
AQUEL ESCRITOR
Texto y fotografías: Wilfredo Carrizales
Aquel escritor narraba con
acendrada pasión su propia violencia, la nostalgia y la bohemia. Sus verdades
políticas e ideológicas excursionaban de consuno en las geografías donde hundía
las huellas de sus botas. Su temperamento fogoso ardía en sus narraciones y
sólo la añoranza las matizaba un poco. Él se sentía un desarraigado, un
apátrida de los montes y los caminos. Su único compañero de viaje era el eterno
retorno de los recuerdos de infancia.
Destrozaba con calculada
mordacidad los viejos mitos de la literatura y accedía a las palabras
indiscretas a través de su propio código literario prohibido. Lo irascible se
desencadenaba a manera de una tristeza lejana, cuyo dramatismo no rebajaba ni
un ápice el buen humor que palpitaba en sus escritos.
La muerte estaba testimoniada
con harta frecuencia en los arrebatos de alcohol, mujeres y desorden en las
costumbres. Su lugar de origen era rescatado de muchas formas y él servía para
establecer un lenguaje novedoso que volviera a nombrar lo rural desde otra
perspectiva, confiriéndole un distintivo trazado para que lo humano tuviera
cabida universal y plena.
A aquel escritor le fascinaba
cuestionar todas las corrientes literarias de su época. A sus personajes los
creaba a partir de su connatural rebeldía y los ponía a pelear desde un campo
irreverente. A veces él mismo penetraba en las historias y asumía el papel
protagónico. Allí se amalgamaba a un habla coloquial para trascender al idioma del
mundo. Al paisaje se lo internaba en las entrañas hasta que saliese
transfigurado, casi reconvertido en una metafísica de lo topográfico. Sin
embargo, el hombre y su terredad estaban siempre presentes en el centro de los
acontecimientos. La naturaleza se manifestaba con una dualidad de bondad e
irrefrenable furia. Los ríos podían oponerse a la voluntad humana y sugerir una
concepción de la existencia más allá de los parámetros conocidos.
Aquel escritor bebía para
olvidar el egoísmo de los demás escritores. Él estaba convencido de que la
fuerza de su literatura radicaba en no complacer a nadie, en alejarse de la
narrativa de cartel y seguir su inherente criterio estético. Afirmaba
incesantemente que su vida era una corriente voluptuosa olorosa a tabaco,
whisky y vaginas.
Con la luna creciente encima de su fogata, aquel escritor dedicó varias horas a exprimir de sus dedos el esbozo de lo que hubiera sido la crónica de su vida: su mayor anhelo. La muerte se le apareció en el fondo del vaso de whisky. Se la bebió de un solo trago y ya dentro de su cuerpo le explotó en el corazón. El canto de la aurora testimonió su redimensión hacia la libertad total.








































