
La mañana estuvo
cargada de una pesadez sin igual. Regresaba del trabajo y el Sol vomitaba inclemente
sus entrañas sobre el pueblo que parecía arder. Un mes más y el fin del mundo sería
cantado bajo fuego. Lo peor: la fatiga del sueño, más producto de la posma del
lunes que del cansancio físico, sin un lugar fresco donde descargar los huesos y
el malestar de una semana que apenas comenzaba. Me entretuve con un vendedor de
helados quien envuelto en su uniforme azul terlenka, a punto del derretimiento,
estaba condenado a muerte ígnea. La señora de los tintos, con sus gordos
flotando como vulgares salvavidas bajo la escotada blusa china, contrariando el
buen uso de la lógica al vestir; ofrecía con voz culebrera el encanto del café
espumoso e hirviente a solo trescientos pesos en vasos desechables.
Arrastrado
por las cadenas del cansancio y el insoportable picoteo del sueño haciendo nido
en mis ojos, avanzaba sin prisa por toda la calle real, con la eternidad anudada
a mis zapatos, como convicto recogiendo meticuloso cada segundo camino del patíbulo.
Un inaguantable lunes de memoria no grata.
El
almuerzo estaba servido: las mismas papas saladas, un arroz ensopado sin
máculas de cebolla ni tomate, las tirillas de carne bien adobada y el jugo de
mora sin leche. Fue el menú que le escuché gritar a doña Celina al otro lado de
la puerta. Había preferido pasar directo a mi habitación, cerrar la ventana contigua
al comedor y entregármele desnudo al dios Morfeo, luego de encender el refrescante
y endiablado rugido del ventilador marca Primount, único recuerdo de un mal
celebrado día del padre.
Toc,
toc, toc. Habían sido tres toques. Separados por un espacio indeterminado de
tiempo aún persisten en la memoria como el preámbulo de una ópera siniestra.
Calculé la distancia a la puerta contando dos pasos y medio; la oscuridad era
tan espesa que por un momento creí palpar su algodonada textura.
Abrí. Un
aire delicado transportaba el aroma relajante de los mandarinos y se colaba en
la habitación como ladrón. Las luces extrañamente apagadas, imaginaba que no
eran más de las diez, había aprendido a ubicar a Júpiter en la esfera celeste
durante cada época del año sin temor a equivocarme en la medida del tiempo; el
ruido de los grillos y las ranas adquirió un nivel insoportable, el silencio
inusual que esa noche instauraba su reino de piedra sobre la casa y sobre el
barrio -creo también que sobre el pueblo- les dejaba a las criaturas de la
noche un espectro envidiable sobre el cual duplicar sus decibeles sin exagerar
esfuerzos. Caminé precavido por todo el pasillo. Bordeé el patio principal y
pude cerciorarme que la casa estaba completamente despoblada. Me preguntaba
entonces quién había golpeado a la puerta con pausada insistencia, como dándole
exagerada importancia a un juego sobrenatural de sombras y presencias a punto
de comenzar y del cual ya se había declarado ausente.
Golpeé cada la puerta de cada una de las
habitaciones que hacían parte del inquilinato. La respuesta siempre la misma:
un ronco silencio rebotando en las paredes y duplicándose con los sonidos de la
noche.
Busqué
la puerta de salida, un matero me hizo trastabillar y por poco perder el
equilibrio. Maldije recuperando mi vertical y apurando el paso como ladrón
frente a la puerta de escape.
Afuera
las cosas no eran diferentes. Era el único habitante de un pueblo fantasma, la nada se había tragado completamente a
sus pobladores y en un acto de vulgar misericordia me regalaba su malhadada
benevolencia. Sentí la necesidad de sentarme. De un momento a otro un frío
intenso fue ganando terreno, el cansancio comenzó a hacer mella y el sueño fue
aflojando mi cuerpo hasta dejarlo como una guitarra completamente destemplada, las
estrellas comenzaron a parecer más cercanas, el mundo más distante y la noche más
arrulladora en su leche de asfalto.
Estaba tomando mi
primer café con el desasosiego de una mala noche aún torturándome el pecho
cuando entró Mariana, la morena de ojos negros, la que todos en la oficina deseaban
sin discreción alguna, su blanco pantalón bien calado dejaba ver claramente sus
sensuales líneas dibujadas para deleite de muchos y envidia de otras. Nunca
habíamos cruzado palabra por eso recibí con sorpresa y cierto orgullo sus
buenos días y su tengo que contarte algo. Además, ¡me estaba tuteando¡
El asombro fue mayor cuando de sus
labios se soltó un he soñado contigo.
Necesité
más de un minuto para cerciorarme de lo que estaba escuchando. Sus senos a
punto de saltar el obstáculo del escote habían dejado de ser una distracción frente
al significado que poco a poco adquirían sus palabras. Nos ubicamos en el lugar
más discreto que pudimos encontrar no sin antes prepararnos dos tasas de café y
ruborizarme al verme descubierto sirviéndole la medida exacta del azúcar que
ella prefería, pues eran meses y meses tras la pista no solo de sus cadencias,
su esférico trasero, sus senos prominentes sino también desenredando el fino hilo
de sus gustos.
Con
lujo de detalles narró cada incidente vivido por mí la noche anterior en el
inquilinato. En el sueño me había visto
caminar a tientas en medio de tanta oscuridad. Vio cuando estuve a punto de
caer luego de haber tropezado con una maceta hiriéndome a la altura de la
rodilla izquierda. Me produjo espanto no solo la perfecta narración de lo
sucedido sino también su exacta apreciación de lo que fueron mis miedos, el
terror de una noche vacía y el susto
convertido en lágrimas; sentirme desnudado de ese halo omnipotente, que tanto
procuraba cultivar en mis más concurridos círculos sociales, un aura de impenetrabilidad que me mostraba
fuerte, indócil e inexpugnable se veía desaparecer, y lo peor, frente a ella, dejándome
en un estado lamentable de insoportable vergüenza.
Antes
de ir a la cama decidí distraerme con un poco de televisión. Calculé la franja
más light y ocupé una de las sillas que doña Celina dejaba a disposición de los
inquilinos en una especie de sala de estar
improvisada con televisor y dispensario de agua, según ella, purificada. Le
dije a doña Celina que por favor me alcanzara una cerveza bien helada y la
anotara a mi cuenta, quería adormecer mi cerebro entre telenovelas y alcohol. Empezaba
el noticiero de las once, ya llevaba cinco latas de cerveza, suficientes para
invitarme al juego de las sábanas y declararme esclavo del señor del sueño,
cuando sentí una mano posarse sobre mi hombro izquierdo. Era un hombre alto, de
abundante cabellera cana, con una barba blanca que le llegaba al pecho; los
surcos de su frente eran profundos, delineados con punta roma; sus ojos de un
azul triste parecían estar llorando siempre; no tenía boca.
Con sus
ojos me indicó la puerta del patio trasero de la casa a lo cual fui diligente. Al
abrirla me vi en medio de la plaza de mercado, la gente transitaba con sus
canastos llenos de abarrotes, los gritos del comercio viajaban enredados entre
el olor a yerbabuena, a albahaca, a sangre y a verduras. Sorprendido quise
buscar entre tanta algarabía al extraño hombre sin darme cuenta que estaba
completamente desnudo. No encontraba una explicación lógica a lo que me estaba
sucediendo. Presuroso y lleno de vergüenza busqué un lugar seguro donde
ocultarme de las miradas que inexplicablemente no percataban de mi presencia,
lo cual era aún más ilógico. Me sentí invisible, o más bien, era totalmente
invisible. Paradójicamente seguía sintiendo vergüenza por mi desnudez, con lo
cual me acerqué sigiloso a uno de los puestos de venta de ropa; sustraje, sin
que la encargada se diera cuenta, un pantalón y una camisa de tela burda ambos
de color negro. Llegué a una de las esquinas donde comienza la venta de
pescado, mi reloj marcaba la una de la madrugada cuando una densa nube de
moscas vino a mi encuentro en desacato a mi nueva apariencia etérea. Envuelto
en un nubarrón de alas pude observar a lo lejos, parado en la esquina opuesta
de donde me encontraba, al hombre alto de blanca cabellera. Pude ver claramente
sus manos indicándome que me aproximara donde él se encontraba. La ausencia de
su boca era tan evidente a lo lejos que por un instante sentí tanto miedo,
recordaba esos monstruos siderales que en mis sueños de infante se escondían
debajo de la cama para aleccionarme y obligarme a obedecer a mis padres, así
que fui acercándome muy lentamente como tanteando mis reflejos ante cualquier
movimiento amenazante por parte de éste hombre tan extraño, misterioso y
sugestivo quien al verme llegar comenzó a caminar a pasos inalcanzables. Me
llevó hasta una casa que daba a las afueras del pueblo, tan humilde en su
construcción que a primera vista pensé en algún tipo de invasión o casa de
mendigos. Al entrar me indicó con su mano izquierda un catre viejo, con cobijas
de lana y de aspecto antihigiénico ubicado justo al lado de la puerta. Sentí
necesario recostarme un poco y recuperar algo de energía. No tuve tiempo de
observar el interior de la casa pues al apoyar la cabeza sobre lo que parecía
una almohada, y cerrar por un segundo los ojos, ya el reloj de mesa anunciaba
con su pitido las cinco de la mañana y afuera de la habitación los pasos de
doña Celina tomaban posesión de la casa.
Esta vez era yo
quien quería hablar con ella.
La
esperé en la sala de tintos mientras apuraba un cigarro junto a la ventana. Néstor
me hacía el recuento de los últimos acontecimientos en política nacional y
cotejaba de paso sesudos comentarios que ante la falta de réplica por mi parte
sugirió temas más light y ajustando la correa de su fino pantalón seguido de un
brusco movimiento con el cual apuntalaba la camisa bajo la ya prominente y
escurrida barriga comenzó a relatar uno a uno sus más sentidas apreciaciones en
torno a la manera como se estaban llevando las operaciones básicas en la
oficina: el control desmesurado ejercido por el nuevo coordinador, la prepotencia
de la niña de los tintos, el estilo rebuscado de otra vez el nuevo coordinador
a la hora de dirigirse a los demás como queriendo dejar en claro su alta preparación
académica con ese galimatías de verbos y adjetivo indescifrables que a la hora
del té no significaban ni querían decir nada; fueron sus últimas palabras antes
de decidirme buscarla. Pensaba que no tenía otra opción y entonces la vi pasar
rumbo a su cubículo.
El
vestido rojo de un increíble tono pegaba muy bien al color de su piel. Sus
piernas no llevaban medias veladas, tampoco le eran necesarias, un continente
voluptuoso se alzaba erguido sobre dos columnas de ébano desvanecido ocultando
un secreto de aguas donde jamás –imaginaba yo- moriría de sed. Contemplé el recurso
de un breve cumplido como símbolo de cortesía pero preferí ir al grano y sin
perder de vista el provocativo panorama de sus piernas, de su vientre tallado
en rojo, intenté preguntar.
Era mi
abuelo.
Sus
palabras cayeron como piedras.
Ese fue
el pueblo donde nací y me crié. Ordenaba con manos temblorosas el paquete de
requisiciones que con su visto bueno solucionaban las necesidades básicas de la
oficina: papel higiénico, café y azúcar para el tinto, agua aromática, jabón de
manos, toallas de papel y de las otras, resmas de oficio y de carta, acetaminofén,
etc. Me dijo que su abuelo se había encargado de su crianza y educación pues
sus padres habían muerto cuando ella era una bebé de tan solo cuatro meses, un
accidente de tránsito sobre la carretera al mar la privó de los cariños y
atenciones de su madre, una mulata bien plantada de ojos como los del abuelo;
de la protección de su padre, un humilde cartero de amplia sonrisa, hijo único
y orgullo de aquel hombre de nívea cabellera y barba exageradamente poblada. El
rancho, como ella lo llamaba, quedaba a dos cuadras de lo que había sido alguna
vez la casa principal de mercado de su pueblo natal. Los años fueron los
encargados de hacer surgir una nueva clase social preocupada más por el toque
moderno y la apariencia aséptica de sus construcciones, obligando a la
desaparición de aquellos ranchos humildes. Lo poco del dinero logrado había
servido para pagar los primeros diez meses de arriendo: un cuarto húmedo y
oscuro en uno de los “modernos” edificios construidos en todo el centro del
poblado, junto a
El
dolor en mi pierna izquierda ponía en duda la naturaleza onírica de aquellas
experiencias cuya confusión iba en aumento al escucharla atentamente sin que fuera
necesario haber hecho mención alguna de aquel nuevo suceso que ya dudaba en
llamarlo sueño. Nuevamente su descripción había sido exacta, hasta se atrevió a
decirme que las uñas de mi pie izquierdo estaban manchadas de mora, lo cual pude
comprobar al llegar a casa y me hizo ruborizar al extremo pues mi desnudez
había tenido un testigo de carne y hueso; y no cualquier testigo.
Las
siguientes tres noches fueron idénticas: extraños personajes apareciendo en
medio de escenas surrealistas, un golpe aquí, una marca allá que al final
terminaba con el reloj sonando a las cinco y mi cuerpo recogiendo una a una la
evidencia, no de lo soñado, sino de lo vivido. A la lesión en mi rodilla y las
uñas manchadas de mora, se sumó una cortada en la frente, una mordida en la
tetilla derecha y un profundo rasguño en el brazo izquierdo.
Afortunadamente
empezaba el fin de semana.
Ese
viernes al salir de la oficina, pasadas las siete de la noche, preferí recorrer
el pueblo en busca de un lugar donde beber. Rehuí la invitación de Néstor
pretextando un fuerte dolor de cabeza. Quería embriagarme, enfrentar un nuevo
juego tormentoso de episodios fantasmales con el escudo de la inconsciencia
etílica.
Alguien llamaba a
la puerta. Los golpes parecían retumbar desde el sótano de mi cráneo. El reloj
marcaba la una de la tarde y doña Celina me avisaba que el almuerzo hace más de
media hora estaba servido. La boca me sabía a óxido y el martilleo en mi cabeza
cada vez más intenso. Busqué un vaso de agua y apuré dos dolex que en instantes desaparecieron el zapateo entre oreja y
oreja. Me confortaba comprobar que no había “soñado”. Al parecer el alcohol volvía a traer la normalidad a mis
noches. Al revisar mi cuerpo con alivio pude comprobar que las antiguas marcas
se mantenían.
Ese
sábado no salí de casa. Estuve releyendo algunas novelas policíacas, de vez en
cuando me levantaba a buscar algún canal de TV que alternara mi entretención. No
podía olvidar el enigmático rostro del abuelo de Mariana.
Pasadas
las doce de la noche, luego de un especial de vida salvaje en el canal 45,
busqué mi cama para conciliar el sueño.
El
domingo había sido perfecto. Me embargaba una felicidad tan inusual que me
levanté bien temprano, busqué mis zapatos deportivos y salí a trotar durante
quince minutos. La vida regresaba a su cauce normal y la alegría era más que
inmensa.
Hoy el día estuvo otra vez muy pesado, si seguimos así vamos a necesitar pedirle un aumento al jefe, claro que con ese nuevo coordinador las cosas serán a otro precio, como si la oficina fuera de él, mejor vamos y nos tomamos la fría que me despreció el viernes. No podía negarme, Néstor tenía razón, el día estuvo muy agitado, casi sin tiempo para salir a almorzar, en pocas palabras sin tiempo para siquiera un tinto. La música de Leo Dan nos iba relajando y aunque quisiéramos solo una cerveza el ambiente y la charla nos obligaba una nueva pedida. Aunque sea lunes, compañero, lo invito a brindar por ésta vida que sí es la que nos merecemos, lejos de jefes y coordinadorcitos que más parecen dictadorzuelos de pacotilla…ah que Mariana, sí, sí, bien buena… pues por ella también brindemos, compañero, ya sabe, nos ha sabido dejar, ¿cómo, no sabe?, no, no la trasladaron, la encontraron muerta en el baño del apartamento, dicen que puede ser desde el viernes en la noche o quizá el sábado, a la salud de ella porque estaba muy buena, compañero, yo lo iba a buscar para que fuéramos al entierro pero ni modos, se me pasó por alto… ja ja ja… por su alma bendita que también debe estar bien buena. A su salud, también dije yo, pagamos la cuenta y nos despedimos recordando que la entrada a la oficina era una hora más temprano.
Autor: Juan Francisco Remolina Caviedes






































Buen texto...
Allí donde se anudó el hilo del realismo perdió la esencia aquel que tenía el destino de dos en sus sueños...