
WITOLD GOMBROWICZ Y LAURA ESTRIN
La
Francotiradora es una profesora de literaturas eslavas de la
Universidad de Buenos Aires como también lo fue el Porcus Hungaricus,
hasta que los catalanes se hartaron de su estilo insustancial, pero en
la Universidad de Barcelona.
No es tan fácil encontrarle flancos
débiles a los profesores de literaturas eslavas, sin embargo, debo
decir que el talón de Aquiles de la Francotiradora es el de que admira
al Mentecato, y esto le ocurre porque además de profesora de
literaturas eslavas también es poeta. Para marcar bien el territorio de
su sangre de vez en cuando me hace llegar los aires eslavos de sus
padres rusos.
?En una especie de biografía de la infancia y juventud Lem escribe: ?El Arte no coacciona a nadie; nos
transporta sólo si consentimos que nos transporte (...)?
?Consecuentemente,
es el elemento de mutuo consuelo, es el elogio que revierte en elogio,
es el ?hoy por ti y mañana por mí? y por tanto es el fraude y la
prevaricación colectiva. Gombrowtiz nos abrió los ojos al respecto?
(...)?
Cuando en el gombrowiczidas al que di en llamar ?Carrozas de
Fuego? hice una referencia a Elías Canetti le picó la eslava que lleva
adentro.
?(...) Lo del saber como el salto es también certero, hace
años lo sigo con los rusos, los formalistas: la tradición pasa de tío a
sobrino, o como el salto del caballo de ajedrez? Shklovski abunda sobre
esto y es tan preciso ese movimiento?(...)?
Y otras veces me hace llegar sus aires argentinos, por momentos apasionados y por momentos destructivos.
?¿Por
qué los (algunos, diría yo) escritores argentinos no saben hablar de
Gombrowitz?... Creo que porque no leen solos, libres, porque no leen
sueltos, porque hay miedo fuera de las estructuras, porque no leen con
amor, es decir, con la terrible identificación con que hay que leer?
como vos en parte hacés con estos correos?Y por esa misma forma de leer
atada quedan afuera autores y otros, sesgados, irreconocibles, entran
al canon sordo y ciego? Por último, igual, Aira lee libre en su propia
obra, ese es su mayor realismo, su perfecto, enloquecedor, desparpajo
literario?
Un
día en el que me referí a ciertas trivialidades que escribió Gombrowicz
en los diarios sobre los zapatos de Ostende le toqué otra vez sin
querer la cuerda eslava, yo estaba afirmando que era lector de una obra
única.
?(...) dice Milita ?Milita que sabe bien? que vos no
escribís estos textos pensando en lectores como nosotras? pero este
asunto del Diario me hace pensar que los autores grandes escriben todo
igual, con la misma voz, con la misma potencia de existencia y, por
eso, no hay ?trivialidades?. Hay cuerpo que sostiene la obra, ?autor de
una sola obra??como dice Milita que escribió Osvaldo Lamborghini.
Autores de frases ?que son las menores partes en que pueden
descomponerse los buenos discursos. Los autores no pueden no escribir,
escriben obra, escriben Cuadernos, todo igual. Pero hay pocos que saben
leer todo igual, todo con la misma potencia y ahí está el asunto, este
pequeño asunto que me conmueve. Los zapatos amarillos, un color eslavo
si lo hay, son enormes piezas, queridas piezas, pedazos de Gombrowitz:
autor-obra, sin solución de continuidad (....)?
?Intratable
asunto para los que se tranquilizan con los géneros, con las formas
diferentes y se amparan de la mayor gran soledad en que nos pone la
gran obra literaria?
Mis encuentros con la Francotiradora y la
Flauta Traversa siempre me dejan alguna enseñanza. Una tarde en el café
Gardel estábamos hablando de que el Pato Criollo había desaparecido,
ellas pensaban que sí, que había desaparecido, que se escondía detrás
del infantilismo y las naderías.
Ambas
fueron hace años admiradoras del Pato Criollo, pero en los tiempos que
corren se les presentaba el dilema de si leerlo o no leerlo.
Cuando
empezamos a hablar de leer o no leer yo les recordé que Gombrowicz le
tenía desconfianza a la lectura al punto de que para saber cuánto había
de cierto en nuestra afirmación de que habíamos leído ?Ferdydurke? nos
preguntaba en qué capítulo asesinaban al conejo.
La
Francotiradora me dice que esa no era una pregunta adecuada para
averiguarlo pues así como aparecen gorriones ahorcados en ?Cosmos? bien
podrían aparecer también conejos asesinados en otras narraciones de
Gombrowicz.
Mientras la Flauta Traversa insiste en que Gombrowicz
no sentía ninguna culpa por sus deserciones ni por su homosexualidad,
la Francotiradora empieza a cascotear a los escritores y a los editores
en forma sistemática y destructiva..
Una
de las especialidades en la que las mujeres han desarrollado una gran
destreza es en la de dar celos. En uno de los accidentes de la
conversación empiezan a decir que Flor de Quilombo había sido el mejor
amigo de Gombrowicz mientras yo me ponía verde y trataba de
demostrarles con argumentos que eso no era cierto, pero ellas me
miraban con una sonrisa desdeñosa.
Estas dos escritoras y
profesoras de literatura en la Facultad de Filosofía y Letras,
admiradoras de Nicolás Rosa y de Lamborghini, son dos actrices
consumadas de familias originarias en la pampa húmeda y en las estepas
rusas. Además de ser inteligentes son ágiles como las liebres y yo ya
estoy un poco viejo para andar a los saltos detrás de ellas. Ambas me
recriminaban la costumbre que tengo de meter a Sartre en las cuestiones
de Gombrowicz, y palabra va palabra viene terminamos hablando de la
culpa.
Mientras que la de la pampa húmeda con su aire apodíctico y
burlón parece nacida sin culpa y sin pecado original, la de las estepas
rusas se considera culpable de todo. Las categorías que más cuadran a
los talantes de la Flauta Traversa y de la Francotiradora son la
eventualidad y la eternidad, son categorías que se ponen ellas mismas
en el mismo orden en que las nombro.
Celosas de la Hierática
cuando hablo de su belleza, ambas me exigieron que deje de meter a
Sartre en los gombrowiczidas y en las conversaciones porque es berreta.
Me pareció oportuno entonces hacer un giro hacia el padre del
existencialismo para retomar el tema de la culpa y empecé a hablar de
la impotencia sexual de Kierkegaard y de las ideas que tenía sobre la
virginidad, pero tampoco encontré para ese tema aires favorables,
especialmente por las intervenciones al bies que me hacía la Flauta
Traversa, totalmente cautivada por el petimetre danés, y por los
bostezos de la Francotiradora que caían sobre la mesa.
Ninguna de
estas dos mujeres tenía un comportamiento normal pues son precisamente
las mujeres las que han adquirido a través de los siglos una gran
especialidad para comprender los sentimientos de culpa.
?No me
hacía ilusiones respecto a mi propia persona, sabía que era una especie
de minusválido psíquico, para quien una existencia normal era
inaccesible y me veía obligado a buscar mi propio camino. Mi
sensibilidad, mi imaginación, mis complejos, mis temores, mis
obsesiones, mis culpas, cuanto más disimulados, con más fuerza me
perseguían, y si estaba tan mal, era precisamente porque parecía un ser
bastante sano y contento de sí mismo (...)?
?Pero lo cierto es
que no existía para mí un camino recto y normal, y sabía que si no me
justificaba ante mí mismo y ante los demás con alguna obra de orden
superior, no me quedaría otra remedio que hundirme y convertirme en un
loco y en un simple degenerado?
Los
problemas de la culpa y de la mirada son asuntos muy destacados en el
existencialismo de Sartre. El camino de la interioridad pasa a través
de la otra persona. La otra persona sólo es interesante para mí en la
medida en que me refleja, en la medida en que yo soy un objeto para
ella. Dado que soy un objeto tan solo en cuanto existo para el otro,
tengo que obtener del otro el reconocimiento de mi ser. El otro es el
mediador entre yo y yo mismo. Por su naturaleza misma, la vergüenza es
entonces un reconocimiento, yo reconozco que soy como el otro me ve.
Todas las relaciones entre diferentes personas, son las tentativas que
cada uno hace para subyugar o poseer la libertad del otro. Tan pronto
existo, establezco un límite de hecho a la libertad del otro. Yo soy
ese límite, y cada uno de mis proyectos traza ese límite en torno del
otro ser, el respeto de la libertad del otro es pues una palabra vana.
Sartre creó lugares más o menos amplios para la conciencia, la culpa, y hasta el pecado, a pesar de su ateísmo.
?Estamos
arrojados en el mundo, cara a cara con la otra persona; nuestra manera
de surgir es una libre limitación de la libertad de la otra persona...
La noción de culpa y de pecado se origina en esta extraña situación.
Soy culpable frente a la otra persona?
Franz Kafka, más aún que Sartre, se convirtió en el campeón de los campeones en la especialidad del sentimiento de culpa.
?Yo
era culpable, abominable e intolerablemente culpable, sin causa y sin
motivo... Yo no sabía en realidad en qué consistía mi pecado, pero la
ignorancia no impedía que fuera presa de un intenso sentimiento de
culpa (...)?
?Un día escribí una carta de súplica al desconocido
autor de mis sufrimientos, al Acusador, para pedirle que me dijera qué
crimen había cometido, pero no supe adónde enviarla y la destruí?
Sartre intenta arrebatarle el primer puesto a Kafka en este concurso de esquizofrenia, pero no puede hacerlo.
?El
conflicto es el sentido original del ser-para-otros, porque cada uno de
nuestros proyectos limita la libertad del otro. De esto surge el
concepto de culpa. Por mi mera existencia en un mundo donde existen
otras personas, soy culpable hacia el otro... El pecado original es mi
aparición en un mundo donde existe el otro, y cualesquiera que lleguen
a ser mis relaciones con él, no serán sino variantes del tema original
de mi culpa?
Después del bombardeo sostenido al que someto a los
miembros del club con mis gombrowiczidas pareciera que fuera justo
hasta cierto punto que yo lea también algunos de sus escritos, pero
llegados a este punto se me presentan dos inconvenientes.
El primero de ellos consiste en que yo soy lector de un libro único, y el segundo tiene que ver con el conflicto sartriano del
reconocimiento del otro.
En
efecto, mis cavilaciones actuales andan dando vueltas alrededor de la
verdadera naturaleza de los escritores frente a los que hay que tomar
precauciones especiales, no tanto por su condición de seres ambiciosos,
irritables y absortos en su propia grandeza, sino por otra razón.
Cuando el hombre desempeña actividades relacionadas con el arte de
escribir se vuelve muy peligroso porque se le pone en la cabeza que
algún editor lo tiene que publicar y que algunos lectores lo tienen que
leer.
Por lo demás, son mansos, la gran mayoría de ellos no
son hombres de acción y hasta pueden resultar simpáticos. Mis aventuras
con los hombres de letras siguen en general un curso descendente,
empiezan con un gran entusiasmo pero no resisten el paso del tiempo.
Como la Francotiradora no podía ser una excepción me mandó un libro de
poemas para que lo leyera, de modo que en forma inmediata le pedí ayuda
a la Flauta Traversa.
?La Francotiradora me está mandando ?Alles Ding?, un
libro suyo de poemas. Ahora bien, el antitalento que tengo yo para leer
poesía es proverbial, en general no entiendo lo que el poeta quiere
decir, de qué habla, entonces me pierdo. Sé buenita, adelantame en un
par de líneas de qué se trata, así puedo escribirle a la Francotiradora
algo atinado. Tengo miedo de leer ?Alles Ding?, en general los hombres
cuando escriben se visten, en cambio las mujeres cuando escriben se
desvisten?
?En cuanto a lo de Laura, a mí me pasa lo mismo con
los poetas y a buen puerto fue por agua, Goma. Mire Goma , no me haga
lío con eso de ?se buenita?, porque yo soy buena pero en este caso no
sé cómo ayudarlo. Lo que sí puedo decirle es que los versitos breves de
Laura son como estampitas o pinceladas producto de una observación
minuciosa y obsesiva del mundo de la pequeñez, el detalle, lo
cotidiano, lo que se mira al bies pero concentradamente, un mundo
íntimo y monótono donde los días no parecen pasar, un mundo cerrado
sobre pequeñas cositas que efectivamente desvisten a Laura y ella lo
sabe. Culpa y sufrimiento de todo, también, aunque se valora la
alegría. No sea haragán, con mi escueto comentario y su lectura
mientras toma el primer sorbo de café ya está su carta atadita y con
moñito?
?Laura,
ya sabés que tengo antitalento para comprender la poesía, no me pierdo
tanto con los versos clásicos, pero con los modernos me pierdo.
?Miento,/ como un impresionista/ con ese saber deslizarse,/ hacerse
espuma de dulzura,/ mantener los hilos ocultos en la mano/ y orientar
todo como un buen cochero/ ?pero, ahí, Pissarro habla de comercio?.
Estos versos me gustan porque los entiendo bien, en general te voy a
decir que tu inspiración me parece guiada a menudo por cosas poco
importantes, hasta mediocres, pero sagradas por la insistencia con la
que las consagrás con tu alma. El tono y el color de tus poemas,
efectivamente, se parecen a los de un cuadro impresionista?
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