GOMBROWICZIDAS
Las
primeras imágenes que se me formaron sobre los suecos estaban
relacionadas con el gran tamaño de las personas nacidas en Suecia, con
la dinamita, con el premio Nobel y con casi nada más. Aún hoy, pasado
el tiempo, a pesar de que la información y la cultura que fui
adquiriendo con los años modificaron en parte esas primeras imágenes
flotantes, sigo conservando más o menos las mismas nociones que
desarrollé en mi juventud respecto a estos representantes de los
pueblos nórdicos.
Quizás el premio Nobel sea el símbolo más
sobresaliente de esta mezcla caprichosa que se me hizo tempranamente en
la cabeza pues su presencia en el tiempo se renueva todos los años así
como también se renuevan los elogios y los epigramas que tejen a su
alrededor los hombres eminentes de todas las partes del mundo.
Los hombres de letras que no son coronados con los laureles de
esta distinción tan insigne suelen hablar del premio en forma socarrona y despectiva.
"Qué
vergüenza para Estocolmo... primero da el premio a Gabriela ahora a
Juan Ramón. Son mejores para inventar la dinamita que para dar premios"
No sólo el Asiriobabilónico Metafísico se burla del premio, también lo hace el iconoclasta Gombrowicz.
"Me
ha afectado el telegrama de Christian Bourgois a propósito del Premio
Nobel que, desgraciadamente, se me ha escapado con sus setenta mil
dólares. El año que viene se lo darán a un negro, después a un mulato,
después a Günter Grass y después a mí, y entonces me compraré un
Mercedes deportivo de dos puertas"
Gombrowicz no puede perder la
oportunidad de mencionar a su archienemigo argentino en forma
despreciativa, se refiere al premio Nobel de Literatura y al mismo
tiempo al Asiriobabilónico Metafísico con cierto sarcasmo.
Borges no
había participado del congreso del Pen Club que se celebró en Buenos
Aires en el año 1961, pero no porque no lo hubiesen invitado como le
había ocurrido a Gombrowicz, sino porque estaba de viaje. Se había
subido a un avión con su madre y estaba viajando a Europa en busca del
Premio Nobel.
"No
es otra la razón por la que ese hombre de más de sesenta años y casi
ciego, y su anciana madre, que cuenta ni más ni menos que con ochenta y
siete años, decidieron volar en un avión de reacción. Madrid, París,
Ginebra, Londres: conferencias, banquetes, fiestas, para despertar el
interés de la prensa y para poner en marcha todos los mecanismos de la
premiación. El resto, supongo, es cosa de Victoria Ocampo (‘he puesto
más millones en la literatura que los que Bernard Shaw sacó de ella’)"
La
oveja negra en esa mesa de ceremonias era Sastre, ese ilustre filósofo
francés se comportaba de una manera extraña, era una verdadera
excepción a la regla que obliga a los escritores que reciben el premio
Nobel a hacer una reverencia pronunciada, la genuflexión característica
con la que agradecen la distinción que reciben.
Sartre
se había convertido para Gombrowicz en una obsesión más o menos
permanente, pero el filósofo francés no registró su existencia, ni aún
después de que Gombrowicz recibiera el premio "Formentor" en el año
1967; claro, no le daba importancia a estas distinciones, al punto que
tres años antes, en 1964, había rechazado el Nobel de Literatura.
Sartre y Gombrowicz fueron dos hombres apasionados que tomaron rumbos
diferentes, pesaron mucho en ellos sus familias, las tradiciones y el
lugar de nacimiento.
Mis contactos con los suecos han tenido un
tono dispar, pero siempre negativo. En el año en que se publicó "Cartas
a un amigo argentino" apareció por Buenos Aires el máximo especialista
sueco en los asuntos de Gombrowicz.
El día que lo conocí enseguida
me di cuenta que su figura no se correspondía en absoluto con las
imágenes que me había formado en mi juventud sobre los habitantes de
los pueblos nórdicos, era un sueco enano y cabezón.
Cuando
Anders Bodegard empezó a hacerme reproches por la publicación de las
cartas que me había escrito Gombrowicz sin la autorización de la Vaca
Sagrada lo sermoneé severamente con mi índice acusador, como muy bien
se puede apreciar en la foto que forma parte de este gombrowiczidas.
La
polémica que sostuve con ese enano cabezón se puso castaño oscuro y si
no hubiese sido por la providencial intervención mediadora de la Madame
du Plastique quién sabe lo que hubiera ocurrido.
Conocí también a
otro sueco que no era especialista en Gombrowicz, pero sí era el máximo
representante nórdico en los asuntos del Pterodáctilo. El Embajador de
Polonia me pidió que invitara al Pterodáctilo a la hermosa mansión que
tiene la embajada en Palermo Chico, quería rendirle un homenaje a toda
orquesta a nuestro célebre escritor y tirar la casa por la ventana.
Es
sabido que los embajadores viven especialmente de las apariencias, por
esta razón el Camaleón decidió, una vez que Don Arnesto aceptó la
invitación, organizar un almuerzo con una gran cantidad de embajadores
para homenajear a nuestro insigne hombre de letras.
Yo sabía que
el Pterodáctilo había desarrollado con el tiempo una gran habilidad
para excusarse, me contaba que se atrevía a cualquier cosa, desde las
enfermedades infecciosas hasta los yesos, que en una oportunidad,
renovando las excusas con la misma persona, se había convertido en un
hombre tronco. Me preparé para lo peor, dos días antes del almuerzo me
avisó por teléfono que estaba orinando sangre y que no sabía si podía
ir a la embajada. Finalmente, se apiadó de mí y a último momento me
dijo que iba.
Cuando llegó el Pterodáctilo a la Embajada de
Polonia la gente se arremolinó, Don Arnesto me pidió que le tuviera un
momento un ejemplar de la versión sueca de "Sobre héroes y tumbas" que
le había dado el embajador de Suecia para que lo firmara, porque no
quería aparecer en las fotos como aparecía siempre con libros y
lapiceras.
Esta
posesión inocente del libro me puso en un verdadero peligro, el
embajador sueco que tenía el tamaño de un oso, me lo arrancó de un
zarpazo al tiempo que me decía que el libro era de él y que no sabía
por qué razón yo lo tenía en mis manos.
Me senté a la mesa del
Camaleón y de las esposas de los embajadores de Turquía y Costa Rica.
Cuando le pregunté a las señoras qué libro de Don Arnesto habían leído,
me respondieron que ninguno, cuando le pregunté a qué habían venido
entonces, me respondieron que a comer.
Esta arrogancia simpática de
las señoras me dio ánimo para mudarme de mesa después de unas palabras
confusas que el Camaleón pronunció a los postres. Me fui a la mesa del
Pterodáctilo en la que también estaban Alicia Noworyta, la mujer del
embajador de Polonia, y Peter Landelius, el embajador de Suecia.
El
oso sueco era un gran conversador muy versado en asuntos
hispanoamericanos, siendo él mismo escritor se refería con autoridad a
los temas de la literatura. En el tiempo que traducía "Cien años de
soledad" le dijo a García Márquez que su libro no le presentaba mayores
dificultades para trasladarlo al sueco.. El autor latinoamericano se
ofendió como si hubiese recibido una bofetada y le respondió en una
larga nota que circuló por toda España en la que se refería a las
múltiples complejidades y cruce de tramas de esa obra que el traductor
ni siquiera sospechaba.
Después de pasearse con soltura por Cortázar
y por otros escritores hispanohablantes insignes la conversación de
Landelius recayó en el Pterodáctilo, y debajo de las mismísimas barbas
de ese hombre de letras tan celebrado miró desde arriba la traducción
de "Sobre héroes y tumbas".
Dijo
que algunos escritores se preocupan pensando en las dificultades que
para los traductores suponen esos traslados lingüísticos, que conocía
personalmente a varias de sus víctimas las que no siempre entendían en
qué consiste el problema. Había recibido larguísimas cartas de Sabato
explicándole cosas que no necesitan explicación, y de otras que sí lo
requerían no se daba cuenta. El escritor no necesariamente es la
autoridad más apropiada para atender estos problemas.
Al referirse
al Asiriobabilónico Metafísico manifestó que le habían negado el Nobel
no por razones políticas sino porque al jurado le interesaban tan sólo
algunos de sus primeros poemas, pero el resto no le interesaba.
Alicia
Noworyta empezó a hablar de un libro sobre comidas especiales que
estaba escribiendo y le pidió al Pterodáctilo que le hablara de alguna
receta que supiera preparar.
Don Arnesto le respondió con una sonrisa
diplomática al tiempo que se preparaba para huir, me dio un golpecito
en un brazo y me pidió que lo acompañara con la mayor premura a su casa
de Santos Lugares.
De todo esto resultó que al año siguiente, cuando
llevé a la Vaca a la casa del Pterodáctilo, se vino con una carta de la
señora del Camaleón debajo del brazo en la que le pedía a Don Arnesto
que le hiciera algún comentario sobre los ingredientes y la preparación
de alguna comida que supiera hacer, que estaba escribiendo un libro de
gastronomía para gente VIP, una solicitud que provocó una gran
algarabía en el Pterodáctilo y en mí, mientras la Vaca permanecía en
silencio.
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