
WITOLD GOMBROWICZ Y VICTORIA OCAMPO
Yo,
de igual modo que Gombrowicz, corrí algunas aventuras con Victoria
Ocampo, aunque en mi caso más bien habría que decir que las corrí con
su Fundación.
Después de haber confundido el año del centenario de
Silvina Ocampo con el año del centenario de Gombrowicz, la Hierática
quedó muy apenada por esta ignorancia y se puso a mi disposición: –¿Por
qué no le ofrecés “Gombrowicz, y todo lo demás” a María Esther Vázquez,
la de la Fundación Victoria Ocampo?; –¿Te parece?; –Sí, le gustaba
Gombrowicz. Y bueno, qué le hace una mancha más al tigre, pensé yo.
Cuando hablé con la Abeja Reina me dijo que a ella nunca le había
gustado Gombrowicz pero que tenía interés en leer mi libro.
La
Abeja Reina me atendió con una gran cordialidad, sin embargo, al poco
tiempo descubrí cómo yo, casi sin darme cuenta, empezaba a ocuparme más
de lo que la Abeja Reina hacía con sus cosas que de lo que ella hacía
con mi libro.
Cuando
me contó que la Fundación Victoria Ocampo estaba poniendo en “El
Coliseo” una ópera que hacía doscientos años había bajado del escenario
y que le habían hecho un reportaje en “Nova” me di cuenta que no podía
hablar con ella de “Gombrowicz, y todo lo demás” porque no lo había
leído.
Y aquí me apareció con una claridad meridiana una forma
adicional del rechazo que utilizan los Protoseres, a las cuatro formas
que ya tenía contabilizadas, una forma con una estructura similar a la
idea de la contratransferencia tan popular en el psicoanálisis. En
efecto, empecé a tener reacciones inconscientes frente a la Abeja Reina
que me hacían sentir culpable de no conocer sus asuntos con la debida
extensión y profundidad y, en el límite, de no editar yo mismo sus
propios libros.
Es
una modalidad muy usada por el Perverso que provoca con sus
transferencias este tipo de reacciones. Llegado a este punto decidí
alejarme de la Abeja Reina pues no dispongo de las técnicas para llevar
adelante una relación de esta clase.
Cuando ya pensaba en dirigirme
a otro Protoser con el libro bajo el brazo ocurrió algo inesperado, la
Abeja Reina me comunicó que había leído el libro, que le había
resultado interesante y que lo iba a incluir en la selección de libros
publicables en el programa del año próximo. En este trajín interminable
que tengo con los editores identifiqué cinco procedimientos con los que
le han cortado el paso a “Gombrowicz, y todo lo demás” lo que me ha
permitido desarrollar una tipología de estos Protoseres que no admite
otras variantes; eso pensaba yo, la Abeja Reina me demostró lo
contrario.
La primera distancia que tuve que salvar fue la de
la lectura, pero cuando ella terminó de leer el libro ya no estaba en
el punto de partida, se hallaba ocupada en la puesta de una ópera que
hacía doscientos años no subía a escena. Recorrí la segunda distancia
para alcanzar el punto del fin de la ópera y tampoco la encontré en
esta segunda posición, se aproximaban las fiestas de fin de año y ya
despuntaba el verano.
Recorrí
la tercera distancia para llegar al punto en el que las vacaciones
llegaban a su fin y otra vez no la encontré, la Abeja Reina estaba
preparando el tercer volumen de Victoria Ocampo y la Feria del Libro.
Entonces
caí en ese estado hipomaniacal en el que frecuentemente caen los genios
y en medio de destellos brillantes que me venían de la inteligencia
descubrí que estaba en presencia de una modalidad de la paradoja de
Aquiles y la Tortuga y que no iba a alcanzar nunca a la Abeja Reina;
había algo ella que me lo había estado diciendo desde el principio.
Las aventuras que
corrió Gombrowicz con Victoria Ocampo no fueron con la Fundación como
lo fueron las mías, pero también fueron mucho más crueles..
La elite
de la literatura mundial cada año es más numerosa, la técnica de imitar
la superioridad está muy avanzada. La grandeza es, hasta cierto punto,
una cuestión instrumental, un escritor inteligente de segunda clase
sabe qué es lo que debe reformar de sí mismo para acceder a la primera
clase. Debe ser más sensual que espiritual, debe ser también
indeterminado, natural y brutal. El verdadero genio comienza imitando
la genialidad, y la genialidad imitada le penetra en la sangre y se
convierte en su propia carne.
“Hubo una época en la vida de Europa
en que se podía invitar a un desayuno a Nietzsche, Rimbaud,
Dostoievski, Tolstoi, Ibsen... hombres sin parecido entre sí, como si
procedieran de planetas distintos (...)”
“Pero ¿qué desayuno
no saltaría en pedazos con semejante compañía? Hoy se podría organizar
sin miedo un banquete general para toda la elite europea y este enorme
banquete se desarrollaría sin chirridos y sin chispas (...)”
“Madariaga,
Silone, Weidlé, Dos Passos, Spencer, Butor, Robbe-Grillet..., todos
ellos han venido a Buenos Aires invitados por el Pen Club local”
A
pesar de que Gombrowicz ya había sido reconocido por París, por Roma,
por Berlín y por Londres, que fue durante mucho tiempo el exclusivo
cuadrilátero de la cultura universal, un cuadrilátero que empezaba a
considerarlo como uno de los fenómenos más singulares e importantes de
la literatura moderna, el Pen Club local no lo invitó al congreso de
literatura que se celebró en Buenos Aires en el año 1961.
El
vestíbulo del hotel estaba lleno de los peces gordos de la literatura
internacional y de fotógrafos. Gombrowicz miraba con una mirada de
excluido y de quien es tenido como poca cosa. Roma. París. Nueva York.
La hiena del periodismo se estaba preparando para atrapar a esa literatura, presa fácil, vulnerable como un corderito.
Puestos
así, uno al lado del otro, a Gombrowicz se le ocurre que no hay nada
que descalifique más a un artista que otro artista.
Se es artista
para el que no es artista, para el que no es suficientemente artista,
se es artista para el lector. Cuando un artista se encuentra con otro
artista, ambos se convierten en colegas de profesión, en miembros del
Pen Club.
Gombrowicz era un solitario orgulloso, enterrado vivo
desde hacía veintitrés años en la Argentina, pero en medio de esa
constelación de sillones del hotel experimentaba cierta admiración
pequeño burguesa y deseaba ser admitido en esa sociedad a la cual él
pertenecía.
El Asiriobabilónico Metafísico tampoco había participado del congreso del Pen Club, pero por razones diferentes. Se había subido
a un avión con su madre y estaba viajando a Europa en busca del Nobel..
“No
es otra la razón por la que ese hombre de más de sesenta años y casi
ciego, y su anciana madre, que cuenta ni más ni menos que con ochenta y
siete años, decidieron volar en un avión de reacción (...)”
“Madrid,
París, Ginebra, Londres: conferencias, banquetes, fiestas, para
despertar el interés de la prensa y para poner en marcha todos los
mecanismos. El resto, supongo, es cosa de Victoria Ocampo (‘he puesto
más millones en la literatura que los que Bernard Shaw sacó de ella’)”
Los
fotógrafos sacaban fotos y los periodistas hacían preguntas. El
periodista sabía de antemano que tendría que hacer una papilla
periodística con todas esas ideas de altos vuelos para que se pudiera
publicar al día siguiente, y el entrevistado también sabía que su
pensamiento acabaría convirtiéndose en un galimatías trivial en la
cabeza del reportero.
A pesar del paulatino e irresistible ascenso
de Gombrowicz en Europa Victoria Ocampo nunca se mostró sensible a la
seducción que producía su inteligencia.
Hasta
el mismísimo Jacques Lacan había despertado la admiración de nuestra
Victoria Ocampo en los viajes que hacía a París entre las dos guerras
mundiales, aunque nadie puede asegurar que haya ido más allá de un
apasionado flirteo, a pesar del gusto que tenía esa dama tan elegante
por ir a la cama con personajes destacados.
Manuel Gálvez y Arturo
Capdevilla le habían brindado a Gombrowicz una exquisita hospitalidad
en los primeros meses de su llegada a la Argentina, pero la sordera de
Gálvez y la falta de seriedad de Gombrowicz lo pusieron finalmente en
las manos de unas jóvenes estudiantes que lo iniciaron el mundo del
flirteo argentino. En esta prehistoria de sus aventuras en la Argentina
el grupo de Victoria Ocampo brillaba como una estrella.
“Antes
de cruzar las espadas con la Suma Sacerdotisa del culto inmaduro de la
Madurez, Victoria Ocampo, que nos sea permitido tributarle un cortés
saludo. Victoria Ocampo es inteligente y tiene personalidad. ¡Viva
Victoria Ocampo! Empero, esta poderosa Dama Mundana, esta alma violenta
y apasionada, bañada en ignotas e infinitas soberbias, en
indescriptibles y sangrientos lujos del Medioevo Sudamericano, por un
indescifrable Misterio de su iglesia interna se convierte en una niña
temblorosa cuando se encuentra con lo que ella misma llama “Valery y
Francia”. ¡Muera Vitoria Ocampo! Vedla como se esquiva, se aniquila, se
inmaduriza frente a Valery (...) Pero chiquilla, aunque no fueses
Victoria sino la más humilde y más inmadura de las hermosas hijas de
esta tierra, no te conviene arrodillarte (...) Ni América es tan
inmadura ni Europa es tan madura”
El
Alter Ego hizo lo que pudo para acercar a Gombrowicz a Victoria Ocampo,
pero entre el Sur que Gombrowicz había descubierto pedaleando una
bicicleta entre un pequeño balneario montañoso y la playa de un puerto
diminuto en los Pirineos Orientales, y el “Sur” de Victoria Ocampo
había un abismo. Ese poeta de Entre Ríos, irónico y hermético, se
obsesionó con Gombrowicz.
En
esa encarnación de lo provinciano en el europeísmo más parisino se
alojaba una bondad angelical protegida por la causticidad. Un crustáceo
que defendía su hipersensibilidad se interesó por ese ejemplar de
europeo culto, y lo introdujo en los secretos de una Argentina entre
bastidores, que se escapaba de los intelectuales y los aterrorizaba.
“(...)
una dama ya entrada en años y aristócrata, que nadaba en millones
largos y que con su tenacidad entusiasta había conseguido hacerse amiga
de Paul Valéry, invitar a su casa a Tagore y Keyserling, tomar el té
con Bernard Shaw y hacer buenas migas con Strawinski (...) Un escritor
francés de renombre había caído ante ella de rodillas gritando que no
se levantaría hasta recibir el dinero suficiente para fundar una
‘revue’ literaria: –¿qué iba hacer con un hombre arrodillado y que no
quería levantarse? Tuve que dárselo”
Victoria
Ocampo era una distinguida dama argentina que había convertido a su
hermosa mansión de San Isidro en un verdadero centro cultural para el
desarrollo de la vida literaria.
Descubrió y apoyó con
entusiasmo a muchos escritores que fueron importantes, algo que no es
tan fácil de explicar debió ocurrir entonces entre Victoria Ocampo y
Gombrowicz, esta mujer eminente estaban acostumbradas a tratar con
locos y con toda la variedad de trastornos que tiene el género humano.
Gombrowicz rechazó a Victoria Ocampo por artificial y europeizante, una
dama aristocrática apoyada en muchos millones que acostumbraba a
hospedar en su casa a celebridades europeas, y sobre la que se hacía la
pregunta de en qué medida habían influido en esas majestuosas amistades
los millones de la señora Ocampo y en qué medida sus indudables
calidades y su talento personal.
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