
WITOLD GOMBROWICZ Y PRILIDIANO PUEYRREDÓN
Los
lectores de diarios no estaban acostumbrados a que se metieran en este
género literario narraciones con tantos grados de libertad, pero
Gombrowicz sintió la necesidad de ponerle distancia al realismo
primero, y al objetivismo después, recurrió entonces a las
transformaciones que, sin embargo, tienen una fuerte sujeción a la
realidad.
Toda la actividad de Gombrowicz, literaria y existencial,
se convirtió en una retirada del objeto hacia sí mismo, un objeto que
se le volvía agresivo cuando lo esgrimían, en tal que objeto, los
artistas. Someterse al objeto sin más es una ingenuidad que tiene como
destino el fracaso.
La deshumanización que el mismo Gombrowicz
practica, especialmente en “Cosmos”, está acompañada siempre en todas
sus narraciones por una energía de signo contrario que impide que la
realidad se desmorone y se ahogue en un formalismo irreal.
La
realidad surge de asociaciones de una manera indolente y torpe en medio
de equívocos, a cada momento la construcción se hunde en el caos, y a
cada momento la forma se levanta de las cenizas como una historia que
se crea a sí misma a medida que se escribe, introduciéndose de una
manera ordinaria en un mundo extraordinario, en los bastidores de la
realidad. En “Cosmos” Gombrowicz descompone el mundo en elementos de la
forma, pero también recrea la reacción del hombre frente a ese proceso
de descomposición, de modo que es de nuevo el hombre y no la forma
quien se halla en el centro de la obra..
Para mostrar cómo
Gombrowicz lleva adelante en sus diarios propósitos que en general
están reservados a géneros más creadores vamos a ver cuál es la razón
por la que pone una atención desmedida en la casa de Prilidiano
Pueyrredón..
El
abuelo paterno de Gombrowicz se vio obligado a vender sus posesiones en
Lituania y a instalarse en Polonia. Jan Onufry, su padre, compró una
propiedad en Maloszyce donde nacieron Gombrowicz y todos sus hermanos.
Cuando Gombrowicz tenía un año se mudaron a Bodzechow, y a los siete
años terminó viviendo en Varsovia. El viejo castillo de Bodzechow,
rodeado de un vasto parque, era un lugar lleno de misterios. La familia
de Marcelina Antonina, su madre, se hallaba establecida en esa región
desde hacía mucho tiempo.
Gombrowicz cambió sus mansiones de Polonia
por las pensiones más miserables de Buenos Aires y, finalmente, por esa
pieza de la calle Venezuela donde vivió dieciocho años.
Sin embargo, ni las mansiones de Polonia ni estas pensiones miserables de la Argentina fueron sus casas verdaderas.
La
familia Swieczewski tenía una casa en San Isidro que Gombrowicz
visitaba a menudo. Hacía paseos con Karol Swieczewski, era un buen
amigo al que le tenía aprecio y confianza al punto de hacerle ciertas
confesiones.
“No
me aburro, porque paso seis horas diarias, aproximadamente, escribiendo
y estudiando ciertas cuestiones de tipo intelectual. Estoy luchando
duramente con mi obra, como un animal salvaje, a veces, ¡Santo cielo!,
me gustaría mandarlo todo al diablo, ¡para qué, oh Dios, esta tarea
superior a mis fuerzas!, no estoy hecho en absoluto para esto y,
además, hay que tener una paciencia sobrehumana”
Es el fragmento
de una carta que le escribe a Karol en 1956, desde la estancia de Dus
Jankowski, en Necochea. A Gombrowicz no le falta la razón protestando
de esta manera, los hombres de letras tienen una vida artificial, están
obligados a sacar apuntes de lo que les ocurre, a estimular la
imaginación con ocurrencias que no siempre tienen un final feliz, a
estudiar ciertas cuestiones de tipo intelectual. Pruebas al canto, en
el año 1954 Gombrowicz relata en los diarios un paseo que hace con
Karol por San Isidro.
Desde
una colina ven el Río de la Plata, y a la mano derecha, a la sombra de
los eucaliptos, la casa de Prilidiano Pueyrredón, blanca y centenaria,
con las ventanas cerradas, deshabitada desde que la abandonaron. Es la
casa construida por Prilidiano Pueyrredón, arquitecto y pintor
argentino cuyas obras son retratos de la época que siguió a nuestra
independencia.
Entre esa casa y Gombrowicz se había creado un
vínculo arbitrario. Empezó a preguntarse sobre qué pasaría si esa casa
se le volviera familiar irrumpiendo en su destino por el solo hecho de
que le era completamente extraña, y porque era justamente esa casa la
que le inspiraba tan extraordinario deseo.
“De modo que ahora esta
luz, estos arbustos, estas paredes, despiertan en mí cada vez más
emoción y angustia, y siempre que estoy aquí me hundo bajo un peso
indecible, mientras en algún lugar, en el límite, en el extremo de mi
ser, estalla un grito, una violencia, un pánico tremendo”
Después
de registrar esta conmoción llena de angustia, apunta que sus
sensaciones de miedo y desesperación no eran de carne y hueso, sino un
contorno de sentimientos, rellenos sólo de nada, absolutamente puros y
por eso más dolorosos.
Mientras camina con Karol la casa va
quedando atrás, pero el hecho de no verla aumenta su presencia. Está
allí hasta la exageración, con sus ventanas y columnas neoclásicas, a
medida que se aleja de ella en vez de diluirse existe con más fuerza.
No encuentra la razón por la que esa casa ajena, blanca, puesta en un
jardín de eucaliptos, lo acompaña, lo persigue, lo inoportuna y no lo
suelta.
“¡No es eso lo que debo hacer! ¡No es aquí donde debo estar!
Pero, ¿dónde entonces? ¿Dónde está mi lugar? ¿Qué debo hacer? ¿Dónde
estar? Mi país natal no es mi lugar, ni la casa de mis padres, ni el
pensamiento, ni la palabra, no, la verdad es que no tengo sino
precisamente esta casa, sí, desgraciadamente mi única casa es esta casa
deshabitada, la blanca casa de Prilidiano Pueyrredón. Pero él,
Swieczewski, también parece estar ausente: sus dedos reducen a polvo
una ramita seca”
A
veces vale la pena que algunos hombres de letras se tomen el trabajo de
escribir y estudiar ciertas cuestiones de tipo intelectual. Este
fragmento de los diarios nos muestra cómo la imaginación de Gombrowicz
le dio a esa casa de San Isidro unos límites nuevos, le arrancó al
continuo indiferente de la realidad una forma más profunda y
perdurable, una vida más verdadera, fue una ocurrencia que tuvo un
final feliz.
Después de una narración metafísica y bucólica que
hace en los diarios sobre un cocodrilo no logra recuperarse de un
estado hipomaniacal que lo persigue, así que mete a continuación los
relatos de la casa de Prilidiano Pueyrredón, del cretino de la columna
de Creta y del fotógrafo impostor. Finalmente, una lectora de Canadá se
cansa y le manda una carta haciéndole reproches.
“Al
principio, lo que usted escribía tenía carácter polémico, despertaba
controversias, producía reacciones, incluso negativas, pero fuertes.
Los últimos fragmentos no me producen ninguna reacción aparte del
estupor de que usted los escriba y de que ‘Kultura’ los publique”
Gombrowicz
lee con atención la carta y reconoce que los diarios publicados en
noviembre le salieron un poco frívolos, especialmente con el cuento del
cocodrilo, pero no está dispuesto a escribir sólo para la satisfacción
de los lectores, les pide que le dejen cierta libertad y que no se
entrometan demasiado en su trabajo.
“Cuidad de que mi diario tenga el mínimo indispensable de inteligencia y vitalidad, la cantidad exigida por el nivel
medio de la palabra impresa, pero en cuanto la resto, dejadme las manos libres (...)”
“En
este saco meto muchas cosas distintas: todo un mundo al que sólo os
acostumbraréis en la medida que adquiera superioridad sobre vosotros;
mientras tanto, muchas cosas de este diario os parecerán innecesarias e
incluso os quedaréis sorprendidos de que se acepte su publicación”
Pero
Gombrowicz, como el alacrán, no puede con el genio. Inmediatamente
después de estas reflexiones tan atinadas mete en el “Diario” unos
versos indecentes que había escrito en la puerta de un baño público.
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