
De izquierda a derecha: Mario Vargas Llosa, Patricia, Carlos Fuentes, Juan Carlos Onetti, Emir Rodríguez Monegal y Pablo Neruda.
LA NUEVA NOVELA LATINOAMERICANA (Fragmento)
Es INDISCUTIBLE el auge de la nueva novela latinoamericana. Celebrado por lectores y editores; transformado en slogan publicitario en varios continentes; consagrado hasta por las publicaciones periódicas de mayor
tiraje, este auge se apoya en una producción variada y numerosa que, si bien tiene centros de mayor concentración y calidad tales como México, Cuba, Brasil y Argentina, se manifiesta con similar empuje en casi todo el ámbito latinoamericano. Detrás de la alharaca publicitaria (que ha molestado a gente valiosa) hay una realidad muy sólida. Hoy, América Latina puede ofrecer la obra de por lo menos tres o cuatro generaciones de novelistas que continúan certificando la incesante renovación de un género. ¿De qué otra literatura se puede decir lo mismo? La audacia de muchos de estos novelistas, el carácter rabiosamente experimental de algunas de sus producciones, la evidente juventud de los más recientes, no deben hacer olvidar que este movimiento tiene sus raíces en el pasado inmediato, y que lejos de ser el resultado de un azar, una creación sin antecedentes conocidos, es por el contrario el resultado de un desarrollo del género narrativo motivado por factores que ya han sido estudiados muy concienzudamente por sociólogos, por economistas, por historiadores de la cultura.
Por eso, para evitar el natural robinsonismo de quien parece estar elogiando sólo lo nuevo, se debe empezar por un planteo que muestre las raíces, el entronque de este nuevo movimiento con una tradición viva en las letras latinoamericanas de este siglo. Para ello, conviene remontar ligeramente la corriente del tiempo y examinar qué ocurría en América Latina hacia 1940. La fecha no es casual. Entonces ha terminado la guerra civil española con el triunfo del General Franco y ha comenzado la segunda guerra mundial con el triunfo del canciller Hitler.
Si la guerra civil española habrá de orientar hacia América Latina y en particular hacia México y Argentina algunos de los más notables intelectuales de la península, la segunda guerra mundial habrá de interrumpir o dificultar por lo menos la corriente de libros y revistas que servía para alimentar en estas tierras de América la nostalgia de una civilización más refinada. Tanto el aporte español como la ausencia europea coinciden en estimular aquí la fundación de editoriales y de revistas, de institutos de alta cultura, de bibliotecas y museos. Pero, sobre todo, contribuyen a fomentar la profesionalización del escritor latinoamericano.
Ese año de 1940 habrá de marcar el comienzo de un desarrollo que en un par de décadas transforma radicalmente la cultura latinoamericana en cada uno de los países del vasto continente. Poco a poco se va formando un público lector que si bien al comienzo es sólo una élite con el correr de los años engendra su propia sucesión. Puede hablarse, por eso mismo, de una segunda y hasta una tercera generación de lectores. Los de la primera generación están más atentos a la obra extranjera que a la nacional, prolongan viejas servidumbres que no son sólo españolas sino también, y a veces principalmente, francesas. Pero ya la segunda generación de lectores empieza a indagar por lo nacional. La tercera, la de hoy, ya no tiene casi tiempo o paciencia para lo que no sea latinoamericano.
Pero no nos apresuremos. Si el aporte de los emigrados españoles, unido el cierre de las fuentes europeas, modifica profundamente la situación cultural, esa modificación no sería posible sin la explosión demográfica que en un par de décadas aumenta notablemente la población de las capitales por afluencia de gente de todas partes del país y que engrosa también relativamente el número de quienes ahora acceden a la educación secundaria. Esa segunda generación de lectores y aún más la tercera son producto de esa explosión y la representan en su nivel más exigente.
Al mismo tiempo, un crecimiento de la conciencia nacional —que había tenido sus manifestaciones más notables en México después de la revolución, para poner un ejemplo conocido— estimula la obra de ensayistas que se vuelcan cada vez con más ahínco en una doble indagación: del ser de cada país y del ser latinoamericano. Esta indagación poco a poco emerge del purgatorio de las buenas intenciones internacionales para convertirse en materia viva, polémica, desgarrada. La segunda generación de lectores se apodera de ese ensayismo de indagación nacional en busca de una identidad que las grandes potencias coloniales le habían negado o que sólo habían aceptado si asumía los formas y las modas impuestas por la metrópoli. Para la tercera generación de lectores ya la búsqueda de la identidad no es un problema sino una necesidad y una costumbre.
Todo esto —el aporte de la diáspora española, la incomunicación con Europa, y en menor medida con unos Estados Unidos concentrados en el esfuerzo bélico, la explosión demográfica y el crecimiento delirante de las grandes ciudades, la creación de editoriales y de dos y hasta íres generaciones de lectores—, todo esto es agua para el molino de la novela latinoamericana. Porque la novela (como el teatro) es un género que necesita la concentración urbana, las grandes minorías de lectores, una buena circulación del libro. El auge de la novela en Europa coincide con el ascenso de la burguesía. En nuestra América, aunque hay novelas ya desde la Colonia y algunos grandes novelistas asoman en pleno siglo xix, no se puede decir que haya realmente novela (es decir: un género completo, con autores de muchos niveles y una producción sostenida) hasta este siglo. Pero sólo hay novela, en el sentido más profesional de la palabra, a partir de ese 1940 que se ha elegido como fecha simbólica y que no debe tomarse demasiado al pie de la cifra.
Cuando el novelista de 1940 y tantos se pone a escribir ya tiene en las manos, no sólo la inmediata tradición de una novela latinoamericana de la tierra y algunos ejemplos aislados de novela urbana (para exhumar esas viejas y erróneas categorías). Tiene algo mucho más importante: tiene, en traducción y a veces en recreación por obra de escritores de la talla de Borges, algunos de los textos capitales de la novela europea y norteamericana de este siglo. Si hay que evitar el robinsonismo de creer que los nuevos novelistas no tienen antecedentes latinoamericanos, tampoco hay que caer en el otro robinsonismo de olvidar que la nueva novela latinoamericana ha ido a la escuela de Joyce, de Kafka, de Faulkner, de Sartre, para no citar sino unos pocos maestros. Todo lo que estos narradores extranjeros de las cuatro primeras décadas del siglo habían creado, habrá de ser aprovechado por quienes empiezan a escribir y publicar después de 1940. Hay una riquísima cantera para la novela y al alcance de todos. Casi sin premeditación, de un extremo a otro de América Latina, esos autores son leídos y releídos, traducidos y anotados, imitados y hasta plagiados. De ahí arrancará un impulso literario perdurable.
Pero los escritores de la nueva novela no sólo leerán a Kafka o a Faulkner. Imperfectamente, con enorme trabajo, a duras penas en muchos casos, habrán de conseguir los libros de todo un continente y empezarán, poco a poco, a conocerse de un extremo a otro. Ese proceso, muy lento al comienzo, se ha ido acelerando hasta un punto que hoy se puede hablar ya de un lenguaje internacional de la novela latinoamericana. Profundos vínculos ( y no sólo las asociaciones más o menos mafiosas) acercan hoy en día a los más conocidos narradores. Se completa así, en el contacto de los libros y de las creaciones, un proceso que había tenido comienzo y primer origen hacia 1940: un proceso que se alimenta por igual del estímulo (negativo y positivo) del extranjero y de un enraizarse en la realidad, en la conciencia, en la misión de América Latina. El resultado es la nueva novela y su lenguaje de fuego que hoy corre de extremo a extremo de nuestro mundo hispánico.
EMIR RODRÍGUEZ-MONEGAL
Universidad de Yale






































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