
MILLAS DE VIDAS
Wilfredo Carrizales
Pinturas de Luisa Fuster
Por aquel pasillo viene
caminando
Miles Davis, el maligno
negro con la trompeta,
vestido de plata y
multicolor,
concentrado en su tubo
sonoro tururú tararí,
mientras pulsa libérrima
y lentamente las teclas.
Se mueve como un gato
pardo
y al Tempo lo coloca
detrás de su tiempo,
sobre todo si es verano
y toca decirles adiós,
adiós, a los pájaros negros.
No necesariamente así
solía suceder,
pero una vez siempre en
el estío
las aves convalidaban su
altivez.
Alrededor de la
medianoche
Miles gritaba que no
deseaba ser besado.
Pretendía halar las
piedras miliares
de la naturaleza humana
y derribarlas de un
disparo
y erigir su propio hito.
Los ayeres aguardaban por
él
con sus sueños de la
luna.
Tal enigma nunca entró a
su mente
y en la huida hacia un
profundo océano
conoció el nacimiento del
frescor.
A través de millas de
sonrisas,
Davis tecleó al níquel
y adelante surgieron
esbozos
que se arremolinaron con
las hojas de otoño.
Durante la ascensión –que
no al cadalso-
el tiempo se tornó pesado
y en una vía silenciosa
debió rendir tributo
al mejor asiento de
atrás.
Superado el susto,
el negro con la trompeta
permitió ulular a los
vientos contrarios
y su metal vibrante se
sacudió cual un dios.
Frente al espejo,
enfrentado Miles a Davis,
una recóndita voz
conminó, imperativa:
“¡Tú o tú!”
Ambos respondieron:
“¡Tú más! ¡Porfía y
ningún desliz!”
En el patio trasero
encontraron el perfecto
camino.
No perderían su alma
en un antro colmado de
necios.
Hubo un barco
en las ilusiones de
Miles,
de palos azules y
capitaneado por un duque,
que navegaba en un mar
casi verde
y una heroína que
revolvía las historias.
Con frecuencia Davis
dejaba de probar el pan
y semejaba un perro
drogado
y debía buscar la
bacinica en la calle
iluminada por el índigo
del porvenir.
Supo lo que hacía el amor
por él
y el círculo de donde
procedían dulces peras.
Como el símil de un
niño-deidad,
pundoroso y también
soberbio,
salió en busca del Pájaro
y del sonido de su
espíritu.
A través de un embudo
o de las ranuras de un
saco
observó solícito los
espejismos mundanos
y anduvo a la cabeza del
movimiento de sueños.
Fuiste, Miles Davis,
pecador sin iglesia y
múltiples escalas.
Afirmaste, arrogante,
“estoy aquí abajo para
tocar música”
y tu sentido melódico
se oía explícito junto a
tu sudor
y aquella sensual
filosofía del sonido
se escucha todavía en la
Calle 52 de Nueva York.
En un close-up de tus
últimos meses
mutaste en máscara de
divinidad africana
y parece que estás de
nuevo
ante la “presencia
fantasmal de un coro gospel”.
Allí sonabas como triste
y tal vez te ganó el
temblor
o la secuela de la
cocaína,
pero tu postrera nota
mitigada
tuvo que ser una
construcción global.








































contacto
Hola Saludos desde el Sur...
Felicitaciones por la publicación muy interesante...despiertan los deseos postergados de realizar alguna presentación por esos lados!
Si saben de alguna posibilidad, evento o producción en la que pueda encajar : "La Mente Calva".
http://www.myspace.com/lamentecalva
Gracias!