
WITOLD GOMBROWICZ Y JULIUSZ NOWINSKI
En
los primeros ocho años de vida en la Argentina Gombrowicz fue un
bohemio que vivió en la miseria, en los ocho años siguientes fue un
empleado de oficina. Ese hijo de una familia de terratenientes lituanos
que no había trabajado en los últimos cuatrocientos años fue arrastrado
al trabajo por el hambre. El transcurso de las horas en su empleo del
Banco Polaco alcanzó en Gombrowicz una dimensión metafísica. Todas las
horas eran terribles para este bancario ilustre, las más singulares
eran sin duda la hora de entrada y la hora de salida.
Como no
soportaba al banco ni a nada de lo que ocurría dentro de él, el tiempo
no le pasaba nunca. Para mitigar la angustia del paso del tiempo se
imaginaba un viaje a Mar del Plata, a determinada hora calculaba que
estaba promediando el viaje, más o menos había llegado a Maipú ya más
cerca del destino final que era Mar del Plata y, en su caso, de la
salida del banco.
Claro
que esta tortura la compartía con otros empleados de oficina, inútiles
como él, que tenían poco para hacer, pero la tragedia de Gombrowicz era
mucho mayor.
Para mostrar que estaba emparentado con una nobleza de
orden superior un día le propuso a un amigo del café que lo visitara en
el trabajo. Cuando ese comparsa del Rex lo estaba esperando dentro del
Banco Polaco vio a una persona cojeando levemente de la pierna
izquierda. Un minuto después vio a otra cojeando de la pierna derecha,
también levemente; finalmente vio Gombrowicz cojeando de las dos en
forma pronunciada: –Vea, el director y el subdirector cojean de una
pierna solamente porque son personas distinguidas, pero yo cojeo de las
dos porque soy un poco más distinguido que ellos.
Es muy difícil imaginárselo a Gombrowicz manejando
asuntos administrativos, o alguna otra cuestión que tenga algo que ver
con el trabajo.
Sin embargo, había ocasiones en que tomaba
responsabilidades no carentes de cierta importancia. En los tribunales
de Varsovia, cuando trabajaba como auxiliar en una de las secretarías,
los jueces le encargaron un proyecto para cambiar los formularios
impresos porque lo consideraban el mejor de los pasantes.
Un
Gombrowicz treintiañero era solicitado en ciertas oportunidades por sus
hermanos con el propósito de que buscara administradores para las
fincas que tenían en el campo, lo que ponía a Gombrowicz en una
situación equivalente a la de un gerente de personal, a veces con
algunos contratiempos.
“Finalmente, Gombrowicz fue contratado,
pero no puedo en modo alguno atribuirme el mérito. ¿Por qué lo
contrataron? ¿Qué fue lo que influyó en la decisión de mi marido? Aún
hoy no lo sé, sin duda pensó que sería provechosa para el banco”
El
testimonio es de Halina Nowinska, esposa de Juliusz Nowinski,
presidente del Banco Polaco. Gombrowicz nos contaba a nosotros en el
café Rex, que Nowinski había quedado deslumbrado por la seguridad con
la que había conducido la conferencia contra los poetas, entonces pensó
que esa maestría la podía aplicar en el trabajo, y lo contrató.
El
desempeño de Gombrowicz en el Banco Polaco fue distinto al de sus
experiencias laborales anteriores, especialmente por el tiempo que
duró. Comenzó haciendo pequeños trabajos de secretario, luego Nowinski
le dio permiso para escribir sus cosas en la oficina.
Se
aprovechó de la situación y se paseaba en forma arrogante delante de
los otros empleados fumando nerviosamente en busca de inspiración; así
escribió “Transatlántico”.
También componía poesías festivas que
circulaban de despacho en despacho, y hablaba por teléfono en voz alta
para darse aires con sus relaciones aristocráticas: –Prepárame una
cuajada, sobre todo, nada de caviar rojo, quiero estar a la derecha del
príncipe.
La
secretaria de Nowinski no lo quería a Gombrowicz: –Ha vuelto a llegar
tarde otra vez y se sigue vistiendo como un puerco; pone las piernas
sobre el escritorio y escupe las semillas de las naranjas en el canasto
de papeles; le faltan botones en la camisa, se queda dormido en la
silla, además, podría escribir, aunque sea por una sola vez, algo que
tenga algún sentido.
Nowinski se burlaba de estos informes que le daba la secretaria, sentía una gran simpatía por Gombrowicz al que llamaba maestro.
“Mi
marido encontró en Gombrowicz a un colaborador apreciable. Resolvían
juntos los problemas más difíciles que se le presentaban al banco.
Estas reuniones tenían lugar, cada vez con más frecuencia, en nuestra
casa, los días feriados o después de las horas de oficina. Varias veces
los vi redactar juntos los informes de las actividades del banco,
destinados a las autoridades del banco central en Polonia. He oído
decir a mi marido, y luego personalmente lo he oído repetir en Polonia,
que estos informes eran excelentes, los mejores de todos aquellos que
enviaban las diversas sucursales del banco diseminadas por el mundo”
En
verdad lo que ocurrió fue que la actividad de escribir se convirtió
para Gombrowicz en una especie de agujero negro, le absorbía toda la
energía, no le quedó casi nada para ninguna otra cosa. A veces se ponía
a favor de la actividad de escribir desalentando el trabajo.
En el
fondo –le decía a la secretaria Helena Zawadzka–, usted no tiene muchas
ganas de trabajar, así que hablemos de lo que pasa en Polonia. Otras
veces se ponía en contra: –Estoy luchando duramente con mi obra –le
decía a Swieczewski–, como un animal salvaje, a veces me gustaría
mandar todo al diablo, la tarea de escribir es superior a mis fuerzas,
no estoy hecho en absoluto para esto, además, hay que tener una
paciencia sobrehumana.
En
los agujeros negros no existe velocidad de escape, es decir, ni
siquiera la luz puede salir de ellos. A Gombrowicz le pasaba algo
parecido a lo que le pasa a la luz con los agujeros negros con ese otro
Gombrowicz que vivía en sus obras.
“¿Renacerá mi rebelión de antaño
en la imaginación de algún otro, de nuevo joven y cautivadora? No lo
sé. Pero, ¿y yo?, ¿lograré siquiera una vez rebelarme contra él, contra
ese Gombrowicz? No estoy muy seguro. Desembarazarme de Gombrowicz,
comprometerle, destruirle, eso sí sería vivificante... pero no hay nada
más arduo que luchar contra el propio caparazón”
A pesar de la pobreza que soportó en la Argentina Gombrowicz siempre se las arregló para irse de vacaciones.
En los primeros ocho años de miseria, en los ocho del
Banco Polaco, y en los últimos ocho de una vida modesta pero sin las antiguas preocupaciones, siempre se tomó vacaciones.
Mientras
trabajó en el Banco Polaco tuvo servicios sociales a precios módicos,
sin embargo, acostumbraba a pagarle a los médicos solamente con libros
dedicados.
También disponía de alojamiento en casas de vacaciones
que el banco tenía disponibles en Mar del Plata y Córdoba a la mitad
del costo, donde Gombrowicz pasó varias temporadas.
Salvo por el hecho de que el trabajo le quitaba siete horas diarias cinco días a la semana, no tenía tanto de qué quejarse.
Cobraba
horas extras, un sueldo mensual suplementario, componía poesías
festivas, escribió los diarios y todo el “Transatlántico” en la
oficina. La secretaria de Nowinski nos cuenta que Gombrowicz no se fue
del banco para recuperar el tiempo que le robaba a su actividad de
escritor, sino porque se lo estaban vendiendo a accionistas argentinos
que no hubieran tenido con él seguramente tantas consideraciones.
Una
tarde del año 1941, cuando la guerra había ensangrentado a toda Europa
y toda Polonia yacía en ruinas, se apareció por la casa de los
Nowinski: –Señora, deme algo de comer, llevo dos días sin probar
bocado. El trozo de carne frita que le sirvió Halina en esa ocasión no
lo olvidó nunca. En la víspera de su regreso a Europa algunas personas
se reunieron en el café la Fragata para despedirlo: –La autorizo,
señora Halina, a difundir la leyenda de cómo salvó usted de la muerte
por hambre al orgullo de la nación polaca.
“A menudo, muy a
menudo, lo vi abatido, desganado (...) Se quejaba de que no podía
escribir, el trabajo le robaba el tiempo (...) Pensó muchas veces en el
suicidio pero le faltó valor”
Con los escritores, con los
ajedrecistas y en los cafés, no se quejaba, pero con algunos amigos
polacos sí se quejaba, estaba reproduciendo en la Argentina el
comportamiento que había tenido en Polonia.
En una de
las fotos aparece Nowinski (a), el presidente del Banco Polaco, lo está
mirando a Gombrowicz a ver cómo se porta; Helena Zawadzka (b), la
secretaria de Nowinski, está pensando en la próxima maldad que le hará
a Gombrowicz; Halina Nowinska (c), la mujer del presidente, lo mira con
una benevolencia simpática, y el mismísimo Gombrowicz (d), parece que
nos estuviera diciendo: –Y a mí por qué me miran. Y en otra foto más,
se muestra la casa señorial que albergaba a todos estos personajes.
"Las opiniones vertidas en los artículos y comentarios son de exclusiva responsabilidad de los redactores que las emiten y no representan necesariamente a Revista Cinosargo y su equipo editor", medio que actúa como espacio de expresión libre en el ámbito cultural.






































