
JUAN CARLOS GÓMEZ GOMBROWICZIDAS
WITOLD GOMBROWICZ Y JEAN DUBUFFET
Era
todavía un adolescente y ya el mundo se la hacía insoportable. La
familia, la sociedad, la nación, el estado, el ejército, los ideales,
las ideologías y él mimo le resultaban unas caricaturas. Erraba por los
campos cabizbajo aplastando terrones con la punta de sus zapatos. No
había dejado de creer pero la fe ya no le interesaba por lo que su
soledad llegó a ser completa.
Cuando observaba a sus compañeros de
la infancia, pequeños campesinos que habían integrado una guardia que
él organizaba y comandaba, se daba cuenta que ellos no eran caricaturas
como lo era él, eran sencillos y sinceros. No podía comprender por qué
la cultura y la educación falsificaban al hombre, mientras el
analfabetismo daba buenos resultados. Viajando en tren hacia Varsovia,
en circunstancias extrañas y dramáticas, se le vino a la cabeza una
idea que, por lo menos en parte, le pudo aclarar este enigma.
En
la estación siguiente a la de su ingreso al tren subió uno de sus tíos
y se sentó junto a él. Era un hombre mayor, terrateniente, tirador
excelente y apasionado por la caza. De repente miró a su alrededor.
“Salgan,
por favor. La gente observó que estaba armando un revolver, y otra vez
con tono firme pero sin levantar la voz : –Salgan, por favor. El
compartimento se vació en un santiamén, entonces el tío le guiñó un
ojo: –Por fin, un poco más de espacio. Había tanta gente que no sabía
lo que decía. Ando mal de los nervios, no puedo dormir, voy a Varsovia
a ver si allí me pongo un poco mejor”
Gombrowicz se dio cuenta que
el tío se había vuelto loco, que dispararía inmediatamente si lo
provocaban, tuvo que convencer al guarda del tren de que podía
controlarlo hasta que llegaran a Varsovia.
“Es
terrible que todo terrateniente tenga que ser un excéntrico y haya de
comportarse como si estuviera chiflado; –¿Tú crees? Pero sí, es verdad,
lo he observado, se han vuelto tan extravagantes que da vergüenza,
serán sus fortunas que se le han subido a la cabeza; –Sabes tío, yo
tengo una teoría (...)”
“La gente sencilla vive una vida natural,
sus necesidades son elementales y por lo tanto sus valores son
verdaderos; –¡Qué cosas dices!; –Para un hombre rico, en cambio, el
pan, por ejemplo, no es un valor porque está saciado de pan. Un hombre
rico no tiene que luchar para vivir, entonces inventa necesidades
artificiales, es decir, falsas: el cigarrillo, la elegancia, la
genealogía, los galgos, por eso son excéntricos y no encuentran el tono
adecuado”
Con esta explicación que le dio al tío echando mano al
cigarrillo, a la elegancia, a la genealogía y a los galgos no sólo
resolvió el enigma de la educación y del analfabetismo, sino también
dio una clase familiar en circunstancias dramáticas de lo que el
marxismo llama la dialéctica de las necesidades y de los valores. La
idea sobre lo artificioso de la forma de las clases superiores iba a
ser uno de los puntos de partida de su trabajo artístico
“Cuando,
transcurridos una decena de años, narré a los hombres de letras del
café Ziemianska, cómo por miedo a un revólver cargado llegué a concebir
una de las tesis fundamentales del marxismo, los contertulios se me
echaron encima acusándome de fabulador”
Gombrowicz acostumbraba
a concentrar su atención en el culo, en las manos y en los cigarrillos.
Del culo le salió “Ferdydurke”, de las manos le salió uno de los
relatos más logrados de los muchos que hace en el “Diario”, y de los
cigarrillos le salió su famosa polémica con Jean Dubuffet.
Aunque
Gombrowicz no era indiferente a la vida difícil de los pobres, mientras
vivió en Polonia, tuvo una vida fácil sin necesidades materiales. La
familia, las institutrices y el servicio doméstico lo mantuvieron
alejado de la parte dura de la existencia. Las cosas cambiaron
brutalmente cuando llegó a la argentina, el mundo doble y acolchonado
de ese noble burgués se derrumbó y Gombrowicz tuvo que enfrentar el
hambre, la humillación y toda la variedad de las penurias materiales.
Este
cambio fatal de las circunstancias acentuaron el rechazo que siempre
había tenido por los artificios, por el idealismo y por las ilusiones
al punto que se obligó a definir de una manera drástica su axiología.
“¿El
vacío? ¿Lo absurdo de la existencia? ¿La nada? ¡No exageremos! No se
necesita de un Dios o unos ideales para descubrir el valor supremo.
Basta permanecer tres días sin comer para que un mendrugo adquiera ese
valor; nuestras necesidades son la base de nuestros valores, del
sentido y del orden de nuestra vida”
Si las
formas artísticas no expresan, aunque de una manera transpuesta, esas
necesidades entonces se convierten en un vicio que se aprovecha de un
estado de cosas artificial con un origen histórico.
A su
juicio la pintura es el ejemplo más señalado de ese vicio que compara
al del cigarrillo para caracterizar la polémica que mantuvo con Jean
Dubuffet. Quizá sea útil saber, para estar informado sobre la verdadera
naturaleza de esa arma que Gombrowicz esgrimía para combatir a la
pintura, que fumaba cuarenta cigarrillos por día, y que los sostenía al
modo de los fumadores de pipa.
Los cigarrillos que fumaba eran
horribles y muy fuertes, dejaba el paquete sobre la mesa, y si alguien
le ofrecía cigarrillos importados, los rechazaba con dignidad: –No,
gracias, yo fuma Tecla. El alguien que le ofrecía frecuentemente
cigarrillos norteamericanos era un personaje del Rex, un suizo alemán
al que todo el mundo llamaba Philip Morris.
Elegante,
serio, puntual, el suizo sólo fumaba esa marca de cigarrillos.
Gombrowicz le despreciaba sistemáticamente esas invitaciones, pero lo
desplumaba jugando al ajedrez por poca plata, apenas le alcanzaba para
pagarse una comida.
“¡Cuarenta mil pintores en esta ciudad, como
cuarenta mil cocineros! (...) Uno penetra en esta pintura como en una
perversión a gran escala, es como una gigantesca mascarada en la que un
creador artificial crea artificialmente para un público artificial con
el concurso de marchantes, de snobs, de salones, de actos solemnes, de
riqueza, de lujo, de críticas, de comentarios; en tanto que el mercado
con la oferta y la demanda forman un sistema abstracto basado en una
ficción...¿Acaso puede extrañar que París sea su capital?”
Gombrowicz
mantuvo el último de los combates que libró contra la pintura con Jean
Dubuffet, un pintor francés promotor del “Art Brut”. La polémica
epistolar se sostuvo durante casi un año pero terminaron siendo buenos
amigos. Su guerra contra la pintura era una guerra contra el medio, y
eso porque las condiciones de producción de la pintura determinan la
conciencia de los pintores. Los pintores y sus admiradores representan
la típica conciencia adaptada, son unos obsesos que aprovechan para
alimentar su pasión artificial cierto estado de cosas también
artificial que tiene un origen histórico.
Gombrowicz
no creía en el lenguaje espontáneo y natural del hombre, toda forma es
limitación y mentira, pero igualmente acusa a la pintura de ser
artificial, demasiado artificial, y empieza por decirle a Dubuffet que
la única arma que utilizará contra la pintura en su polémica será el
cigarrillo.
Para Gombrowicz el fundamento del valor es la
necesidad, pero las necesidades pueden ser legítimas y también
artificiales. La necesidad del pan es legítima y natural, en cambio la
necesidad del cigarrillo es artificial.
La
admiración que los espectadores y los críticos tienen por la pintura es
la consecuencia de un largo proceso histórico de adaptación que se ha
llevado a cabo durante muchos siglos. La pintura se ha fabricado
laboriosamente un receptor universal adaptado en una relación
convencional de la que surge una admiración artificial que le da
nacimiento al valor del cuadro.
“¿He de abandonar este torbellino
deslumbrante de formas, luces y colores que es el mundo en que vivimos
por vuestro reino muerto, donde nada se mueve? (...)”
“Comparad
en este aspecto el color y la línea con la palabra. Las palabras se
desarrollan en el tiempo, son como un desfile de hormigas y cada una
aporta algo nuevo e inesperado (...) a través del movimiento de las
palabras se expresa el incesante juego de mi existencia (...) Mientras
el pintor queda proyectado tan sólo sobre el plano, encerrado en el
espacio, inmovilizado en el lienzo como un monolito. Nuestra vista
alcanza el cuadro de una sola vez”
Lo
acusa a Dubuffet de ser demasiado francés, el lujo burgués y el
refinamiento son la debilidad de Francia, su forma de comprender el
mundo está demasiado bien alimentada. Los franceses han puesto por
encima de las enseñanzas de Schopenhauer al Nietzsche de las
declamaciones y del fortissimo, y al Hegel de las fórmulas abstractas.
Schopenhauer
tenía sentido de la realidad, su visión del mundo estaba fundada en la
sensibilidad y en el dolor, pero los franceses prefieren los
filosofemas.
Si acaso se descubriera que la firma de un Rembrandt
está falsificada, en ese mismo momento el cuadro pasaría a tener el
mismo valor que tienen los diamantes falsos. Todo esto es bien sabido
pero nadie lo toma en serio.
La verdad es que cuando los artistas
tienen que tratar con consumidores demasiado adaptados y sumisos, a la
larga, el resultado no será nada más que un juego sin contacto con la
realidad. Sartre piensa que el fundamento del valor es la elección,
Marx piensa que es la necesidad, pero Marx no se detuvo a examinar la
necesidad que tiene el hombre de fumar cigarrillos.
No
es cierto que Gombrowicz estuviera tan enemistado con la pintura, de
las paredes de su pieza de Venezuela y de las de su piso en Vence
colgaban cuadros elegidos cuidadosamente. A la pintura que no imita
directamente a la naturaleza le encuentra una semejanza con su técnica
de creación pues ella descompone totalmente el mundo visible en sus
elementos de color y de líneas a partir de los cuales elabora una nueva
composición arbitraria.
La diferencia estriba en que Gombrowicz
descompone sólo parcialmente el mundo que resulta de sus obras,
mientras que el pintor no puede restituirle al hombre el mundo que hizo
añicos, tan sólo puede ofrecerle la contemplación del juego puro de la
forma, y ahí termina todo.
La palabra es,
en cambio, más rica y poderosa que el pincel, dispone de medios de
acción diferentes y cuando se la utiliza en forma creadora hace posible
la rehumanización de la forma. La pintura ha sido en este sentido un
mala enseñanza para el arte, especialmente para los escritores, a la
que debe atribuirse el empobrecimiento de la literatura más reciente.
En
“Cosmos” Gombrowicz descompone el mundo en elementos de la forma, pero
también recrea la reacción del hombre frente a ese proceso de
descomposición, de modo que es de nuevo el hombre y no la forma quien
se halla en el centro de la obra. Si la tela pudiera ofrecernos a la
vez la forma y los sentimientos del hombre que la contempla es posible
que Gombrowicz hubiera aflojado un poco con las críticas que le hizo a
la pintura, pero la tela no puede realizar este milagro.
“Fijaos
en estas tres cosas que pongo sobre la mesa. Imaginaos que unas cuantas
personas empiezan a discutir sobre cómo disponer estas cosas para
hacerlas artísticamente reveladoras. Si las pongo formando un triángulo
será más interesante que si las pongo alineadas una al lado de la otra.
Pero se pueden crear composiciones más interesantes (...)”
“Al
fin y al cabo, si concentramos toda nuestra atención en estas tres
cosas, podremos descubrir en su exigua dimensión el misterio del
cosmos, pues ellas son una pequeña partícula del universo (...) después
de todo no son otra cosa que el objeto en toda su majestuosidad (...)
estamos confrontando la conciencia con la materia. Todo esto a
condición de que empecemos a mirarlos de verdad (...)”
“Pese a
todo la pintura es arte, aunque muy limitado por sus medios de
expresión. Combinad la carga artística de un cuadro con esas otras
fuerzas sin relación con el arte, y comprenderéis por qué el cuadro
ocupa un lugar tan elevado en nuestra percepción, llegando casi a las
alturas de lo sagrado. Sólo cabe preguntarse si vale la pena mantenerlo
a tanta altura”
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