
WITOLD GOMBROWICZ Y MARIA PACZOWSKA
Gombrowicz estaba enfermo y no podía escribir los textos que le pedía Dominique de Roux para Cahier de l’Herne.
“¡Mísero
de mí! Estoy en cama. Lumbago (...) Le aconsejo, Dominique, que no vaya
en coche con Sandauer; es un pésimo conductor (...) Desgraciadamente no
puedo hacer nada por el momento. Dentro de unos días me propongo elegir
para usted un texto de igual longitud que ‘Dante’. Hitler es demasiado
breve, son apenas dos páginas del ‘Diario’. Por consiguiente, existen
dos posibilidades. Se pueden utilizar fragmentos relativos a la muerte
de un perro, la mirada de una vaca y la insolente afirmación de que el
hipismo es una cosa horrible, así como una agonía de escarabajos, y un
párrafo bastante violento en favor de la eutanasia (...)”
“En general, se
trata de fragmentos que han despertado el interés de los lectores del
segundo volumen del ‘Diario’. Mi amiga María Paczowska, a quien usted
conoce, me dice que estos textos son de lo mejor que he escrito. Si no,
podría fabricar un texto para usted contra la cultura y la ciencia. Ya
conoce mi opinión de que en la actualidad el artista se ha dejado
dominar por la ciencia. Se podrían añadir las dos páginas sobre Hitler
(...)”
Ni Gombrowicz ni su amiga dicen nada sobre la agonía de la
hija de Simón, no sé por qué, es un texto que se merece las mismas
consideraciones elogiosas que María Pacowska le ha dispensado a los
otros. Estos fragmentos de los diarios tienen pues, en la opinión de
los lectores de aquel entonces y de María Pacowska, la unidad que le da
a las cosas el interés que despiertan y su jerarquía.
La tesis
de Gombrowicz es que Hitler se armó de una enorme audacia para
alcan-zar el límite del terror, y creció con el miedo ajeno. Aplicó el
prin-cipio de que ganaría el que tuviera menos miedo, y que el secreto
del poder consiste en dar un paso más, en aterrorizar al otro y
aplastar-lo, tanto que el otro sea una persona o una nación; ese paso
más frente al que los demás exclaman: no lo doy.
Quiso
que una vida extremadamente cruel fuera la prueba definitiva de su
capacidad de vivir, y quiso también alcanzar la he-roicidad luchando
contra su propio miedo. Se prohibió la debilidad y se cortó la
retirada, una estrategia absolutamente contraria a las tácticas que
utilizaba Gombrowicz. Es muy útil descomponer el ascenso de la forma
desde la persona hasta la historia, siguiendo el camino de Hitler,
pero ésta es harina de otro costal.
A parte del placer que le
producía, Gombrowicz encontraba en la música una estructura espiritual
que se correspondía profundamente con el arte de composición literaria
que ponía en práctica en todas sus obras. También tenía recetas: al
drama debe seguir la comicidad, a la profundidad lo trivial..., y
viceversa...Los diarios que escribe en las postrimerías del año 1961
tienen dos pasajes de género ligero.
En
el primero caracteriza la lucha entre la ciencia y el arte haciéndole
crecer a un hombre una segunda cabeza en el trasero mediante un
procedimiento científico. Más ligero es aún el tono del segundo pasaje
en el que, para llamar le atención y entretenerse, monta un número
teatral con el Beduino encima de un colectivo. En forma contigua y en
medio de estos dos pasajes cómicos y un tanto ligeros, los diarios de
Gombrowicz registran la más conmovedora aproximación literaria al
dolor.
“Digan lo que digan, existe en toda la extensión del
Universo, a lo largo de todo el espacio del Ser, un solo y único
elemento horrible, espantoso e inaceptable, una sola y única cosa que
está verdadera y absolutamente en contra de nosotros y es totalmente
aniquiladora: el dolor. Del dolor, y de ninguna otra cosa, depende la
entera dinámica de la existencia. Eliminado el dolor, el mundo pasa a
ser un asunto de absoluta indiferencia”
Es
un pasaje de los diarios de 1966. Es el año de la nostalgia y la
melancolía por la Argentina, del infierno, de la muerte y del dolor en
las páginas que escribe sobre Dante. Un lustro antes había intentado
atrapar literariamente al dolor en algunas páginas del “Diario”.
“¡Hola!
¿Qué haces aquí tan temprano Simón? ¡Siéntate!; –¿Cómo estás?, Simón se
sienta y los labios le empiezan a temblar; –¿Qué pasa?; –Una tina de
agua hirviendo cayó sobre mi pequeña hija, hace horas que está en el
hospital y todavía no terminó, disculpa; –¡Pero no, no es nada! ¡Al
contrario, es natural...!”
La quemadura de la niña empezó a quemar a
Gombrowicz, hasta que hizo una mueca de dolor: –¿Y si diéramos un
paseo? Salieron a la calle y empezaron a caminar. Mientras en ellos
persistía esa cosa mala quemada, las casas, las calles y el ruido los
estaban llamando. Era una carrera contra el tiempo, pensaba Gombrowicz,
la hija no podía estar muriéndose eternamente, eso se tenía que
terminar de una u otra manera y Simón lo dejaría en paz.
Mientras
caminaban vieron un vendedor de frutas: –Manzanas, por favor; –¿Quiere
un kilo?; –A este señor le ha pasado una desgracia, tiene una hijita de
cuatro años que se está muriendo; –¿Qué dice usted? ¡Qué desgracia!.
Gombrowicz estaba perturbado: –¡Quédese con sus manzanas, al diablo con
ellas! Y se echó a andar como poseído por el demonio, Simón y su hijita
iban detrás. Con el secreto traicionado empezaron a marchar.
Las
calles, las casas y los ruidos, y ellos caminaban, pero el grito
dirigido al vendedor de frutas que había hecho público el horror de la
hijita quemada, también caminaba con ellos. El ladrido de un perro se
había mezclado con ese grito, y el grito se había animalizado.
Juntos
caminaban ahora con esa bestia al lado, calles, casas y ruidos,
caminaban por Florida hendiendo el gentío a empujones. Un señor se
acerca y les pregunta en forma cortés por la calle Corrientes. Ni Simón
ni Gombrowicz le contestan, es una negación bajo un sol claro, que
resulta oscura, negra y sorda.
Y caminaban como poseídos por la
furia, un grito llegado de no se sabe donde se unió al grito de
Gombrowicz, resucitó el ladrido del perro, esa bestia daba otra vez
unas señales de vida para las que no tenían respuesta. Gombrowicz no
sabía lo que le pasaba por dentro a Simón, y Simón tampoco sabía lo que
le pasaba a él. Se terminó la calle Florida y apareció la plaza San
Martín como servida en una fuente. No podían retroceder ni quedarse en
la plaza pues caminaban como si se dirigieran a algún destino,
caminaron hasta que se agotó el caminar.
Cuando
se detuvieron un papel crujió entre sus pies movido por el viento.
Simón retuvo el papel con la punta del zapato y la mirada clavada en el
suelo; el papel crujía.
Ese crujido era como el de la bestia que
ya conocían, pero surgía de abajo, de lo más profundo, de un objeto
inanimado. Gombrowicz empezó a sentir miedo, no creía en el diablo y
Simón era incapaz de matar a una mosca, ... pero... Ese monstruo nacido
de un grito humano, del ladrido de un perro y del crujido de un papel
se asociaban con la pobre hijita de Simón. Gombrowicz sintió una
profunda desconfianza y pensó en escaparse. Calculó que si empezaba a
caminar rápidamente podía alejarse de Simón. Apareció un silencio igual
al que había aparecido con la pregunta por la calle Corrientes,
entonces, Gombrowicz se marchó.
Caminaba hacia la estación para
perderse en ella, llega a la ventanilla: –¿A dónde va?; –A Tigre. Pero
detrás de él sintió la voz de Simón: –A Tigre. Gombrowicz huía y Simón
lo perseguía. Gombrowicz no se hubiera preocupado demasiado si no
hubiese sido por cierto detalle escabroso, por la existencia de ese
reptil que se oculta en el seno tenebroso de la existencia: el dolor.
Le importaría todo un comino si no doliera, pero ya está informado del
dolor de la pequeña niña de Simón, esa niña quemada y animalizada por
el grito, el ladrido y el crujido de un papel.
Llegó
el tren y se subieron. Avanzaban hacia Tigre, pero, ¿por qué hacia
Tigre?, iban a Tigre sin ninguna razón, raptados por el tren,
pero...¿el tigre no es un animal?
Simón se movió en medio de la gente, Gombrowicz intentó darse a la fuga pero se hundió en un cuerpo mullido.
Era
un gordo, se estaba bien en él, era un lugar silencioso a cien millas
de aquel otro problema que quemaba. De pronto un golpe terrible le fue
asestado desde abajo. Lo que hubiera sido lo había agarrado descuidado
hasta casi morderlo. ¿Sería el animal?, con la cabeza escondida
Gombrowicz esperaba el salto. De pronto sintió unas cosquillas en la
nuca. ¿Sería el gordo, Simón, un marica? No se hacía ilusiones:
“(...)
sabía bien que la falta de relación entre aquel cosquilleo y el Animal
era precisamente la garantía de su combinación infernal, de su complot,
de su acuerdo –y esperaba el momento en que el Cosquilleo se aliara
definitivamente con él, con el Animal, para clavarse, como un puñal, en
un grito desconocido, todavía inconcebible, hasta ahora no lanzado”
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