
JUAN CARLOS GÓMEZ GOMBROWICZIDAS
Gombrowicz
era una persona seria que sin embargo parecía poco seria. Que parecía
poco seria lo supe de inmediato cuando me lo presentó en el café Rex el
comunista Arrillaga y se puso a recitar el poema del chip chip. Y que
era una persona seria lo supe una semana después cuando el mismísimo
Arrillaga lo amenazó con desparramarle mierda en la cara; Gombrowicz lo
había examinado en presencia mía sobre el origen del materialismo
histórico y puso al descubierto que el desconcertado comunista no
conocía ni siquiera el título de un libro de Hegel.
A raíz de este
episodio desgraciado decidí profundizar mis conocimientos sobre los
títulos de los libros de este filósofo, no sobre el conocimiento del
filósofo mismo, asunto del que me convertí en un especialista en muy
poco tiempo, no fuera cosa que en un santiamén y por algo parecido a lo
que había ocurrido con Arrillaga se malograra mi relación con una
persona que me resultaba tan interesante.
A
medida que fui conociendo a Gombrowicz me di cuenta que era muy cierto
lo que después supe leyendo sus diarios: él quería hacer de sí mismo un
personaje equivalente a Hamlet o a Don Quijote mientras por otro lado
andaba detrás de las siete llaves sagradas que abren el arcón de los
conocimientos fundamentales.
Vivió en una época que experimentó un
ascenso irresistible de la actividad política cuya forma más
representativa fue el marxismo, de modo que Hegel estaba siendo para
las nuevas concepciones de la historia lo que Kant había sido para las
nuevas ideas de la física moderna. Gombrowicz afirmó en el curso de
filosofía que dictó en su casa de Vence que la biografía de Hegel era
un tanto aburrida. Puede ser que tuviera razón, sin embargo, el
filósofo aburrido se hacía tiempo para cometer algunos pecados
carnales.
En efecto, el aburrido de Hegel tuvo un hijo
ilegítimo en la mismísima vida real, mientras el divertido de
Gombrowicz sólo pudo tenerlo en la vida imaginaria de los diarios.
Quizás lo más aburrido de Hegel fuera que se pasó la mayor parte de su
vida dictando clases en los claustros universitarios y no en los cafés,
como lo hicieron más tarde tanto Gombrowicz como Sartre..
Sea
como fuere las ideas de los filósofos se metieron lateralmente en la
obra de Gombrowicz. Que esas ideas se habían medido en los diarios de
Gombrowicz es fácil de verlo, pero también se metieron en los cuentos,
en las piezas de teatro y en las novelas. De pura casualidad pude saber
antes de conocer el libro, que algunas de las ideas de Heidegger habían
entrado por la puerta de "Cosmos", como ya tuvimos oportunidad de
mostrarlo, pero también entraron por la de "Opereta".
La idea
más grande de Hegel es la historia, por esta razón Schopenhauer escupió
sobre su obra considerándola pseudo filosófica. Sin embargo Gombrowicz
no despreciaba tanto a la historia como la despreciaba Schopenhauer.
Seis años después de muerto Gombrowicz el Príncipe Bastardo descubrió
unos manuscritos con la misma esencia de "Opereta", pero con personajes
y acciones distintos: una madre puerca, un enviado especial que se
paseaba descalzo por las cortes europeas invitando a los reyes a que se
quitaran los zapatos para liberar a los hombres de su esclavitud.
En
una hoja separada, perdida entre todas las notas, encontró su título:
"Historia". El primer título que tuvo entonces "Opereta" fue
"Historia", porque el asunto de estas obras era precisamente la
historia.
Gombrowicz metió la historia en un estilo tan
monumental y esclerosado como lo es el de la opereta para hacer ligera
toda su pesantez. Le costó mucho trabajo conseguir que los contenidos
formales e ideológicos de la obra fueran aceptados por el estilo
cristalizado y superficial de la opereta.
Las opiniones sobre la
calidad del pensamiento de Hegel están bastante divididas. Schopenhauer
decía que era un charlatán; Stuart Mill era más drástico que Mill,
clamaba a los cuatro vientos que el que se sentaba a conversar con
Hegel se quedaba sin cerebro; el Asiriobabilónico Metafísico, bromeando
con su amigo el Dandy, chapuceaba que Hegel no sabía nada de nada y que
era un bruto; y más recientemente un historiador de la filosofía dijo
que el sistema de Hegel era tan imponente como el de Aristóteles y que
no comprendía cómo había sido tan estúpido.
A pesar de todo su
pensamiento dejó huellas muy profundas en los economicistas históricos
modernos y el mismo Marx se reconoció discípulo del gran pensador.
Hegel
introduce un sistema para estudiar la historia de la filosofía y el
mundo mismo, llamado a menudo dialéctica sin que él le hubiera dado
particularmente ese nombre, un sistema que desarrolla una progresión en
la que cada movimiento sucesivo surge como solución de las
contradicciones inherentes al movimiento anterior.
Dice
Gombrowicz en ese último curso de filosofía que les dictó a la Vaca
Sagrada y al Hasídico en su casa de Vence, que el mundo de Hegel va
deviniendo en real en la medida que es asimilado por la razón, y para
mostrarlo con mayor claridad utiliza una comparación muy luminosa.
Al
entrar a una catedral vemos fragmentos de muros y detalles
arquitectónicos que no se explican por sí mismos, se ve la catedral de
un modo fragmentario. A medida que avanzamos por sus naves vemos más de
sus partes y, al final, cuando nuestra mirada se ha paseado por la
catedral entera, descubrimos el sentido de cada fragmento, la catedral
ha penetrado en nuestra razón y entonces deviene en real.
El mundo existe en nosotros un poco cada vez, sólo al final de la historia ese mudo será completamente
asimilado y será real.
Al
final de la historia desaparecerán el tiempo y el espacio, el sujeto y
el objeto llegarán a ser idénticos y se transformarán en el absoluto.
Este sistema filosófico tiene una estructura fantástica pero nos sirve
para comprende mejor la realidad y el mundo..
El progreso de
la razón se realiza a través del sistema dialéctico. De una posición
histórica como la Revolución Francesa deviene por su negación otra
posición superior, y de la negación de esta negación deviene otra
posición más alta aún en la jerarquía histórica, y así sucesivamente.
De esta negatividad originaria surge la contradicción que progresa en
todos los asuntos humanos: la nación, la familia, las leyes, el
gobierno, las guerras, el estado...
Esta marcha incontenible es un
proceso dialéctico que nos coloca a cada paso en un escalón superior y
es el logro progresivo de la razón en el desenvolvimiento de la
historia. La actividad espiritual está formada entonces por dos
elementos opuestos que no se encuentran nunca, y el hombre está en el
medio de esta abertura como el ser a través del cual la razón del mundo
llega a tener conciencia de sí misma.
El
mundo hegeliano es una verdad en marcha, es el lugar donde la humanidad
forma sus leyes y el hombre se convierte en un peldaño de la historia.
La importancia que Hegel le dio a la historia contribuyó en forma
excepcional a la difusión de sus ideas. A este filósofo que era capaz
de deducir la racionalidad del mundo a partir de un lápiz, no le costó
un gran trabajo demostrar que lo inmoral de la guerra deviene en moral
y que el estado se va transformando en la encarnación de lo divino.
Tras
la muerte de Hegel, sus seguidores se dividieron en dos cuerpos
principales y contrarios: los de derecha y los de izquierda. Los de
izquierda interpretaron a Hegel en un sentido revolucionario, fueron
ateos y se atuvieron a los principios de la democracia liberal.
El más
famoso fue Marx. Los múltiples cismas de esta facción llegaron
finalmente a la variedad anarquista de Stirner y a la versión marxista
del comunismo.
Ésta es la historia que nos cuenta Hegel en su
filosofía, pero Gombrowicz nos cuenta otra historia algo distinta en su
"Opereta". No hay mejores representantes de la historia que la guerras
y las revoluciones y en "Opereta" están presentes precisamente la dos
guerras mundiales y la revolución comunista.
Estos cambios
violentos en el comportamiento general atrajeron la atención de
Gombrowicz sobre el papel de la forma en la vida, sobre la poderosa
influencia del gesto y de la máscara en nuestra esencia más intima. Y
si lo sintió con tanta fuerza fue porque le tocó entrar en la vida en
un momento en que las formas moribundas de aquella época que ya se
alejaban, gozaban aún de cierta vitalidad y podían morder.
El
ascenso desde el individuo hasta la historia, que pasa por la familia,
el pueblo, la nación, el estado, es también el ascenso de una forma
cada vez más pesada que termina por aplastar al hombre, dictándole su
destino..
A
medida que ascendemos por la colina de la forma hacia la historia la
montaña de cadáveres va llegando al cielo, pero para Hegel las cosas no
son así. La historia progresa aprendiendo de sus propios errores y de
estas experiencias deviene la existencia de un estado constitucional de
ciudadanos libres, que consagra tanto el poder organizador y benévolo
del gobierno racional, como los ideales revolucionarios de la libertad
y la igualdad pues es en el pensamiento es donde reside la libertad.
"Opereta"
y "Transatlántico", contrario sensu de Hegel, son ajustes de cuentas
que hace Gombrowicz entre el individuo y la nación.
Gombrowicz
le pide cuentas a Polonia, a ese pedazo de tierra creado por las
condiciones de su existencia histórica y por su situación especial en
el mundo. El propósito de Gombrowicz es reforzar y enriquecer la vida
del individuo haciéndola más resistente al abrumador predominio del
estado y de las instituciones colectivas que presionan sobre el hombre.
Gombrowicz
es un Anti-Hegel convicto y confeso, pero a pesar de todo podríamos
afirmar que él también fue envenenado por las terribles ponzoñas del
filósofo. La dialéctica en el sistema de Hegel es el momento negativo
de toda la realidad, pues bien, no hay un caso más claro de cómo
funciona el "no" en el mundo que el caso de Gombrowicz.
Siempre
se definió por la contradicción: con su familia, con sus condiscípulos,
con sus colegas escritores, con cada uno de los temas de la cultura y,
como si esto fuera poco, consigo mismo. Igual que Hegel, Gombrowicz
utilizaba la contradicción como base del movimiento interno de la
realidad. La contradicción le producía una fascinación verdadera, y con
la negación aterrorizaba a sus interlocutores ocasionales que no sabían
a qué atenerse.
"No
idolatraba la poesía, no era ni demasiado progresista ni moderno, no
era un intelectual típico, ni nacionalista, ni católico, ni comunista,
ni de derechas, no adoraba la ciencia, ni el arte, ni a Marx, ¿quién
era entonces? Era con frecuencia, la negación de mi aterrorizado
interlocutor quién, sólo al cabo de numerosas sesiones, se daba cuenta
de que yo discutía por afición, por jugar y también por curiosidad, con
el propósito de examinar por si acaso el contenido contrario de cada
tesis... ese espíritu de contradicción que me quedaba aún de mi
juventud, de las discusiones con mi madre, otorgaba a mis diálogos una
viveza y una agilidad jocosas y, a la vez, nos conducía a menudo hacia
vías verdaderamente imprevistas (...)"
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