RELATOS CORTOS DEL LIBRO “CALMA FINAL”
Textos y fotografías: Wilfredo Carrizales
TAXISTORIA
Cansado, el taxi cerraba los faros y lo vencía el sueño. Lo vivido durante la noche se le tornaba en su mente mecánica horrible pesadilla.
Viejas que lo apuntaban con descomunales pistolas, conminándolo a entregar el dinero; niños de pegostoso chicle que lo rodeaban, riéndose grotescamente, pasándole las manos mugrientas por toda la tapicería; gigantescos agujeros negros sin fondo que de pronto se lo tragaban en la esquina menos pensada; matones con ensangrentados cuchillos que le cortaban aviesamente los neumáticos; policías con rolos cavernícolas que se subían encima de los parafangos y chillaban y le destrozaban el parabrisas...
Sus despertares en medio de ruidos de tuercas flojas y derrames de aceite, lo fueron debilitando y carcomiendo por dentro. Ningún taller mecánico le encontraba remedio a su padecimiento. “La vejez”, le decían.
El depósito de automoviles a donde fue a dar decretó su muerte por despedazamiento.
ROSARITO
La recordaremos siempre bajo el frondoso árbol de mango. Solía sentarse allí todos los atardeceres a contemplar el regreso de las garzas blancas. Sus manos semejaban otras garzas en vuelo cuando comenzaba a peinar su larga y nívea cabellera. Anidaba en sus crisnejas el grato perfume del agua de azahar.
La casa entera revoloteaba sumergida en aquel exquisito aroma. A todas nosotras nos parecía llevar crisnejas también. Con frecuencia ella se quedaba dormida en su mecedora. Nos le acercábamos en silencio a contemplarla, embelesadas, hasta que presentíamos que despertaría. A pesar de su avanzada edad su cuerpo siguió siendo tan ágil como el de una niña menuda. Poseedora de una extraordinaria memoria, nos sorprendía y deleitaba con sus narraciones de acontecimientos que para nosotras resultaban fabulosos. Excepto por esas sesiones evocativas, su presencia pasaba desapercibida para los demás. Caminaba como sobre un colchón de plumas, evitando a conciencia ser notada.
La tarde en que se cayó, mientras se duchaba, todo cambió en su vida y en la nuestra. Una fea herida en la cabeza se negó a cicatrizar y ella impedía que se la curasen. Pronto los gusanos la invadieron y a nosotras nos infundió pavor el terrible aspecto que se fue apoderando de su rostro. Poco a poco sus ojos quedaron sumergidos en un vaho negro y ya no pudo salir a admirar el retorno de las garzas. La memoria se le desprendía a pedazos, dejando en su lugar, un ámbito vacío. Los acostumbrados cuentos quedaron en el olvido. Se nos prohibió venir a verla y nuestra pena se hizo aún mayor.
Mamá nos dijo que se había quedado dormida ayer, durante el ocaso, bajo su árbol predilecto. A petición suya la habían trasladado allí sentada en su mecedora. No volvió a despertar. Nosotras lo supimos antes de que mamá nos lo comunicara. Habíamos visto a las bandadas de garzas volando en cruz hacia el poniente.
UN PERSONAJE LIBERADO DE SU AUTOR
El personaje caminaba pegado a las paredes, protegiéndose de la lluvia que...(“¡Basta! ¿Quién te crees tú para someterme a tus observaciones y luego ponerlas por escrito para disfrute de tanto imbécil? ¿De dónde has sacado la idea de que eres “escritor” y que eso te da derecho a inventar personajes o a meterte en sus vidas? Te lo advierto. Desiste de tus elucubraciones o te pesará”)...caía pertinaz sobre su cabeza. De vez en cuando introducía su mano, aterida por el frío, dentro del sobretodo y extraía una botella de ginebra.
Sin detenerse, sorbía un prolongado trago y volvía a ocultar la botella bajo su vestimenta. Maldecía ruidosamente, mientras lanzaba feroces miradas a uno y otro costado. (“Te consideras muy valiente, ¿verdad? ¿Piensas que mi advertencia sólo es simple bravuconada? No detengas tu máquina de escribir a ver qué sucede”). Iba sin rumbo fijo, dispuesto a prolongar su caminata de madrugada hasta donde se lo permitiera el contenido de la botella. Luego, dormiría en algún portal. (“Lo que ignoras, estúpido, es que bajo el sobretodo también cargo ésto. ¿Te asombras? ¡Qué cara de susto que tienes! Pues bien, adiós, “escritor”. El relato lo termino yo”). Pero, antes sacaría una reluciente browning y apuntándole directamente al rostro de su creador, lo eliminaría de un certero disparo.
COMO LE DIGO
Como le digo. La pobre palomita enamorada permanecía posada sobre una rama no tan evidente. Un leve zureo la acompañaba. Al gavilán yo no lo vi venir. Cayó de improviso y con saña, garras abiertas, encima del mísero cuerpecito flacuchento, apenas tapado con plumitas de caoba. Un cedro cercano le sirvió al depredador de asiento para el festín.
Como le digo. La palomita se lo buscó. ¿Por qué tenía que estar allí, encima de ese árbol, contorneándose y limpiándose las plumas? La perfecta coqueta diría yo. El gavilán andaba revoloteando desde temprano en busca de presa mayor. Se hartó del coqueteo incitador y decidió bajar y poner punto final a tanto desparpajo. Yo le indiqué con la mirada un robusto cedro y allá fue a posarse para devorar lentamente a la avechucha insolente.
Como le digo. En mis árboles no permito la presencia de ningún pájaro. A pedrada limpia los alejo y cuando no basta este método, entonces libero al gavilán de la cadena que lo mantiene sujeto a la estaca y le ordeno destrozar a cuanto pajarraco ose entrar en mis predios. Cual lluvia menuda caen las plumas de los intrusos y yo me siento maravillosamente bien.
Como le digo. Vieja como estoy.
ARÁCNEA
La fuerte brisa nocturna de comienzos de enero penetraba sin obstáculos por el hueco de la ventana e iba a mecer, peligrosamente, las telarañas que colgaban del techo. Antes de que pudiera ocurrir una catástrofe de desconocidas consecuencias, tomé un gancho y fui descolgando apresuradamente la labor de hilandería de las arañas. Entre protestas y maldiciones, las bien tejidas redes se fueron estrellando contra el piso, acumulándose por doquier, hilos de todas las longitudes y texturas.
Al cabo de hora y media de extenuante trabajo, el techo quedó completamente limpio de rastros de telarañas. Las arañas se concentraron en un rincón oscuro del techo y, por una abertura, salieron al exterior.
Yo, sin embargo, me quedé alumbrando por largo rato con una linterna, temeroso de que regresaran con refuerzos, en misión de castigo y venganza. El cansancio me hizo retirar a mi dormitorio en procura del sueño. Cerré puerta y ventanas, metí pedazos de papel por las rendijas, encendí la lámpara y me acosté vestido.
No sé en qué momento penetraron adonde dormía. Tejieron de tal forma mi sueño que ahora no logro escapar de él.
CUCARACHA
“Insecto ortóptero, corredor, cosmopolita...” Ya presentía que la definición del diccionario no me iba a satisfacer. ¿Cómo obviar su omnipresente y asquerosa figura rondando en la oscuridad de la cocina cada noche y que se hace manifiesta huida tan pronto enciendo el bombillo? Por supuesto que no puede bastarme tan escueta información. Requiero de algo más preciso, más tangible y palpable. Sólo que para ello... (me da náuseas de no más pensarlo)... necesito atrapar a un ejemplar (acaso una Blatella germínica) y sosteniéndolo con una pinza, someterlo a un minucioso exámen sirviéndome de una potente lupa. Alternadamente, iría anotando (redactando, debería decir, cónsono con un espíritu científico) mis observaciones en un block de apuntes. “Cuerpo oval y deprimido; mediano tamaño; color pardo claro; seis peludas patas casi iguales...”(en este punto, el vómito sería inevitable)... “alas y élitros, lustrosos, como impregnados en aceite, rudimentarios y transparentes, recorridos por líneas verticales; abdómen terminado en dos puntas articuladas...”(nueva arcada) “...dos largas antenas que nacen encima de los ojos...”(mi rostro se reflejaría en ellos, provocándome una convulsión estomacal) “...una boca rematada en complejas tenazas...”(con las que devora mis alimentos puestos sobre la mesa, dentro de la alacena o engulle restos de comida depositados en el lavaplatos. ¡Colmo del asco!). Antes de que reventara de repugnancia por la confrontación con el nauseabundo insecto, arrojaría la lupa a un lado e iniciaría su lento desmembramiento. Primero una pata...luego otra...y otra más...hasta que quedara apédica. (¿Se dirá así? Mutilada, pues). Aflojaría la pinza y caería la cucaracha al piso. (La posibilidad de un nuevo vómito se alejaría). Se debatiría en el piso, indefensa, sin medios para escapar. Pero, ¿y si usa las alas y se fuga volando? Se las quemaría con un fósforo encendido y hederían a papiro viejo chamuscado. En plena posesión de su vida, me divertiría, vengativo, empujándola con la punta de un lápiz. Y ahora, ¿qué te sucede? ¿Por qué no sales a la desbandada como solías hacerlo cuando me sentías venir? Le preguntaría con la mirada puesta en sus brotados ojos. Aburrido, apagaría el bombillo y como si ignorara que ella se encuentra allí, a mi merced, le pondría el pie encima. ¡Crish! ¡Ay, pisé una cucaracha!
HOJA DE PARRA
Adán se atrevió a salir a la calle el día en que por fin recibió, a vuelta de correo, su hoja de parra. Una hoja algo ancha, no muy verde (más bien tirando a parda) y con un pedúnculo anormal, en forma de pinza.
Sin pérdida de tiempo, Adán tomó su hoja y se la colgó del pubis. Le dio dos tirones hacia abajo para comprobar su firmeza y, por primera vez, se encaminó hacia el mundo exterior, desconocido para él. A pesar de que la gente lo miró con sumo estupor, él pensó que se debía a lo original de su vestimenta. Sobre todo las mujeres, tuvieron actitudes dispares cuando se lo toparon: algunas se llevaron las manos a la cara, ocultando su vergüenza; otras, lo miraron con una abierta avidez e incluso hubo algunas, bastante atrevidas, que disimuladamente le levantaron la hoja de parra, esperando encontrar debajo un buen racimo. No quedaron defraudadas.
En el momento que tres corpulentos enfermeros apresaron a Adán e inmediatamente le pusieron una camisa de fuerza, el expulsado del paraíso, intentó protestar, desconcertado, pero sus palabras resultaron ininteligibles para sus captores. Sólo constituyeron una prueba más de su desquiciamiento mental.
Tragándose su rabia en la celda del manicomio, Adán maldice el día que recortó el anuncio del diario donde promocionaban “HOJAS DE PARRA. OFERTA ÚNICA”.
ERMITAÑO
Ignoro cómo averiguó mi nombre. No se lo he dicho a nadie. Persona alguna me visita, ni mucho menos me llama. Desde que me mudé aquí me aislé. No tengo trato con mis lejanos vecinos. Entonces, ¿de qué manera se enteró de mi nombre? ¿Qué se propone al difundirlo?
Al segundo día de estar viviendo en esta granja apartada comenzó a llamarme: “¡Wilfredo! ¡Wilfredo!” Corrí a ocultarme dentro del cuarto. Entreabrí la ventana y no atisbé a nadie. Pensé que pudo tratarse del fruto de mi imaginación, pero oí pronunciar una vez más mi nombre, con fuerza y nitidez. A partir de entonces, no más asomaba la cabeza, delataba mi presencia con sus chillidos. “¡Wilfredo! ¡Wilfredo!”
Sólo puedo salir de noche. Porque algo he notado: parece que duerme al no más ponerse el sol. Sin embargo, todavía no le he visto la cara a mi desconocido nombrador. Sospecho que me vigila desde algún punto elevado y a cubierto.
Llevo semanas sin poder disfrutar de los rayos del sol. Hoy de mañana decidí ponerle fin a tanto desasosiego. Me dejé ver y en cuanto empezó a chillar mi nombre, me quedé parado allí mismo. Lo descubrí sobre la alta palmera plantada en la entrada. Detallé su plumaje amarillo y negro y tomé una decisión.
Desde el amanecer estoy aquí, esperando que aparezca, para cerrarle el pico con esta honda que me hizo famoso cuando niño.
VER UNA HOJA CAER
Escuché nítidamente el sonido de la hoja seca al estrellarse contra el suelo. Una sobria quietud embargaba a todas las cosas una vez traspuesta el alba. La trayectoria de la caída de la hoja fue lenta y sinuosa. Yo estaba observando embelesado la copa del gran árbol, de extrañas formas foliáceas. La mayor de entre todas las hojas se abrió paso fácilmente. Apartando a sus vecinas se lanzó audaz en vuelo descendente. Diría –ahora que escribo estas líneas- que su descenso acrobático constituyó un estímulo bien calculado para que mi mente lo imitara. A partir de ese momento, el fluir de mi pensamiento se deslizó, suavemente, llevado por las brisas.
Dondequiera me detenía, dejaba un manto de hojas secas con mensajes descifrables para otros seres de igual sustancia vegetal.
Paulatinamente, los lugares por mí visitados se fueron cubriendo de una espesa capa de señera hojarasca. Mi alegría era infinita al descubrir un tropel de niños bulliciosos jugueteando sobre el tejido de la alfombra que yo tendía cada noche.
En temporadas de fuertes vientos, los remolinos trasladaban mis ideas por los aires de distantes comarcas.
CASTIGO SOLAR
El sol del viernes por la mañana, alrededor de las diez, refulgía con un brillo extraño, de quemante anaranjado. No lo había notado antes porque me mantenía dentro de la casa. Al salir al patio mi piel se comportó de manera anormal, reaccionando con una excesiva producción de sudor. Elevé la vista al cielo y un resplandor indescriptible encegueció mis ojos. Frotándomelos con los dedos me dirigí al lavamanos para aliviármelos con agua. Mi corazón retumbaba dentro del pecho. Un gran temor se había apoderado de mí. Para atenuar mi angustia decidí defecar y poner la mente en blanco. Me senté desnudo en el recipiente del retrete, con los ojos puestos en la blancura de la cortina que colgaba de la puerta. Un irreprimible impulso condujo mi mano a acariciarme el pene. La erección se produjo aceleradamente. Le di rienda suelta a una liberadora masturbación. Pronto me invadió una no terrena placidez. A punto de eyacular vi descender, por detrás de la cortina, un larguísimo brazo de fuego, cuyo extremo terminaba en cinco dedos flamígeros. Los dedos se cerraron en puño y avanzaron hacia la mano masturbadora. Paralizado de terror recibí tremenda quemadura en el dorso, como la que sufren las reses, cuando las marcan con el hierro al rojo vivo.
Obligado a llevar la mano vendada, oculto a los ojos de la gente, el estigma del castigo solar.
DISGREGACIÓN
Cabeza, tronco y extremidades se unen a veces para formar un cuerpo: el mío. Esta unión no dura mucho tiempo, porque cada uno de ellos tiene una afición diferente a las mismas horas.
La cabeza gusta bañarse largo rato bajo la ducha; al tronco le agrada tenderse en el jardín a tomar sol; el brazo izquierdo opta por salir presuroso a pedir limosnas en las esquinas, mientras que el derecho entra con decisión a los restaurantes, se ubica bajo las mesas y se da a la agradable tarea de acariciar piernas bonitas de mujeres; el pie derecho siente gran afición por los prolongados paseos sin rumbo fijo y el pie izquierdo no sabe hacer otra cosa que patear traseros de personas gordas.
En esos momentos existo en seis lugares diferentes.
EL IRREPETIBLE GESTO DE CASIMIRO VILLALOBOS
Casimiro Villalobos era un hombre predecible. Buenas tardes, señor Villalobos. ¿Cómo anda su salud? Como siempre, gracias. Ligera inclinación de cabeza y el mismo gesto monótono, repetido día tras día con pasmosa exactitud.
Casimiro Villalobos salía de la vetusta casa colonial donde vivía solo, a las cuatro en punto de cada tarde, hiciera buen o mal tiempo. Recorría la invariable calle que lo conducía a la plaza. Se estaba allí sentado hasta las cinco y cuarto respondiendo la idéntica y cotidiana pregunta. Como siempre, gracias. Y vuelta a casa.
Olvidaba decir que Casimiro no conocía para sus trajes y sombreros otro color que no fuera el negro. Casimiro, cuando muera, llevarás luto para siempre. Sí, mamá.
Ayer una exuberante hembra se le cruzó a Casimiro, faltándole poco para llegar a la plaza. Un extraño calor le invadió el rostro, obligándolo a despojarse del sombrero e intentar una reverencia. Todo culminó en el intento.
Casimiro Villalobos nunca pudo volver a repetir tan inusual gesto.
RING DE BOXEO
El cuadrilátero se encuentra dispuesto ya. Lona nueva, sogas y postes relucientes, potentes reflectores encendidos.
Dos musculosos ayudantes aparecen cargando una mesa cubierta con un mantel blanco. La pasan por encima del ensogado y la depositan en el centro del ring. Rato después regresan, trayendo cada uno una bandeja con comida. Las colocan, respectivamente, en las esquinas norte y sur de la mesa. Extraen cubiertos de sus bolsillos y los ponen al lado de las bandejas. Abandonan el cuadrilátero, quedándose parados tras cada una de las esquinas, aguardando.
Transcurren cinco minutos. Suena un timbre. Primero hace su aparición el marido, ataviado con una bata oscura de casa. Medio calvo, de abdómen prominente, camina con paso firme. Sube al ring y ocupa su lugar en la esquina norte.
Acto seguido, hace su entrada la mujer, vestida con un mono amarillo encendido que parece prolongación de su cabellera. Avanza con mirada feroz puesta en su marido. De un ágil salto, demostrando su juventud, trepa al cuadrilátero y toma posición en la esquina sur.
Se escucha otro timbre. El combate se inicia.
La mujer ataca primero. Agarra fuertemente los cubiertos dispuesta a acabar, a la mayor brevedad, la comida que tiene ante sí. El marido contraataca. Le recuerda lo sagrado que es el acto de comer. Golpe bajo. La mujer resiente el golpe. Aminora la velocidad y, a propósito, lo insulta con la boca llena. Amonestación del marido, quien imprevistamente le recuerda el reglamento. Nuevo golpe bajo. La mujer se atraganta; está a punto de asfixiarse. Su ayudante intenta lanzarle la toalla, pero la mujer reacciona a tiempo y embiste al marido con una tanda descomunal de improperios y quejas. El marido, impávido, deja pasar golpe tras golpe. Esquiva el último izquierdazo con un quiebre de piernas y aprovecha el evidente cansancio de su contrincante para asestarle un knock-out fulminante. “Te estás poniendo vieja y carente de imaginación”.
La mujer yace sobre la lona; la cara, desencajada. El marido la observa impertérrito desde su esquina. Da media vuelta. Su ayudante le separa las cuerdas para que pase. Le coloca la toalla sobre los hombros y ambos se dirigen a las duchas.
Antes de apagarse los reflectores se ve caer una toalla negra cerca de la cara de la mujer.
LLAMADA NOCTURNA
Con terca insistencia repica el teléfono. Alguien acude a levantar el auricular. “Aló”. Suena un disparo. La bala que penetra a través de la ventana abierta se incrusta en el oído del que responde a la llamada telefónica, después de haber traspasado el auricular. El herido de muerte por la bala trastabillea y luego se desploma pesadamente.
El auricular queda colgando de la mesa y se oye una voz que viene del otro extremo del hilo telefónico. “Aló. ¿El disparo dio en el blanco?”
AROL
Arol toca el saxo. Una sensualidad sonora se le introduce a uno, aterciopeladamente, por los oídos y permanece adentro, aún después de que el saxo reposa en su estuche. Arol llama al blues y al jazz a la ciudad de Nueva Orleans y ellos acuden presurosos a la boquilla y a las teclas del instrumento musical. Arol entorna los ojos. Su cuerpo se vuelve cadencia. Es la sangre de sus antepasados negros. Arol no es esclavo, ni siquiera de su instrumento. Él constituye su prolongación para que el alma de Arol se disperse hecha música. Arol bebe. Su saxo también. Borrachos ambos se van asociando al misterio de la noche, seducida por la melodía. Arol nunca ha salido de Venezuela. Su saxo, sí. Arol le compra sus boletos de avión y lo viste de levita. Ve a los orígenes, le dice. Recopila, crece y luego regresa a enseñarme a mí. Y así lo hace el saxo y retorna bruñido de riquezas y con una sonoridad de metal sublimado. Arol lo estrecha contra su pecho y el saxo le interpreta el estilo del corazón. Arol una vez más toca el saxo, pero es una vez del susurro del manantial y la suavidad de la brisa y las ondas tranquilas del prado. Puro spiritual. Arol retira lentamente sus manos del saxo. Luego ríe y la blancura de sus dientes es un espectáculo del alma y la alegría de sus antepasados negros se hace manifiesta en su rostro.
HUESOS, NUESTRO HERMANITO
En ausencia de nuestros padres abríamos su armario matrimonial. Mi hermana gemela y yo extraíamos vestidos de otras épocas. Rápidamente nos convertíamos en condes o en potentados famosos o en actores de cine o en... ¡Cuántas vidas vividas!
Nunca se nos había ocurrido averiguar lo que contenía una caja de madera, cerrada con candado, depositada en el fondo del armario. Hasta que la curiosidad aguijoneó a mi hermana. “Dentro de esa caja debe haber joyas antiguas y ropajes exóticos de lejanos países”. Eso bastó para mí. Con un clavo y un martillo hice saltar al candado. Dentro de la caja aparecieron, sorprendiendo a nuestros expectantes ojos, varias docenas de fotografías amarillentas que mostraban a un niño como de la edad nuestra, vestido de diversas maneras y en diferentes ambientes. Mi hermana y yo cruzamos una mirada de desconcierto. ¿Quién era ese niño? Debajo de las fotografías, cubiertos con una tela negra, encontramos unos huesos infantiles completos. Debían pertenecer al niño de los retratos. Alguna vez les oímos referir a nuestros padres que “si el niño viviera, tendría ahora catorce años”. Así que nuestro hermanito continuaba viviendo de incógnito en nuestra casa y papá-mamá nos lo ocultaban. Decidimos permanecer callados. Como nuestro hermanito no tenía nombre, lo bautizamos y lo llamamos Huesos. Desde ese momento compartiría nuestros juegos.
Ayudábamos a Huesos a salir de su caja, pieza por pieza, y una vez armado en el piso, procedíamos a colocarle el atuendo que le correspondía en cada ocasión. Le dábamos la parte del texto que le tocaba recitar. Él siempre participó gustoso en nuestro improvisado teatro.
Mi hermana se enojó con él, cierta noche tempestuosa, porque se equivocó repetidas veces en su parlamento. (Acaso lo asustó la tormenta). Se le acercó furibunda y, sin darle tiempo a nada, le dio una patada en el cráneo. Se oyó un sonido seco y la cabeza de nuestro hermanito rodó agujereada por el puntapié. “Lo mataste”, le dije con pesar. Recogimos a Huesos y lo encerramos dentro de su cubierta de madera, definitivamente.
Pobre Huesos. Tener que soportar en el olvido el peso de su doble muerte.





































