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Alumbramiento Cósmico: Jörg Weigand

Enviado por Violeta Fernández el 07/04/2009 a las 20:25
Violeta Fernández

 

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Alumbramiento Cósmico

Jörg Weigand

 

Jörg Weigand, nacido el 12 de diciembre de 1940 en Kelheim del Danubio. Estudió lenguas del Leja­no Oriente y Ciencias Políticas en Erlangen, París y Würzburg. En 1969 se doctoró en filosofía con una tesis sobre un texto de la antigua China. Desde 1971 trabaja como periodista, principalmente para tele­visión, a la vez que colabora en diarios y revistas con relatos literarios y folletinescos. Heyne-Verlag, de Munich, publicará una antología de obras de ciencia-ficción francesas preparada por él. La narración Kösmische Geburt («Alumbramiento cósmico») fue publicado por primera vez en 1967.

 

 

El ser estaba inquieto. El acostumbrado ciclo se había interrumpido. Una nueva vida debía desper­tar. Una vida sin cuerpo. Vida energética. Sólo dos veces, durante la existencia del energetón, era posi­ble el proceso del nacimiento. Condición indispensa­ble para ello era que hubiera suficiente energía, tan­to en forma de calor como de radiación.

Ya el tiempo de preparación para el extraordina­rio acontecimiento requería una fuerza incremen­tada a lo largo de siglos, aunque eso, para el ener­getón, fuera únicamente un período breve, sin im­portancia. Para conseguir la cantidad de energía ne­cesaria, el ser se veía forzado a extraer más poten­cia del doble astro, del mismo modo que, sistemá­ticamente, le había sacado «alimento» a través de los milenios.

 

Cuando el doble sol se oscureció por tercera vez en este período, el planeta sufrió algo semejante a un estremecimiento. Ni siquiera los más ancianos habitantes del planeta Vanda, del sistema binario de Berthes, recordaban un fenómeno parecido.

Tales eclipses aparecían generalmente una vez durante cada período e iban acompañados de tre­mendas tormentas y tempestades de arena, que todo lo arrasaban. Si un ser viviente no lograba refugiar­se a tiempo en lugar seguro cuando sobrevenía el temporal, su muerte era segura.

La desaparición de la humedad del aire, que coin­cidía con impresionantes descargas eléctricas en la atmósfera, no daba posibilidad de supervivencia al hombre indefenso.

Sobre todo al principio, durante el primer pe­ríodo de colonización, los inmigrantes habían su­frido espantosas pérdidas. En la primera tormenta sucumbió una tercera parte de los desprevenidos pobladores.

Desde entonces, al cabo de casi dos siglos de la colonización de Vanda, sus habitantes estaban ya preparados para enfrentarse con tales fenómenos. Sólidas casas de roca ofrecían enérgica resistencia a las tempestades, y altos mástiles de acero, colo­cados en el centro de la doble población, desviaban hacia el suelo la peligrosa electricidad de la atmós­fera. Grandes depósitos de agua proporcionaban a los edificios la seguridad que el aire conservaría el grado de humedad necesario.

En el transcurso de las tres últimas generacio­nes se había producido dos veces la repetición del eclipse del doble astro dentro de un mismo período. Apenas repuesto el planeta de las consecuencias del pri­mer oscurecimiento, se había visto azotado de nuevo por las tormentas anunciadoras del segundo. Las devastaciones fueron terribles, y también hubo que lamentar desgracias personales.

 

El nuevo energetón iniciaba su existencia. Ansio­so absorbía ya las energías, para que el nacimiento fuera más fácil. En ese instante debía separarse de su madre en una difícil y agotadora operación.

En consecuencia, el energetón madre recurrió por tercera vez en un solo período al doble sol, con objeto de tener preparado suficiente alimento para el descendiente.

Cuando en el horizonte comenzaron a dibujarse las primeras señales, Pierre se hallaba trabajando en los campos de mengo. Este sustituto de la pa­tata terrestre era uno de los principales productos alimenticios del planeta. Pierre hundió con brío su pala en el fangoso suelo, sin observar que Lyra co­rría a su encuentro.

Desde lejos ella gritó sin alientos.

—¡Date prisa, Pierre! Tenemos que avisar a los demás y ayudarles...

—¿Cómo? ¿Y por qué?

—¡Vuelven a empezar las descargas azules!

—Pero eso significaría que...

—¡... Sí, que viene un tercer eclipse! —la mucha­cha terminó la frase.

—¡Corramos al pueblo, y hagamos lo que poda­mos!

Los dos jóvenes se tomaron de la mano y salieron a escape hacia la cercana aldea. Allí reinaba una ac­tividad angustiosa. La gente actuaba presa del pá­nico.

Había que acondicionar al ganado, preparar las provisiones y llenar los depósitos de agua hasta los bordes.

Cuando Lyra llegó a la granja de sus padres, se­guida del jadeante Pierre, chocó contra los brazos de su madre. Aquella mujer, normalmente tan sere­na y enérgica, estaba a punto de perder el control de sus nervios. La tormenta que se aproximaba iba a frustrar todas las esperanzas de una buena cose­cha.

Lyra intentó consolarla.

—¡Ánimo, madre, que el mundo no se hundirá por eso! Con las provisiones que tenemos, de sobra resistiremos también el año próximo, aunque la tem­pestad arrasara todos los campos.

—Sí, pero...

La pobre mujer rompió en sollozos y tardó en poder agregar:

—Busquen a George... Seguro que está otra vez con sus aparatos, en vez de ayudarnos...

 

Al oír que llamaban a la puerta, George movió la cabeza malhumorado. ¡Precisamente ahora tenía que venir alguien a molestarle! ¿Es que no podían de­jarle en paz? ¿No se habían reído todavía bastante de él y de su afición? Le llamaban el «escucha-estrellas», sólo porque se había construido un pequeño radiotelescopio —conectado a un aparato emisor y receptor— con el cual se dedicaba a buscar desco­nocidas fuentes de radio en el ámbito de la gala­xia.

Claro que, hasta el momento, no había consegui­do grandes éxitos. Pero él no era hombre que ca­pitulara tan pronto ante un problema. ¡Que la gente se burlara de él cuanto quisiera! ¿Qué le importaba, al fin y al cabo, la falta de comprensión de los de­más?

George se concentró nuevamente en su aparato. Hoy parecía tener suerte. Llevaba un rato percibien­do un extraño gemido entrecortado que, de vez en cuando, se veía dominado por un sonido sordo y constante. El joven no se explicaba tal fenómeno.

En aquel instante trataba de ajustar exactamente la fuente con ayuda de la antena del tejado. Lo ha­bía intentado ya varias veces, pero la radiación se le escapaba una y otra vez. Por consiguiente, se mo­lestó mucho cuando la llamada a la puerta se repi­tió.

—¡Adelante, maldición!

La cabeza ensortijada de Lyra asomó por el res­quicio de la puerta. La muchacha hizo una mueca.

—¡Aquí está nuestro sabio incomprendido! —ex­clamó—. ¿Qué, ya estás escuchando la inmortal mú­sica de las esferas celestiales?

—¡Déjame tranquilo! ¿Qué quieres ahora? No ten­go tiempo...

—Calma, George —intervino Pierre, apartando a Lyra al mismo tiempo que se acercaba al receptor—. Oye, ¿qué significa ese piar en el aparato?

—¡Eso no tiene importancia ahora! —protestó Lyra—. George, debes saber que nos espera un ter­cer eclipse. Tienes que ayudarnos a prepararlo todo.

—¡Imposible! Sería la primera vez que eso ocu­rre.

—Pues llegó esa primera vez —señaló Pierre con cierto aire de condescendencia—. Pero no me dijiste aún qué son esos ruidos tan raros que hace tu recep­tor.

Inmediatamente, los dos jóvenes se enfrascaron en una viva discusión. Tras repetidos intentos de interrumpir su conversación, Lyra comprendió que nada conseguiría, por lo que abandonó la estancia sin hacer ruido y se reunió con su madre para aca­bar con ésta los preparativos.

 

Pronto llegó el momento. El nuevo ser comenzó a moverse. Como una esponja iba chupando las ener­gías extraídas del doble sol. El energetón madre se veía obligado a proporcionarle cantidades cada vez mayores.

Poco a poco se inició la separación del cuerpo original. El ser materno cayó en unas ligeras con­vulsiones para facilitar el proceso. De una densidad electromagnética increíblemente escasa por natura­leza, estas convulsiones produjeron una retracción. El energetón se espesó. Si antes era invisible a causa de la delicada distribución —incluso había sido inútil la radiación procedente del doble sol—, la nueva conglomeración produjo una suave lumino­sidad azul y fosforescente.

 

En su acalorada discusión, los dos muchachos no se dieron cuenta, de momento, que la fuente de radio había vuelto a desaparecer. Fue la súbita fal­ta de señales lo que les hizo reaccionar.

—No lo entiendo en absoluto —dijo George con el ceño fruncido—. No puede existir una fuente que varíe de lugar con tanta rapidez.

—Quizá se trate de una nave espacial.

—No, Pierre. Eso no es posible, pero...

Pensativo, George tomó las anotaciones que te­nía sobre su mesa de trabajo y, después de reflexio­nar con esfuerzo durante un par de minutos, corrió a la ventana.

—¡Perthes! —gritó—. ¡Esa tiene que ser la solución! Sal conmigo. Creo que lo descubrí.

Lleno de curiosidad, Pierre siguió a su amigo al exterior. Una vez fuera, George contempló caviloso el doble sol. Una súbita ráfaga de viento había des­garrado el velo de polvo, de modo que los dos as­tros quedaban perfectamente visibles.

Pierre apoyó una mano en el hombro del compa­ñero.

—No creerás que... —comenzó a decir.

—Pues es la única posibilidad. Y dime, Pierre: ¿no observas nada especial?

Pero Pierre no descubrió nada raro, por mucho que se esforzara, y sacudió la cabeza.

—¡Mira bien los dos soles!

Fue entonces cuando Pierre notó que el doble as­tro aparecía rodeado de un halo de un azul fosfo­rescente, fenómeno que no acertaba a explicarse. Nunca había visto nada semejante.

Por eso prestó escasa atención a lo que al res­pecto decía el amigo hasta que, de pronto, una de sus frases le arrancó de su estupor.

—¡No irás a afirmar que se trata de un ser vi­viente! ¿Ese resplandor azulado...? ¡Pero eso es ab­surdo!

—¿Ves como nunca escuchas? Acabo de expo­nerte por qué ese gemido o ese modo de piar, como prefieras llamarlo, tiene que ser la expresión de una forma u otra de vida. A mí me recuerda algo así como..., como los ladridos de un perro...

Por fin le comprendió Pierre.

—¡Los de una perra, querrás decir!

Ahora fue George el asombrado.

—¿Cómo...? ¿Qué...?

—Supongamos que una perra va a tener cacho­rros. ¿Qué hace entonces?

—Pues..., muchas cosas. Gemir quedamente, por ejemplo —respondió George.

—¿Te das cuenta? En consecuencia, si tu teoría es cierta, pudiera tratarse aquí de un alumbramien­to. Y para tal operación hace falta una cosa: ¡ener­gía! La energía que pueden suministrar en cantidad suficiente nuestros dos soles...

—Son gemidos, en efecto —comprobó George muy pensativo—. Y en ese caso..., ¡lo tengo, lo ten­go...! —gritó el muchacho, volviendo a la casa a todo correr.

 

Impulsado por el deseo de terminar cuanto antes el proceso de separación, el energetón madre recu­rría cada vez con mayor frecuencia al abastecedor de energía. Era una feliz casualidad que la podero­sa fuente se hallara tan cerca. Por regla general, el parto se producía mucho más despacio y solía aca­bar en un total agotamiento del cuerpo materno.

Las convulsiones adquirieron mayor intensidad y el calor azul se puso más denso. Pronto tendría efecto el nacimiento.

 

Pierre había seguido lentamente a George a la casa. El primero estaba manejando ya el ajuste de frecuencia del aparato, pero no el de recepción, sino el de emisión.

—¿Qué significa eso? ¿Acaso vas a emitir?

—Sí, claro.

—No lo entiendo.

—Fuiste tú, precisamente, quien me dio la idea. ¿Qué hace un perro pequeño cuando tiene miedo y se siente amenazado?

—Gimotea y aúlla.

—¿Cómo?

—Pues..., con voz aguda. Yo... Ahora ya sé lo que quieres hacer, pero..., ¿crees que tendremos éxito?

—Hay que intentarlo. Cuando el cachorro llora, la madre procura ayudarle. Aquí no se trata de ver­daderos aullidos, sino de algo que se manifiesta co­mo señales de radio. Si ahora, yo emito en ultraso­nido, y lo hago de manera entrecortada, entonces...

—...Entonces pudiera suceder que ese algo de allí arriba lo tomara por una expresión de angus­tia y comprendiese, quizá, que la excesiva extracción de energía de nuestros soles amenaza otras vidas.

—Exactamente.

Y George empezó a emitir.

La población de Vanda estaba al borde de la de­sesperación. Ráfagas cada vez más furiosas reven­taban el suelo de los campos de cultivo, y las cui­dadas plantaciones de frutales existían ya sólo en el recuerdo de los que fueran sus propietarios.

Las descargas eléctricas alcanzaron un nuevo punto culminante. Tremendos rayos hicieron tamba­learse los mástiles de acero, que se veían envueltos en un loco fuego de San Telmo. La gente permanecía apretujada en sus viviendas, en espera de lo peor.

De repente, la oscura capa que cubría el cielo se abrió. La tempestad de arena iba cediendo. Tampoco se repitieron las descargas eléctricas.

¿Un milagro? El doble astro brillaba con su anti­gua fuerza. Los habitantes de Vanda se lanzaron al exterior con un inmenso alivio.

 

¿Un milagro?

Aunque todo el mundo creyera en un hecho mara­villoso, George y Pierre estaban convencidos de lo contrario. Para ellos no existía duda que habían sido testigos de un entendimiento entre el hombre y la vida cósmica.

Claro que George hubiera dado cualquier cosa por saber qué había entendido aquel ser de su men­saje, y qué había sido de su cuerpo...

 


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