Fumar en las grandes avenidas
Por Teresa Iturriaga Osa
Oye, oye, oye... ¡Qué alegría para el cuerpo y para el alma! Desde la mañanita me cruzo por la calle con una señora mayor, preciosa, elegante, con su recogido de pelo plateado y sus gafas de sol: nueve de la mañana y el cigarrillo encendido. ¡Ey! ¡Que casi nos chocamos! Entonces, arqueamos nuestras cejas y nos reconocemos en la mirada con ese aire de libertad que nos hermana: “¡Buenos días!”. Y es que, a partir de ahora, ya no somos unas desconocidas, porque pecamos de lo mismo, mi niña, y lo aceptamos. Así que, ni corto ni perezoso, el cigarrillo anónimo nos ha presentado como a dos seres libres que no se arredran ante esos mensajes publicitarios que pululan por ahí y también impresionan que da gusto: “El tabaco mata”; “El tabaco puede matar”; “Fumar acorta la vida”; “Ojito con el humo”; “Espérate, que ahora te llega el cáncer de pulmón”; “Oye, tú, insolidaria con el medio ambiente”; “Ya verás cómo te vas a quedar en cinco años más”; “Mmmm... ya te llegará el de la broca...”; “Te vas a enterar cuando te señalen con el dedo”; “Pronto, pronto se les va a acabar el chollo”.¡Mi madre! Yo en mi vida pensé que tenía tanta irresponsabilidad metida en el cuerpo y ¡tanta testarudez!, porque, la verdad: les confieso que no lo puedo dejar. Es más, ahora no quiero. Toma. I’m very very sorry. Lo siento.
No se me puede olvidar el día que me crucé con dos monjas por la calle y una de ellas se me plantó delante, a un palmo del careto de felicidad que yo debía de tener fumándome un cigarrillo y me dijo: “El cigarro... el cigarro... el cigarro mata”. Bueno... Las neuronas se me precipitaron como locas a la garganta y, sin pensarlo dos veces, respondí: “Más mata el aburrimiento”. Sí, querida. Y, para colmo, el cigarrillo era extralargo y nada de light. Bien, yo no sé si lo comprendió o vio en mí a un felino que ese día no esperaba convertir, pero el caso es que se le acabó la conversación al instante y se fue resignada –o quién sabe si ya partidaria de mi lado de felicidad- del brazo de su hermana. Hay muchas cosas que matan, lo sé, pero la amargura mata más, y el resentimiento, no digamos. Por no hablar de la mentira, la envidia congénita y la mala idea. Eso es impresionante.
Vivimos en un mundo de doble moral que todos asumimos como bueno, por eso los fumadores somos ahora el espejo de los vicios, nos toca el turno, bien, pero ya vale, descansen un poquito, miren para otro lado y no se ceben con el insignificante humo del tabaco. Hagan otro tipo de estadísticas sobre las causas de mortandad. Y no estaría mal que se controlaran los aditivos del tabaco, sustancias más cancerígenas que la planta del tabaco en sí misma, cuyos orígenes rituales y sanadores la hacen merecedora de un mayor respeto. También las autoridades políticas y sanitarias podrían empezar a censurar otras actuaciones más evidentes por su peligrosidad para el colectivo social, como, por ejemplo, la multitud de muertes causadas por las emisiones de dióxido de carbono de los coches, las fábricas, las potabilizadoras, los contaminantes del mar y de la tierra, la toxicidad y manipulación de los productos alimenticios, los efectos secundarios de los fármacos, las radiaciones, los daños en la capa de ozono, los efectos medioambientales del armamento en las guerras del siglo XXI, etc., etc., etc. Asimismo, deberían vigilar más la agresividad de los que se meten de-todo-un-poco en sus fiebres de sábado noche y van empujando a los demás hacia el riesgo con su violencia divertida. Riesgo con mayúscula en todas sus vertientes. Para luchar contra todo eso, que cuenten conmigo, por supuesto.
A mí, por el momento, las prohibiciones, las amenazas y los rechazos irracionales me producen un extraño efecto. Cuando me fumo un cigarrillo, lo hago por la calle y, como yo, veo a unos cuantos. Hoy por las calles circulan fumadores que antes no veíamos ni valorábamos, lo hacían en su casa a la hora del café o en las reuniones de amigos. Eso de fumar por la calle... nos decían nuestras madres que no era muy elegante, y comer a la vista de todos tampoco, aunque yo las papas fritas me las sigo comiendo allí donde se me baje la tensión. Así que a los fumadores sólo nos queda la calle, guste o no guste, nuestra pasarela. Ahora caminamos al golpito de nuestra personalidad, con el placer por bandera y la tranquilidad de no molestar al sistema herido. Buscamos con nuestro olfato los bares y restaurantes apropiados... y el que no se atrevía antes a exponer su vicio en público, ahora ya lo hace, por fin salió de su ropero con el sombrero puesto y el abanico que algún día tenía que regalarse. Esperemos que en el futuro no se les ocurra instalar cámaras de vigilancia ni controles de humo callejero, porque hasta ahora, que yo sepa, está permitido. Fíjense bien, eso ya lo decía un anuncio televisivo: “Es en las grandes avenidas donde se demuestra la elegancia”. Y si lo dice la tele... ah, amiga...
Ilustración: © Sira Ascanio







































yo tambien
Yo tambien sali del armario... en el sentido que ya no me importa fumar por la calle, antes no me gustaba , pero ahora no me averguenzo. No soy fumadora compulsiva pero mis cigarritos me gustan... y no renunciare a ellos.