
Fast Food
La madre insiste, el chiquillo no se decide: yo le repito que está buenísima la hamburguesa del Menu Infantil… aunque yo prefiero comerme un buen bocadillo de jamón serrano con aceite que tragarme ese minúsculo trozo de carne que parece cartón, pero como trabajo en esta cadena de comida rápida por pura necesidad, pues saco mi lado hipócrita con todos los clientes. Y creo que lo hago de maravilla: el crio se convence y al final vendo la caja con la mini hamburguesa de pollo, el yogurth, el helado, la chocolatina, las patatas y el juguetito promocional de este mes. Qué coñazo de niños; pero los peores son los adolescentes, porque después de soportar sus gritos, sus hormonas revolucionadas y sus estúpidas chulerías, me toca limpiar su mierda, a fondo, con lejia. Menos mal que estamos a punto de cerrar.
Llego a casa, reventada del currelo. Compruebo que mi madre, muy amable, ha cumplido con el recado: encima de mi mesa, el título de la Licenciatura. Y, al lado, mi primer libro de poesía. El primer ejemplar que salió de la imprenta. Lo aprieto contra mi pecho: una de las ilusiones de mi vida. Salgo de mi mundo de ensueño: tengo que ducharme. Odio este olor a frito, a comida insana. Tengo que descansar bien porque mañana será un día de nervios: me van a entrevistar por primera vez en mi vida, en un Canal Cultural de Televisión. Pero yo lo dejaré claro: no soy poeta, soy empleada de una hamburguesería. No tengo nada de lo que avergonzarme.
¿No es acaso la poesía sinceridad?
© ANA PATRICIA MOYA RODRÍGUEZ
Más información de la autora:
http://www.revistagroenlandia.com/






































