ESTAMOS A MANO
Entré a la habitación sin tener la más mínima idea de la hora, ni de cuánto tiempo estuve fuera. Cerré la puerta rápidamente, pero mis piernas ya no podían más, así que me dejé caer al suelo. Estaba muy confundida, y aún no lograba recordar como llegué. Quise reordenar mi mente, pero todo seguía siendo confuso.
-“Nos vamos de este maldito lugar”.- Fue lo último que dijo, antes de hacernos entrar al auto. Sabía que vivir ahí era una tortura llena de ruidos, desperfectos, situaciones confusas y que desde que llegamos a esa casa solo había peleas. Pero, aún así, pienso que huir fue algo…exagerado.
Fiel a mi costumbre me coloqué los audífonos y puse el volumen al máximo, solo para no escucharlos discutir, luego de un par de canciones me percaté de cómo sonreían y se tomaban las manos, así que paré la música, pero cuando volví a mirar ya no había forma de salir. El camión ya estaba en frente y avanzaba incesantemente, entonces un grito desgarrador me estremeció. Solo después comprendí de quién era el grito.
Salí disparada en el primer vuelco del auto y en segundos me precipité a observar lo que ocurría. La desesperación se propagaba en cada parte de mí ser, al ver como seguía rodando el auto una y otra vez sin que saliera nada. Al quinto vuelco el camión aplastó lo que quedaba del auto y con eso a mis padres.
Quise salir del estado de shock y ser consciente de mi respiración antes de sacarlos de esa trampa de metal. Me asomé en la parte delantera del auto y solo pude correr de vuelta a casa.
Una a una las imágenes fueron tomando orden, sentido y vida dentro de mi cabeza, aterrada llevé mis manos a mi rostro e intenté luchar contra la desesperación. Miré de nuevo mi habitación. Algo había cambiado. Un hombre estaba de pie en una esquina, pero aunque solo pudiese ver su silueta noté como sonreía al darse cuenta de mi estado.
Sin importar quien fuera, estaba complacido con lo ocurrido, le miré con odio, algo en mi interior me decía que él era el responsable de todo esto.
-“Estamos a mano”- Susurró mientras se difuminaba entre sombras.
Me quedé perpleja y mi cuerpo no reaccionó hasta que sentí como un líquido espeso recorría mis brazos, mis manos. De pronto se formó un pequeño charco en la alfombra; noté que provenía de mi cabeza y sentí como la mano de aquel hombre tocó la herida produciendo un agudo dolor, pero no tuve oportunidad de gritar, ya que justo después de eso, todo se oscureció.
Patricia Oyarce: Jóven poeta y narradora ,17 años, estudia en el colegio Lhiona de la comuna del bosque y es Alumna del taller” Boris Calderón” de la escritora Ana Montrosis desde el año 2007.






































Escalofriante
He leido cuentos sobre ese momento en el que se desprende lo que al cielo se va de nosotros, y mira que el de tu autoría es espeluznante, mueve la cosa que fluye dentro, pone piel de gallina, gracias.