Partenón
De las construcciones monumentales
que el hombre ha levantado en su trayecto
desde las cavernas a los rascacielos,
podemos nombrar las pirámides,
el gran ziggurat de Babilonia,
la basílica de Apollinare en Classe,
la catedral de Notre Dame de París,
y la iglesia de San Pedro en Roma.
Todas ellas fueron construídas
para gloria de Dios o del faraón,
y los caracteriza la voluntad
de trascender las medidas humanas
y alcanzar el cielo o el Elíseo.
Si trepáis conmigo desde Atenas
las gradas que conducen a lo alto,
a la gran ciudadela o Acrópolis,
pasaréis primero los Propileos,
a vuestra izquierda estará el Erecteión,
y frente a éste el enorme prodigio
de arquitectura llamado el Partenón.
La gran masa de este templo dórico
trasciende también la medida del hombre,
y si os apostáis junto a una columna
sentiréis la pequeñez de nuestra especie,
y cómo la fuerza de lo divino
puede mover toneladas de piedra
y someter el espacio a su imperio.
Pero no es lo ciclópeo ni faraónico,
no es la soberbia monumentalidad
lo que nos asombra y llena de estupor
cuando consideramos esta obra
maestra del ingenio del hombre.
Desde una perspectica estética,
la forma, el espacio, los volúmenes,
corresponden a la quintaesencia
de lo que denominamos clásico:
armonía y gravedad de las columnas,
íntima simetría del espacio,
concordancia de pesos y medidas,
equidistancia de los componentes,
empuje del peso y del volumen
centrifugal y centripetal a un tiempo.
Templo dórico peristilado
construído en mármol pentélico:
nada sobra, todo está en su sitio,
los capiteles de muda sobriedad
sosteniendo el sobrio entablamento
de metopas y triglifos alternados,
ambos tímpanos, que en sí albergaron
escenas míticas o del Olimpo.
Si penetramos por la pronaos,
accederemos a la amplia cella,
en
cuyo lugar más sagrado,
detrás del llamado Hecatompedón,
y rodeada de veintiséis columnas,
se encontraba Atenea Partenos,
la diosa virgen creada por Fidias,
la gran estatua crisolefantina
de pie, con sus más caros atributos:
la égida protegiendo su pecho,
la lanza apoyada sobre el hombro,
la
estatuilla de Niké en la mano izquierda,
y sobre su veneranda cabeza
el casco guerrero e imperial a un tiempo,
mientras su mano izquierda se posa
sobre el escudo, en cuya parte interior
se enrrolla una enorme serpiente.
Penetrando por la fachada oeste,
encontramos primero el Opistodomos,
que constituye el umbral del "Partenón",
o cámara íntima de la diosa,
en el cual se conservaban los valores
más preciados de Atenas, en especial
el Tesoro de
Alrededor de todo el santuario,
a todo lo largo del entablamento,
se encontraban las altas metopas
que relataban los hechos heroicos
de la historia fabulosa de
la conquista de Troya en el norte
y el combate de centauros en el sur.
En el interior, adornando el friso
del muro que protegía la cella,
se exponían las Panatenaicas
o procesion en honor de Atenea,
con jóvenes de la nobleza ateniense
cabalgando sobre briosos corceles.
Sobre el tímpano de ambas fachadas
se
podían observar, en fin, escenas
alusivas a la vida de la diosa:
su nacimiento desde el cráneo de Zeus,
o la famosa disputa con Poseidón
acerca del patronato de Atenas.
Impresionante es tu enorme estructura
que cobijó los huesos sagrados
del faraón, pirámide del Nilo,
conmovedoras tus torres gemelas
y
tus bóvedas de medio punto
que
sostienen en vilo la casa de Dios,
catedral gótica junto al Sena,
de vértigo y sagrado misterio
tus naves elevadas hasta el cielo,
sacrosanta iglesia de Pedro en Roma.
Pero subid conmigo las gradas
que conducen hacia
pasad el umbral de los Propileos,
y aproximaos en sumo silencio
a los restos sagrados del Partenón:
¿No tembláis de emoción ante una obra
que resume el fuego del genio griego?
Después de casi veinticinco siglos,
después de guerras y revoluciones,
se yerguen aún las columnas dóricas
custodiando el recinto sagrado
de las diosa Palas Atenea.
Me construyeron Calícrates e Ictinos,
en el siglo quinto antes de Cristo,
en la edad de oro de la cultura.
Sigue, templo inmortal, fluyendo por siglos,
sigue desafiando las edades,
como testimonio de un tiempo heroico
cuando la fe del hombre estaba intacta,
y movió toneladas de mármol
para darle un hogar a sus deidades.
Ulises Varsovia
De:
Arqueologías (2007)
(inédito)
Cabeza de Hera
De tu imperturbable belleza
podrían escribírsete, Hera,
decenas de himnos y alabanzas,
¡de tal modo consiguió el artista
esculpir la idea de tu semblante,
siguiendo el impulso de un estro
transmitido por los mismos dioses!
Miro
tu efigie de rasgos perfectos,
tu nariz recta sobre la boca
separando
con suma maestría
en dos mitades simétricas el rostro,
las ondas delicadas de tu pelo
fluyendo
en orden desde la frente,
tus labios callados mencionando
palabras que nunca escucharemos,
tus ojos de perfecta simetría.
En ésta, tu noble cabeza,
ha alcanzado por fin la escultura
su momento de plena maestría:
la intachable gravedad del clásico.
Ningún rasgo de tus finas líneas
escapa al control del cincelado:
cada
elemento está en su sitio
expresando sólo aquello que la mano
del artista quiso que expresara:
dominio total sobre sí mismo,
ninguna expresion de sentimiento.
Cientos
de años esperó en el mármol
esta cabeza de líneas perfectas,
a que el demiurgo alcanzara en el tiempo
la perfección de su maestría:
hoy te observamos, y pareciera
que sonrieran tus ansiados labios
desde su mutismo olímpico.
Ulises Varsovia
De: Arqueologías (2007)
(inédito)
Laocoonte
Después
de diez años de sitio,
los dioses habían decidido
que Troya fuera destruída.
A tal efecto determinaron
que los griegpos marcharan a sus naves
simulando el regreso a la patria,
y en supuesta gratitud a sus dioses
construyeron un enorme caballo
de madera, que abandonaron
frente a las fuertes murallas de Ilión.
Como ya se hubieran ido las naves,
pensando que nada debían temer,
determinaron los troyanos
introducir el caballo en la ciudad,
y celebrar con él la gran fiesta
por el término del asedio.
Sólo uno no estuvo de acuerdo
e intentó oponerse: Laocoonte,
sacerdote del templo de Apolo.
Primero con razonamientos
trató de disuadir a los suyos
de introducir el caballo en Troya,
y como no le hicieran caso
arrojó una lanza a la barriga
del enorme caballo de madera,
que produjo un seco sonido.
Ante lo cual la diosa Atenea
hizo surgir de las olas del mar
una enorme serpiente marina,
que se enrrolló en torno a los cuerpos
de Laocoonte y de sus hijos
estrangulándolos, y con ello
sellando el destino de la polis.
Muchos
siglos después de estos hechos,
en
el helenismo tardío,
un
demiurgo vaciaría en bronce
en Pérgamo el singular suplicio
del sacerdote y sus vástagos,
obra maestra de la cual nos queda
solo una buena copia de mármol
en el Museo del Vaticano.
Allí
estuve, y en verdad grandiosa
y
trágica es la imagen del padre
debatiéndose junto a sus hijos
por ir contra el deseo de los dioses.
Consumación del arte helenístico:
aquí se rompen todos los preceptos
de sobriedad, gravedad y medida
tan caros al estilo clásico:
Laocoonte retuerce su cuerpo
y prorrumpe en gritos de dolor
arrollado por la gran serpiente,
y lo mismo sucede con los hijos:
ruptura de los ejes y del canon,
desorden de los volúmenes
arrancados de su centro vector.
La composición está aunada, claro,
en torno a la figura central
del sacerdote gimiendo de dolor,
a cuyos lados las figuras
de los hijos también se retuercen,
arrojando el conjunto un cuadro
de barroquismo exagerado
por el dominio de los entrelazos
y la constante de la curvatura.
La cabeza de Laocoonte
está poblada de barba y cabellos,
y perfectamente trabajada
en el sentido de la tendencia.
También los músculos y los ijares,
e incluso las venas de los miembros
han sido bien reproducidos.
En cuanto a las figuras laterales,
sincronizan perfectamente
con el barroquismo del conjunto,
las proporciones están guardadas,
y el artista ha realizado prodigios
al esculpir con tal maestría
en
una posición tan difícil.
Laocoonte aparece sentado,
y en parte también la figura izquierda,
no así, en cambio, la de la derecha,
de modo que, en última instancia,
el elemento aglutinante,
que le da unidad y consistencia
al
conjunto es la enorme serpiente,
que une y mantiene fijos los cuerpos.
La
escultura es una obra maestra
dentro de los límites del helenismo,
el ritmo de los volúmenes concuerda,
el contrapunto barroco es perfecto,
el escultor logra tal maestría
y tal diversidad de formas,
arrancadas de un bloque de mármol,
que asombra el que lo haya logrado.
Ulises Varsovia
De Arqueologías (2007)
(inédito)
Discóbolo
Si hemos de buscar en tu legado
una escultura que, siendo clásica,
rompa todos los ejes, y mantenga
no obstante el equilibrio del volumen
en torno a un centro de gravedad,
es
ese tu Discóbolo, Hélade.
El escultor captó aquí al atleta
en el momento en que la contorsión
del cuerpo ha llegado al límite,
y se apresta a lanzar el disco:
el brazo derecho de extiende hacia atrás,
el izquierdo se balancea en el aire
buscando el punto de equilibrio,
como acontece también con las piernas,
que buscan la perfecta posición,
en tanto que el torso ha girado
en casi ciento ochenta grados,
y la cabeza se inclina hacia el suelo
presta a girar violentamente
cuando el disco haya sido despedido.
Uno se pregunta cuántas veces
debió Mirón realizar el intento
hasta que cuajara la escultura,
¡tan osada y llena de obstáculos
era la empresa que acometía!
Porque no sólo se trataba de hallar
las coordenadas del movimiento
y el desplace de los volúmenes
en el bloque de mármol intocado,
sino también de esculpir las formas
prácticamente en el aire,
sin un eje fijo de contención.
Lo genial de todo este conjunto,
es que la masa depone su peso
no sobre la pierna, como pareciera,
sino sobre el nudo de la contorsión.
Ulises Varsovia
De:
Arqueologías (2007)
(inédito)
Doríforo
Obsérvese cuidadosamente
lo proporcional de los volúmenes,
la escala de la medida humana,
la sobriedad de la expresión facial,
y el contrapunto de los elementos
constitutivos de la composión,
como el juego de piernas y de brazos,
y se sabrá que estamos en presencia
de una escultura de tipo clásico.
Y si somos más refinados
y estudiamos cada detalle
de la escultura, y muy especialmente
las proporciones, el canon usado,
veremos que el autor de tal obra
no pudo ser otro que Polícleto.
El
Doríforo, o portador de lanza,
exhibe todos los atributos
que hacen de su obra un opus clásico:
balanceo
de los volúmenes
en proporción a pesos y medidas,
equilibrio de la composición
por virtud del citado contrapunto,
severidad del cuadro de conjunto
por la sobriedad del tratamiento
de
cada uno de los detalles:
nada
falta ni nada sobra,
cada
elemento está en su sitio.
Y si pensamos que la tal imagen
a la cual nos estamos refiriendo,
no corresponde a un original,
sino a una buena copia romana,
(¿qué nos ha quedado de Polícleto?)
podemos, pues, imaginarnos
el arrobo que despertaría
la escultura original en bronce.
Ulises Varsovia
De:
Arqueologías (2007)
(inédito)






































