavos, mirando a la otra persona
somos amos, este imprevisible reverso de la realidad es la parte del
diablo. Sería vano el esfuerzo del hombre para escapar a este dilema,
la esencia de las relaciones humanas no es la de ser-con, sino el
conflicto, y es por esto que el respeto por la libertad de los otros es
una palabra hueca.
La alegoría de “El Gran Dictador” es perfecta, el
alemán trata de conseguir un nivel que lo haga más grande que el
italiano, y viceversa. Intentan convertirse en amos y exceder al otro
con su trascendencia, que es lo que también quiere Gombrowicz. Pero
Gombrowicz no levanta su sillón en la peluquería para conseguir este
propósito, baja el que está al lado suyo.
Su especialidad
fue la de empequeñecer lo que parecía grande combatiendo el disimulo y
el embuste. Pasó por las armas a todas las autoridades, desde la de
Dios hasta la de la historia, y con este trabajo de desmitificación
rebajó a las personas y al resultado de sus actividades, especialmente
en el terreno del pensamiento.
Si se quitan del medio algunas de sus
últimas películas el parecido que Gombrowicz tiene con Charles Chaplin
es enorme, pero es más grande aún el que tiene con Jacques Tati, cosa
que descubrimos al mismo tiempo, como lo habían hecho Newton y Leibniz
con el cálculo infinitesimal, el Asno y yo.
La primera vez que vi a Gombrowicz me pareció un personaje inglés por el aspecto y por la pipa.
Poco
tiempo después se me empezó a parecer a Jacques Tati, y cuando lo
conocí un poco más todavía, leí “Ferdydurke”. Gombrowicz fue el primer
hombre de letras al que conocí personalmente; de este encuentro y de la
lectura de “Ferdydurke” saqué la conclusión de que no existía ninguna
diferencia entre el escritor y sus escritos.
Cuando
conocí a otros escritores me di cuenta de que este canon no era
aplicable en forma uniforme, funcionaba más o menos bien con el
Pterodáctilo, pero no funcionaba para nada con el Pato Criollo.
La
capacidad histriónica que Gombrowicz mostró cuando llegó a Tandil lo
ayudó a cautivar a los jóvenes de los que se hizo amigo, una amistad
que puso al descubierto algunas cuestiones desconcertantes.
“Desconcertaba
mucho a los adultos, era un tipo que vestía un arrugado traje de poplin
y una gorra que llevaba en el bolsillo, casi podría decirse que se
parecía a Jacques Tati. Era cómico, pero al mismo tiempo tenía como una
especie de dignidad aristocrática, un orgullo. Creo que había asimilado
en sus gestos mucho del cine mudo. Un día le pidió prestada la
bicicleta a uno de los muchachos y se puso a andar, logró andar cada
vez a menor velocidad hasta dejarla casi detenida y como el piso era de
arena iba dibujando cuadrados en vez de círculos con una lentitud
cercana a la inmovilidad. Era un perfecto corto de cine mudo y nosotros
llorábamos de la risa (...)”
“Su
partida de Tandil fue también payasesca. Recuerdo que mientras lo
saludábamos en el andén él estaba parado majestuosamente en el estribo
del tren con su traje, su paraguas y su pipa. Parecía un conde. Tan
rara era su imagen, que provocó una situación también rara: se le
acercó un hombre que estaba caminando por el andén y sorpresivamente le
preguntó: –¿Y usted, qué es?–, y se fue”
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