
WITOLD GOMBROWICZ Y MIRA ZIMINSKA
“No
sabía como tratar a las mujeres, me comportaba con ellas realmente como
no debía hacerlo (...) Me vengaba de ellas haciéndome el loco y el
payaso cuanto podía, y en el fondo de mi alma odiaba a esas maestras
indulgentes y presumidas, esas guías, institutrices y...
desgraciadamente, a menudo... críticas (...) Por fin llegó un momento
en que me rebelé y saqué la conclusión de que había que exterminar la
feminidad de la literatura”
Estas declaraciones tan drásticas de
Gombrowicz no son aplicables sin más a las actrices, siendo el mismo un
actor tenía una relación ambigua con ellas. Cuando Gombrowicz se va de
la Argentina se divertía y estimulaba a un periodista amigo para que
publicara una nota destacando su si-tuación estrafalaria y situándolo
en algún balneario brasileño de mo-da, seduciendo a famosas estrellas
de cine como Zsa Zsa Gabor.
Sus
contactos con las actrices en Polonia dejaban mucho que desear. Cuando
se propone llevar al teatro a “Ivona, princesa de Borgoña”, lo consulta
a Tadeusz Boy-Zelenski.
“¿Qué debo hacer con esta obrita?;
–Muéstrasela a Mira Ziminska, es la actriz más inteligente que conozco
y entiende de teatro. Ella te dirá si esto es representable, y a quién
hay que dársela”
Gombrowicz se veía poco con Tadeusz Boy-Zelenski,
apenas tenía contacto con las mujeres que lo rodeaban, un séquito de
segunda mano, mujeres de letras entradas en años que constituían el
estado mayor femenino del maestro. También había mujeres jóvenes y
hermosas, actrices, poetisas o a veces simplemente muchachas atraídas
por un ambiente donde su belleza podía resplandecer si correr riesgos.
Pero
estas jóvenes que venían a buscar la vida fácil en la órbita de Boy,
tenían una actitud deliberada, y su deseo de emancipación era demasiado
estereotipado y evidente, entonces, no resultaban atractivas y hasta
llegaban a ser irritantes.
“De
todos modos debo reconocer que Boy realizó grandes cosas en favor de la
normalización de la mujer polaca. Utilizo el término normalización
teniendo en cuenta la situación que se había creado”
Las polacas de
su generación tuvieron un verdadero maestro en la profesión de domar
mujeres. Tadeusz Boy-Zelenski era médico, poeta, escritor, crítico
literario y teatral, traductor de más de cien títulos de literatura
francesa, desmitificador de las tradiciones nacionalistas de la nobleza
y de la Iglesia. Fue asesinado por la Gestapo en 1941.
Pertenecía
a la generación anterior a la de Gombrowicz, inteligente y talentoso
dedicó buena parte de sus energías a achicar la brecha que existía
entre Polonia y Occidente.
Pero Gombrowicz era en cambio un maestro en
hacerle desplantes a las mujeres y a lo sagrado, hasta llegó a hacerle
uno a la basílica de San Pedro, se lo hizo a un pintor con el que se
encontró en Roma y que la estaba mirando.
“¿Ya ha visitado la
basílica?; –No, todas las iglesias son parecidas por dentro; –¿Así que
ha elegido la displicencia y el desdén?; –Sí, en efecto, eso es lo que
he elegido, además, me da demasiada pereza quitarme el sombrero para
entrar en una iglesia; –Pues entonces, entre con el sombrero puesto;
–No es mala idea, voy a ver si entro a la basílica cubierto”
En
el año en el que se agrava la enfermedad de su padre que finalmente
muere, Gombrowicz estaba escribiendo “Ivona” con pena y sin ganas.
Decidió aprovechar para el teatro la técnica que había elaborado para
los cuentos, en los que había desarrollado la capacidad de seguir un
tema abstracto y absurdo como si fuera un motivo musical.
“Ivona” no es ninguna obrita como
la había definido Gombrowicz, si bien es cierto que la protagonista es
una joven tarada a más no poder que carece en forma absoluta de gracia.
Esta pieza de teatro es una transición entre “Memorias del tiempo de la
inmadurez” y “Ferdydurke”. “Ivona” fue un juego humorístico y una forma
de ganar tiempo. Se convirtió en la obra de teatro más atractiva para
el público por su humor ligero y cruel y porque su puesta en escena le
permite al regisseur la libertad de movimientos en todos los niveles y
planos dramáticos.
Una de las ocupaciones principales que tenía
Gombrowicz en la época en la que escribió “Ivona” era la de decir
sandeces en forma reiterada, sandeces que, sin embargo, le permitían
mantener y desarrollar lo que siempre fue para él la ley suprema: el
estilo.
La risa y el estilo son pues los dos cánones de “Ivona”,
la rebelión del príncipe contra la ley de la naturaleza que lo obligaba
a gustar tan sólo de mujeres atractivas introduce un factor de
descomposición que se manifiesta en vicios y degeneraciones de todo
tipo al punto que la corte se convierte en una incubadora de monstruos.
Gombrowicz
le daba una importancia fundamental al erotismo, las pulsiones sexuales
aparecen traspuestas en su obra, pero no para ocultarlas sino para que
estén presentes con mayor intensidad.
Sus afroditas son muy
atractivas, salvo la desdichada Ivona, una joven tarada a más no poder
que carece en forma absoluta de gracia. Gombrowicz sexualiza el
pensamiento y las ideas para que la conciencia se realice en un cuerpo
erotizado que cautive y atraiga.
Las partes del cuerpo funcionan
aparte de la actividad psíquica con una estructura diferente. Acerca
de este asunto el Hasídico afirma que Gombrowicz estaba realizando una
de las primeras incursiones en un dominio desdeñado por Freud: el
inconsciente físico. Aunque estos dos vocablos son contradictorios
expresan con claridad y precisión la importancia que Gombrowicz le da a
la sexualidad en la creación artística.
La
popularidad de las indagaciones de Sastre sobre la mirada y de Freud
sobre la participación de la sexualidad en la conducta humana
facilitaron la comprensión de su obra un tanto hermética, a pesar de la
desconfianza que le tenía a ambos.
“La presión sexual me llevaba
hacia lo bajo, hacia las aventuras secretas y solitarias en los barrios
lejanos de Varsovia con mujeres de la peor especie (...)”
“No, no
se trataba de putas, en esas aventuras desgraciadas yo buscaba
justamente la salud, algo elemental, lo que lo hacía más bajo aún, y,
sin embargo, más auténtico (...)”
“Ivona procede más de la biología
que de la sociología; nace en esa región de mi interior donde me
asaltaba la anarquía ilimitada de la forma, de la forma humana, de su
desenfreno y de su desvergüenza. Seguía pues estando en mí…, y yo me
hallaba dentro”
Mira
Ziminska, la actriz que le había recomendado Tadeusz Boy-Zelenski para
la representación de “Ivona”, a más de ser una mujer bella e
inteligente, tenía un gran sentido del humor, pero Gombrowicz se
llevaba mal con los actores, especialmente con las actrices,
consideraba que los intérpretes pertenecían a una clase inferior de
artistas..
“Con las actrices me mostraba aún más implacable que
con los actores, y tenía la costumbre de fingir que no las conocía; me
presentaba solemnemente a cada una de ellas en cada encuentro. Un día,
cuando me presenté cortésmente por quinta vez a una diva, ésta agarró
un vaso de agua y sin pensarlo dos veces me lo vació en la cabeza. Mira
Ziminska, por suerte, no me guardaba rencor, pero sus horizontes
teatrales no eran tan amplios como para poder apreciar una obra tan
innovadora como ‘Ivona’. Me dijo que el principio no estaba mal, pero
que el resto no valía nada”






































