
Alumbramiento
Cósmico
Jörg Weigand
Jörg Weigand, nacido el 12 de diciembre de 1940 en Kelheim del Danubio. Estudió lenguas del Lejano Oriente y Ciencias Políticas en Erlangen, París y Würzburg. En 1969 se doctoró en filosofía con una tesis sobre un texto de la antigua China. Desde 1971 trabaja como periodista, principalmente para televisión, a la vez que colabora en diarios y revistas con relatos literarios y folletinescos. Heyne-Verlag, de Munich, publicará una antología de obras de ciencia-ficción francesas preparada por él. La narración Kösmische Geburt («Alumbramiento cósmico») fue publicado por primera vez en 1967.
El ser estaba
inquieto. El acostumbrado ciclo se había interrumpido. Una nueva vida debía
despertar. Una vida sin cuerpo. Vida energética. Sólo dos veces, durante la
existencia del energetón, era posible el proceso del nacimiento. Condición
indispensable para ello era que hubiera suficiente energía, tanto en forma de
calor como de radiación.
Ya el tiempo de
preparación para el extraordinario acontecimiento requería una fuerza incrementada
a lo largo de siglos, aunque eso, para el energetón, fuera únicamente un
período breve, sin importancia. Para conseguir la cantidad de energía necesaria,
el ser se veía forzado a extraer más potencia del doble astro, del mismo modo
que, sistemáticamente, le había sacado «alimento» a través de los milenios.
Cuando el doble sol
se oscureció por tercera vez en este período, el planeta sufrió algo semejante
a un estremecimiento. Ni siquiera los más ancianos habitantes del planeta
Vanda, del sistema binario de Berthes, recordaban un fenómeno parecido.
Tales eclipses
aparecían generalmente una vez durante cada período e iban acompañados de tremendas
tormentas y tempestades de arena, que todo lo arrasaban. Si un ser viviente no
lograba refugiarse a tiempo en lugar seguro cuando sobrevenía el temporal, su
muerte era segura.
La desaparición de
la humedad del aire, que coincidía con impresionantes descargas eléctricas en
la atmósfera, no daba posibilidad de supervivencia al hombre indefenso.
Sobre todo al
principio, durante el primer período de colonización, los inmigrantes habían
sufrido espantosas pérdidas. En la primera tormenta sucumbió una tercera parte
de los desprevenidos pobladores.
Desde entonces, al
cabo de casi dos siglos de la colonización de Vanda, sus habitantes estaban ya
preparados para enfrentarse con tales fenómenos. Sólidas casas de roca ofrecían
enérgica resistencia a las tempestades, y altos mástiles de acero, colocados
en el centro de la doble población, desviaban hacia el suelo la peligrosa
electricidad de la atmósfera. Grandes depósitos de agua proporcionaban a los
edificios la seguridad que el aire conservaría el grado de humedad necesario.
En el transcurso de
las tres últimas generaciones se había producido dos veces la repetición del
eclipse del doble astro dentro de un mismo período. Apenas repuesto el planeta
de las consecuencias del primer oscurecimiento, se había visto azotado de
nuevo por las tormentas anunciadoras del segundo. Las devastaciones fueron
terribles, y también hubo que lamentar desgracias personales.
El nuevo energetón
iniciaba su existencia. Ansioso absorbía ya las energías, para que el
nacimiento fuera más fácil. En ese instante debía separarse de su madre en una
difícil y agotadora operación.
En consecuencia, el
energetón madre recurrió por tercera vez en un solo período al doble sol, con
objeto de tener preparado suficiente alimento para el descendiente.
Cuando en el
horizonte comenzaron a dibujarse las primeras señales, Pierre se hallaba
trabajando en los campos de mengo. Este sustituto de la patata terrestre era
uno de los principales productos alimenticios del planeta. Pierre hundió con
brío su pala en el fangoso suelo, sin observar que Lyra corría a su encuentro.
Desde lejos ella
gritó sin alientos.
—¡Date prisa,
Pierre! Tenemos que avisar a los demás y ayudarles...
—¿Cómo? ¿Y por qué?
—¡Vuelven a empezar
las descargas azules!
—Pero eso
significaría que...
—¡... Sí, que viene
un tercer eclipse! —la muchacha terminó la frase.
—¡Corramos al
pueblo, y hagamos lo que podamos!
Los dos jóvenes se
tomaron de la mano y salieron a escape hacia la cercana aldea. Allí reinaba una
actividad angustiosa. La gente actuaba presa del pánico.
Había que
acondicionar al ganado, preparar las provisiones y llenar los depósitos de agua
hasta los bordes.
Cuando Lyra llegó a
la granja de sus padres, seguida del jadeante Pierre, chocó contra los brazos
de su madre. Aquella mujer, normalmente tan serena y enérgica, estaba a punto
de perder el control de sus nervios. La tormenta que se aproximaba iba a
frustrar todas las esperanzas de una buena cosecha.
Lyra intentó
consolarla.
—¡Ánimo, madre, que
el mundo no se hundirá por eso! Con las provisiones que tenemos, de sobra
resistiremos también el año próximo, aunque la tempestad arrasara todos los
campos.
—Sí, pero...
La pobre mujer
rompió en sollozos y tardó en poder agregar:
—Busquen
a George... Seguro que está otra vez con sus aparatos, en vez de ayudarnos...
Al oír que llamaban
a la puerta, George movió la cabeza malhumorado. ¡Precisamente ahora tenía que
venir alguien a molestarle! ¿Es que no podían dejarle en paz? ¿No se habían
reído todavía bastante de él y de su afición? Le llamaban el
«escucha-estrellas», sólo porque se había construido un pequeño radiotelescopio
—conectado a un aparato emisor y receptor— con el cual se dedicaba a buscar
desconocidas fuentes de radio en el ámbito de la galaxia.
Claro que, hasta el
momento, no había conseguido grandes éxitos. Pero él no era hombre que capitulara
tan pronto ante un problema. ¡Que la gente se burlara de él cuanto quisiera!
¿Qué le importaba, al fin y al cabo, la falta de comprensión de los demás?
George se concentró
nuevamente en su aparato. Hoy parecía tener suerte. Llevaba un rato percibiendo
un extraño gemido entrecortado que, de vez en cuando, se veía dominado por un
sonido sordo y constante. El joven no se explicaba tal fenómeno.
En aquel instante
trataba de ajustar exactamente la fuente con ayuda de la antena del tejado. Lo
había intentado ya varias veces, pero la radiación se le escapaba una y otra
vez. Por consiguiente, se molestó mucho cuando la llamada a la puerta se repitió.
—¡Adelante,
maldición!
La cabeza
ensortijada de Lyra asomó por el resquicio de la puerta. La muchacha hizo una
mueca.
—¡Aquí está nuestro
sabio incomprendido! —exclamó—. ¿Qué, ya estás escuchando la inmortal música
de las esferas celestiales?
—¡Déjame tranquilo!
¿Qué quieres ahora? No tengo tiempo...
—Calma, George
—intervino Pierre, apartando a Lyra al mismo tiempo que se acercaba al
receptor—. Oye, ¿qué significa ese piar en el aparato?
—¡Eso no tiene
importancia ahora! —protestó Lyra—. George, debes saber que nos espera un tercer
eclipse. Tienes que ayudarnos a prepararlo todo.
—¡Imposible! Sería
la primera vez que eso ocurre.
—Pues llegó esa
primera vez —señaló Pierre con cierto aire de condescendencia—. Pero no me
dijiste aún qué son esos ruidos tan raros que hace tu receptor.
Inmediatamente, los
dos jóvenes se enfrascaron en una viva discusión. Tras repetidos intentos de
interrumpir su conversación, Lyra comprendió que nada conseguiría, por lo que
abandonó la estancia sin hacer ruido y se reunió con su madre para acabar con
ésta los preparativos.
Pronto llegó el
momento. El nuevo ser comenzó a moverse. Como una esponja iba chupando las energías
extraídas del doble sol. El energetón madre se veía obligado a proporcionarle
cantidades cada vez mayores.
Poco a poco se
inició la separación del cuerpo original. El ser materno cayó en unas ligeras
convulsiones para facilitar el proceso. De una densidad electromagnética increíblemente
escasa por naturaleza, estas convulsiones produjeron una retracción. El
energetón se espesó. Si antes era invisible a causa de la delicada distribución
—incluso había sido inútil la radiación procedente del doble sol—, la nueva
conglomeración produjo una suave luminosidad azul y fosforescente.
En su acalorada
discusión, los dos muchachos no se dieron cuenta, de momento, que la fuente de
radio había vuelto a desaparecer. Fue la súbita falta de señales lo que les
hizo reaccionar.
—No lo entiendo en
absoluto —dijo George con el ceño fruncido—. No puede existir una fuente que
varíe de lugar con tanta rapidez.
—Quizá se trate de
una nave espacial.
—No, Pierre. Eso no
es posible, pero...
Pensativo, George
tomó las anotaciones que tenía sobre su mesa de trabajo y, después de reflexionar
con esfuerzo durante un par de minutos, corrió a la ventana.
—¡Perthes! —gritó—.
¡Esa tiene que ser la solución! Sal conmigo. Creo que lo descubrí.
Lleno de curiosidad,
Pierre siguió a su amigo al exterior. Una vez fuera, George contempló caviloso
el doble sol. Una súbita ráfaga de viento había desgarrado el velo de polvo,
de modo que los dos astros quedaban perfectamente visibles.
Pierre apoyó una
mano en el hombro del compañero.
—No creerás que...
—comenzó a decir.
—Pues es la única
posibilidad. Y dime, Pierre: ¿no observas nada especial?
Pero Pierre no
descubrió nada raro, por mucho que se esforzara, y sacudió la cabeza.
—¡Mira bien los dos
soles!
Fue entonces cuando
Pierre notó que el doble astro aparecía rodeado de un halo de un azul fosforescente,
fenómeno que no acertaba a explicarse. Nunca había visto nada semejante.
Por eso prestó
escasa atención a lo que al respecto decía el amigo hasta que, de pronto, una
de sus frases le arrancó de su estupor.
—¡No irás a afirmar
que se trata de un ser viviente! ¿Ese resplandor azulado...? ¡Pero eso es absurdo!
—¿Ves como nunca
escuchas? Acabo de exponerte por qué ese gemido o ese modo de piar, como
prefieras llamarlo, tiene que ser la expresión de una forma u otra de vida. A
mí me recuerda algo así como..., como los ladridos de un perro...
Por fin le
comprendió Pierre.
—¡Los de una perra,
querrás decir!
Ahora fue George el
asombrado.
—¿Cómo...? ¿Qué...?
—Supongamos que una
perra va a tener cachorros. ¿Qué hace entonces?
—Pues..., muchas
cosas. Gemir quedamente, por ejemplo —respondió George.
—¿Te das cuenta? En
consecuencia, si tu teoría es cierta, pudiera tratarse aquí de un alumbramiento.
Y para tal operación hace falta una cosa: ¡energía! La energía que pueden
suministrar en cantidad suficiente nuestros dos soles...
—Son gemidos, en
efecto —comprobó George muy pensativo—. Y en ese caso..., ¡lo tengo, lo tengo...!
—gritó el muchacho, volviendo a la casa a todo correr.
Impulsado por el
deseo de terminar cuanto antes el proceso de separación, el energetón madre
recurría cada vez con mayor frecuencia al abastecedor de energía. Era una
feliz casualidad que la poderosa fuente se hallara tan cerca. Por regla
general, el parto se producía mucho más despacio y solía acabar en un total
agotamiento del cuerpo materno.
Las convulsiones
adquirieron mayor intensidad y el calor azul se puso más denso. Pronto tendría
efecto el nacimiento.
Pierre había seguido
lentamente a George a la casa. El primero estaba manejando ya el ajuste de
frecuencia del aparato, pero no el de recepción, sino el de emisión.
—¿Qué significa eso?
¿Acaso vas a emitir?
—Sí, claro.
—No lo entiendo.
—Fuiste tú,
precisamente, quien me dio la idea. ¿Qué hace un perro pequeño cuando tiene
miedo y se siente amenazado?
—Gimotea y aúlla.
—¿Cómo?
—Pues..., con voz
aguda. Yo... Ahora ya sé lo que quieres hacer, pero..., ¿crees que tendremos
éxito?
—Hay que intentarlo.
Cuando el cachorro llora, la madre procura ayudarle. Aquí no se trata de verdaderos
aullidos, sino de algo que se manifiesta como señales de radio. Si ahora, yo
emito en ultrasonido, y lo hago de manera entrecortada, entonces...
—...Entonces
pudiera suceder que ese algo de allí arriba lo tomara por una expresión de angustia
y comprendiese, quizá, que la excesiva extracción de energía de nuestros soles
amenaza otras vidas.
—Exactamente.
Y George empezó a
emitir.
La población de
Vanda estaba al borde de la desesperación. Ráfagas cada vez más furiosas reventaban
el suelo de los campos de cultivo, y las cuidadas plantaciones de frutales
existían ya sólo en el recuerdo de los que fueran sus propietarios.
Las descargas
eléctricas alcanzaron un nuevo punto culminante. Tremendos rayos hicieron tambalearse
los mástiles de acero, que se veían envueltos en un loco fuego de San Telmo. La
gente permanecía apretujada en sus viviendas, en espera de lo peor.
De repente, la
oscura capa que cubría el cielo se abrió. La tempestad de arena iba cediendo.
Tampoco se repitieron las descargas eléctricas.
¿Un milagro? El
doble astro brillaba con su antigua fuerza. Los habitantes de Vanda se
lanzaron al exterior con un inmenso alivio.
¿Un milagro?
Aunque todo el mundo
creyera en un hecho maravilloso, George y Pierre estaban convencidos de lo
contrario. Para ellos no existía duda que habían sido testigos de un
entendimiento entre el hombre y la vida cósmica.
Claro que George
hubiera dado cualquier cosa por saber qué había entendido aquel ser de su mensaje,
y qué había sido de su cuerpo...






































