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Barry Gifford: Dos cuentos de Wyoming

Enviado por Corresponsal cinosargo el 21/02/2009 a las 16:27
Corresponsal cinosargo

 

Dos cuentos de Wyoming
Barry Gifford
traducción de Luis Murillo Fort

Vendas


      –De jovencita yo era muy tímida, hasta tal punto que resultaba doloroso. En el colegio, cuando tenía que salir de mi cuarto para ir a clase, a veces me ponía literalmente enferma. La sola idea de tener que ver gente, o de que me vieran a mí, de hablar con ellos, me ponía enferma. Creo que por eso tuve todos aquellos eccemas. Era de los nervios. Si estaba enferma podía quedarme a solas, envuelta en vendas. Así la gente me dejaba en paz.
      –¿Y no te sentías muy sola?
      –No mucho. Me gustaba leer y escuchar la radio y soñar despierta. No necesitaba dormir para entrar en otro mundo donde no tuviese miedo de conocer gente, de que me miraran y opinaran sobre mí. Vendada de aquella manera me sentía mejor, más segura. Las vendas eran mi escudo, mi protección.
      –El Príncipe Valiente tiene un escudo.
      –Me gusta esta canción, Roy. Escucha, subiré el volumen; es Dean Martin cantando Ain't Love a Kick in the Head. Parece que canta muy relajado, como si estuviera en la ducha. Siempre tuve la sensación de que en realidad Dean Martin era muy tímido, como yo, que aparentaba ese estilo de ahí me las den todas para disimular sus verdaderos sentimientos. Ése es su escudo.
      –Todavía estamos en Indiana?
      –Sí, Roy. Pronto llegaremos a Indianápolis. Esta noche dormiremos allí.
      –Indiana no se acaba nunca.
      –A veces da esa impresión. Mira por la ventana. A lo mejor ves un granjero.
      –Mamá, ¿en Indiana todavía hay indios?
      –Creo que no, hijo. Se marcharon todos.
      –Entonces ¿por qué lo siguen llamando Indiana, si ya no quedan indios?
      –Pues porque antes los había. Por todo el país habían indios, de muchas tribus diferentes.
      –Los indios montaban a caballo. No tenían coches.
      –Algunos tuvieron coche después.
      –¿Después de qué?
      –De que viniera gente de Europa.
      –¿Trajeron los coches de Europa?
      –Sí, pero aquí también se fabricaban. Los indios compraban coches americanos, como cualquier ciudadano del país.
      –Aquí no hay tantos caballos como en Florida.
      –Es posible que no.
      –Mamá.
      –¿Qué, Roy?
      –Tú todavía te pones muchas vendas, algunas veces.
      –Cuando tengo un ataque de eccema, para tapar la pomada que me pongo en las llagas y no dejarlo todo pringado.
      –¿No quieres que nadie vea las llagas?
      –Una vez, poco después de casarme con tu padre, tuve un ataque tan fuerte que la piel se me puso roja y negra y tuve que estar un mes entero en el hospital. Las llagas me sangraban. La piel de los brazos, las manos y la cara apestaba debajo de las vendas. No podía lavarme y olía fatal. Cuando las enfermeras me cambiaban las vendas, el olor me daba ganas de vomitar.
      »Un día. tío Bruno, el hermano de tu papá, estuvo presente cuando las enfermeras me quitaron el vendaje. Bruno dudaba que yo estuviera enferma, no sé por qué, pero quería verlo con sus propios ojos. A tu padre le estaba costando mucho dinero en médicos cuidar de mí, tenerme ingresada en una clínica privada. Cuando me retiraron las vendas, Bruno se quedó de piedra. No pudo resistir el olor ni la visión de mi piel, y salió corriendo de la habitación. Supongo que le preocupaba todo el dinero que tu padre estaba gastando por mi culpa. Debía de pensar que yo me hacía la enferma. Después de aquello, Bruno le dijo a tu papá: «Antes Kitty era muy guapa. ¿Qué le ha pasado?»
      –Pero si tú eres guapa, mamá.
      –Entonces no, hijo, cuando estaba enferma no era guapa. Tenía muy mal aspecto. Pero Bruno supo que yo no fingía. Grité cuando la enfermera me arrancaba las vendas, la piel se me iba con ellas. Bruno me oyó gritar. Quería que tu padre se deshiciera de mí, le causaba demasiados problemas.
      –¿Y papá quería deshacerse de ti?
      –No, hijo. Nos separamos por otros motivos.
      –¿Yo fui uno de esos motivos?
      –No, cariño, claro que no. Tu padre te quiere más que a nada en el mundo, igual que yo. No pienses en eso. El conflicto estaba entre tu papá y yo, no tuvo nada que ver contigo. En realidad, tú eres lo más precioso que tenemos, tanto él como yo.
      –¿Cuándo llegaremos a Chicago?
      –Mañana por la tarde.
      –¿Dónde nos hospedaremos? ¿En casa de la abuelita?
      –No, hijo, nos quedaremos en el hotel, como la última vez. ¿Recuerdas cuánto te gustó el helado de chocolate que sirven en el restaurante del hotel?
      –Uy, sí. ¿Podremos desayunar en ese reservado grande que hay junto a la ventana?
      –Claro, hijo.
      –¿Puedo desayunar helado de chocolate?
      –Pero sólo una vez, ¿vale?
      –Vale. Mamá...
      –¿Qué?
      –¿Yo tengo nervios?
      –¿Qué quieres decir? Todo el mundo los tiene.
      –Quiero decir, ¿alguna vez tendrán que vendarme de arriba abajo por culpa de los nervios?
      –No, Roy. Tú no eres nervioso como yo de joven. Todavía me ocurre a veces, sólo que no tanto como entonces. A ti no te pasará nunca. No te preocupes.
      –Te quiero, mamá. Ojalá no tengas llagas nunca más y no tengan que vendarte de arriba abajo.
      –Eso espero yo también. Y recuerda, hijo, te quiero más que a nada en el mundo.


       
Skylark

 


      –Sabes, a veces eres igual que tu padre, sólo que mucho más guapo, claro.
      –¿Papá no te parece guapo?
      –No, tu padre no es guapo, pero es un hombre hecho y derecho.
      –Y yo un chico hecho y derecho, como quería ser Pinocho.
      –Claro que sí, hijo.
      –¿Cómo es que ahora papá no pasa tanto tiempo con nosotros?
      –Está muy ocupado, hijo, ya lo sabes. Su trabajo le ocupa la mayor parte del tiempo.
      –¿Cuándo volveré a verle?
      –Dentro de quince días iremos a La Habana y nos reuniremos con él. ¿Te acuerdas del hotel Nacional, donde tiene su apartamento?
      –¿Estará aquel hombre bajito que tenía un perro blanco de pelo rizado?
      –¿Bajito? Ah, el señor Lipsky. No lo sé, cariño. ¿Te acuerdas de la última vez que le vimos? En Miami, el día después del huracán.
      –Íbamos caminando por el centro de la calle, que parecía cubierta de diamantes, y el señor Lipsky llevaba el perro en brazos.
      –El huracán había reventado la mayoría de las ventanas de los grandes hoteles, y Collins Avenue era una alfombra de cristales rotos.
      –El señor Lipsky te dio un beso; recuerdo que tuvo que ponerse de puntillas. Luego, a mí me dio un caramelo.
      –Lipsky llevaba su perrito en brazos porque no quería que se lastimase con los cristales. Dijo que el perro estaba acostumbrado a dar un paseo cada mañana a la misma hora, y que no quería contrariarle.
      –El señor Lipsky habla raro.
      –¿Cómo que habla raro?
      –Canta.
      –¿Canta?
      –Sí, como si canturreara cuando te dice algo.
      –Ah, bueno, ya sé a qué te refieres. El señor Lipsky es un poco peculiar, pero es un buen amigo de tu padre y de nosotros.
      –Tiene mujer?
      –Eso creo, pero no me la han presentado.
      –Ojalá cuando crezca no sea tan bajito como él.
      –Descuida. Serás tan alto como tu papá, o más.
      –¿El señor Lipsky es rico?
      –¿Por qué lo preguntas, Roy?
      –Porque siempre lleva unos anillos gordísimos.
      –Mira, Roy, el señor Lipsky es uno de los hombres más ricos de América.
      –¿Y cómo se ha hecho tan rico?
      –Bueno, es que tiene muchos negocios diferentes, aquí y en Cuba. Puede que en todo el mundo.
      –Negocios de qué clase.
      –Muchas veces da dinero a una persona para que monte un negocio, y esa persona tiene que devolverle más que la cantidad que él le adelantó, o bien pagarle una parte de lo que gane mientras le dure el negocio.
      –Pues sí que es listo.
      –Tu papá cree que el señor Lipsky es el hombre más listo que ha conocido nunca.
      –Ojalá yo sea listo.
      –Ya lo eres, Roy. Por eso no te preocupes.
      –¿Sabes una cosa, mamá?
      –¿Qué, hijo?
      –Creo que entre ser alto y ser listo, yo elegiría ser listo.
      –Serás las dos cosas, cariño, no tendrás que elegir.
      –¿Sabes cómo se llama el perrito del señor Lipsky?
      –Skzy no sé qué más... Skylark, eso, como la canción de Hoagy Carmichael.
      –Seguro que él también es listo. A un perro que se llama Skylark3 no le queda más remedio que ser listo.
     

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