DOS CUENTOS
Wilfredo Carrizales

EL ESCRIBA
“¡Que venga el escriba!”, rugió
Asurnasirpal. Un hombrecillo enclenque, saturado de arrugas y apoyándose en un
gastado cayado apareció en el umbral de la sala real. “¡Date prisa! ¡Tengo
necesidad de tus servicios!”, tronó el rey de reyes. El viejo escriba se acercó
con cansino andar y con dificultad se prosternó ante su amo. “Levántate, no
perdamos tiempo”, ordenó la voz del monarca. Un guardia debió ayudar al escriba
a ponerse de pie. El viejo se ubicó entonces en su lugar de trabajo: una mesa
enana de piedra labrada colocada al pie del trono. Un esclavo negro le trajo
enseguida los instrumentos de su oficio: una tablilla rectangular de barro,
recién hecha, y un punzón de hierro en forma de cuña.
Desde lo alto del trono se oyó
otra vez el vozarrón del rey. “ La diosa de la sabiduría me ha inspirado de
nuevo... Oíd, escriba y asienta fielmente mi mensaje para la posteridad... Yo,
Asurnasirpal, rey de reyes, señor y amo de todas las tierras bajo el cielo,
magnificado por el numen de los dioses recurro a la mágica escritura para
exponer sublimemente el poder sagrado de mis palabras que adornan con
esplendorosa majestad mi sin par elocuencia y puedan mis sempiternos súbditos
recrearse infinitamente en la música celestial que mi discurso provoca...”
Sol sofocante sobre las ruinas
recién descubiertas de la ciudad imperial de Nínive. Un arqueólogo trabaja con
afán en lo que aparentemente era el archivo real. Trata de extraer intacta una
tablilla de arcilla cocida, sobre cuya superficie hay escritos caracteres
cuneiformes. Limpia con especial esmero la cara aún legible. Emocionado,
comienza de inmediato a traducir:
“Yo, Asurnasirpal, rey sin
reyes, señor y amo de todas las tierras dentro de mis uñas, asustado por el
rencor de los dioses recurro a la maligna escritura para poner sutilmente el
poder sangrado de mis palabras que abochornan con escuecente lesa majestad mi
mediocre elocuencia y puedan mis sufridos súbditos liberarse definitivamente en
la música enloquecedora que mi concurso convoca...” (Aquí se interrumpe la
sucesión de caracteres). En el ángulo inferior izquierdo de la tablilla se lee,
en caracteres minúsculos: “Transcripto por el escriba Malik, el vengativo”.

MUQANNA
Sahib, el hombre de Jatiff,
llegó sudoroso y sediento a la población después de recorrer kilómetros de
abrasador desierto. En el mercado, anunció: “Hermanos, el Profeta ha enviado a
un emisario para que ponga orden y restablezca la tradición. Lo reconocereís
porque oculta su rostro tras un velo negro”. Sahib desapareció entre la
multitud huyendo de quienes querían indagar mayores detalles.
Tres días después del anuncio de
Sahib, se apareció ante la puerta de la ciudad un personaje montado sobre un
dromedario ricamente enjaezado. Vestía la indumentaria de los beduinos y su
rostro aparecía velado. El guardia apostado en la garita se introdujo corriendo
en la ciudad y dio la voz de alarma. En seguida, todos los habitantes salieron
al encuentro del recién llegado y se proclamaron sus vasallos. Él anunció: “ Me
llamarán Muqanna, el de rostro velado, y obedecerán mis órdenes que son las
órdenes del Profeta. ¡Id y tomad la fortaleza de las tropas del califato y
degollad a quien se os oponga! ¡Alá es grande!”
Escoltado por un sol
sanguinolento, Muqanna penetró en la conquistada fortaleza, en medio de los
vítores y las exclamaciones guerreras de sus partidarios. A la mañana
siguiente, Muqanna salió a pie a recorrer la ciudad. Dondequiera que había un
grupo de gente, se detenía y ponía en práctica sus artes de prestidigitador,
con lo cual se ganaba más adeptos entre aquellos hombres rústicos.
Inmediatamente organizaba matanzas en las poblaciones vecinas fieles al califa.
No tardó el ejército del
califato en hacerse presente en la ciudad en rebelión. Muqanna se refugió en su
fortaleza con sus mujeres y sus lugartenientes. El ejército atacante puso bajo
sitio a la fortaleza. Muqanna envenenó a las mujeres de su harén, les dijo a
quienes lo acompañaron hasta el final que se suicidaran y él se arrojó dentro
del horno donde fraguaban los alfanjes. Allí se vio durante días una espesa
estela de humo negro que danzaba desafiante.






































