
GOMBROWICZIDAS
Los
hombres de letras argentinos tienen una deriva que los reúne en un
punto en el que se encuentran inevitablemente utilizando palabras más o
menos análogas para analizar al escurridizo Gombrowicz. De acuerdo a
las ideas que tienen el Asiriobabilónico Metafísico, el Pato Criollo y
el Buey Corneta, para poner sólo unos ejemplos, Gombrowicz vendría a
ser más que ninguna otra cosa algo así como un poseur.
Yo no estoy
de acuerdo con la idea de estos ilustres gombrowiczidas, sin embargo,
debo reconocer que las actividades de mentir, de desmentir y de
desmentirse fueron convirtiéndose en las páginas de sus diarios en un
hábito permanente de Gombrowicz. Sus mentiras están asociadas
frecuentemente a maniobras defensivas: cuando se defiende de su
homosexualidad, miente, cuando se defiende de sus deserciones, miente,
cuando se defiende de sus destierros, miente, cuando se declara conde,
miente...
Utiliza la mentira para defenderse de la
vergüenza que le producen el miedo y la culpa, la utiliza como un
instrumento a veces doloroso, otras veces humorístico, otras más
sarcástico, pero siempre deja alguna rastro para que los demás sepan
que está mintiendo y, por si eso no fuera suficiente, él mismo se
desmiente; es un mentiroso al que le complace decir la verdad.
Aunque
éste es un rasgo complejo de la personalidad de Gombrowicz podríamos
decir como primera aproximación que él se somete al recurso de la
confesión con el propósito deliberado de aliviarse de le culpa que le
sobreviene cuando miente. Ni por un momento debemos olvidar que aunque
Gombrowicz había perdido a Dios seguía siendo un hombre religioso, si
bien que muy lejos de las actitudes sagradas y de la obediencia ciega
características de los religiosos. No es por el lado de la pose, de la
impostura o de la mentira que podemos acercarnos a Gombrowicz.
Ese hombre, con un punto de vista moderno y
ateo, que tanto desconfiaba de las ideologías y de la cultura, que
nunca se valió de Dios ni siquiera por cinco minutos, debe ser
interpretado en otra dimensión. La mala fe de la que se lo acusa va más
allá de la simple mentira cínica, es como si se lo estuviera acusando
de negar la propia verdad, de engañarse a sí mismo, como si su mala fe
fuera una fe.
Si bien es cierto que las concepciones de Gombrowicz
son divergentes en muchos de sus puntos con las del existencialismo, no
lo son tanto en su pretensión de llegar a ser una descripción moral del
mundo, porque esta descripción nos revela el sentido ético de los
distintos proyectos humanos. Ambas concepciones intentan llevar al
hombre a la renuncia del espíritu que le concede al mundo más realidad
que al hombre, y que considera al hombre como un resultado del mundo,
un espíritu que los existencialistas llaman “espíritu de seriedad”.
Es tan tentadora la actitud reduccionista de
los hombres de letras argentinos que nos permite entender a Gombrowicz
con una sola idea, que a mí hace tiempo se me está ocurriendo también
escribir sobre otra de sus características más sobresalientes a la que
podríamos denominar el complejo de Eróstrato; con la utilización de
este complejo llegaríamos a comprender no sólo la obra sino también la
mismísima vida de Gombrowicz.
Eróstrato era un pastor del Éfeso que,
queriendo hacerse célebre, incendió el templo de la diosa Diana, una de
las siete maravillas de la antigüedad. Gombrowicz tenía una intención
parecida a la del pastor griego, pero en vez de incendiar templos se
dedicó a desmontar todas las posiciones de la cultura para alcanzar la
grandeza.
Cuando había terminado de poner en orden estos
pensamientos en un gombrowiczidas que inmediatamente hice conocer a los
miembros del club, la Flauta Traversa me informó que un doctor en
semiótica de marca registrada estaba escribiendo un libro al que había
dado en llamar “El Impostor”, un nuevo intento de los hombres de letras
hispanohablantes de poner a Gombrowicz en la caja del poseur.
Otro
ensayo más sobre Gombrowicz que, según me parecía a mí aún sin
conocerlo, debía seguir la misma línea standard del Asiriobabilónico
Metafísico, del Pato Criollo y del Buey Corneta . El afamado doctor en
semiótica de marca registrada le estaba preguntando a la Flauta
Traversa si yo podía colaborar con él en la realización de este
proyecto, una colaboración que le presté en forma inmediata.
El
Rosado se estaba convirtiendo de esta manera en un gombrowiczidas de
última generación, por lo menos en cuanto miembro de la logia infusa y
esotérica de nuestro club. Pero unos días después de esta aproximación
al mundo de los gombrowiczidas el Mafioso me anuncia la muerte del
Rosado.
“Ha desaparecido, o sea, ha muerto. Ha muerto de repente y
ha desaparecido tan completamente como si una mano se le hubiese
llevado de entre nosotros (....)”
“Y,
sin embargo, en una aplastante mayoría, todos nosotros (...) nos
estamos muriendo. Gente que ya ha traspasado la barrera de los
cuarenta, que se está acabando poco a poco, cada año un año más viejos”
La
Flauta Traversa admiró y quiso al Rosado con un afecto intensísimo, una
admiración sólo comparable a la que tenía por Lamborghini.
“(...)
Nicolás Rosa, la única persona –después de mi padre– que me reta y
logra que me ruborice, ‘Seguí con tus bodrios perdularios’ o su
maravilloso ‘Podés callarte, Milita’, aunque yo no esté hablando (...)
me parece todavía increíble que Nicolás no esté, que no vaya a estar,
que no estemos. Me despierto todas las mañanas con la vida entera que
me pasa por la garganta y Nicolás ahí dando vueltas desde temprano
(...)”
“¡Es terrible su presencia! (...) alguien que me hacía
bajar la cabeza con pudor al tiempo que lo trataba como un igual (...)
Hace treinta años yo quería estudiar lingüística y me hablaron de
Nicolás. De entrada supe que no iba a ‘aprender’ lingüística, que ahí
había algo más, algo que ninguno de los dos abandonaría y que se había
intensificado en los últimos años: la excentricidad en sentido
estricto, como ‘fenómeno moral’, como piensan los ingleses... (...)”
“(...)
Nicolás Rosa se preguntaba en los últimos tiempos si era un escritor, y
se respondía que sí, al tiempo que quería esa corroboración de alguno
de nosotros.. Nunca le dije que era un escritor porque Nicolás no
escribía en sus escritos sino que su obra literaria era histriónica (su
voz subía, se estrangulaba, se perdía, llamaba a la sospecha, etc., sus
miradas eran impagables, también) y era en la oralidad donde para mí se
expresaba (...)”
“Claro que eso se puede ‘anotar’, registrar, escribir,
pero Nicolás no lo hizo. Cuando escribía su obra pensaba pensando,
cuando se manifestaba en sus clases, en su conversaciones, dejaba caer
las hilachas de su pensamiento, los restos del naufragio y más bien
importaban sus reacciones, sus movimientos, la deriva de su pensamiento
entrecortado, encubierto, poco claro pero rotundo, iluminador, inconexo
si se quiere incluso. Era ahí cuando toda su eficacia de escritor salía
a relucir y dejaba patitieso con su originalidad a los que podían
soportar esa deriva esperando una cosita para llevarnos a casa, que
siempre llegaba y era genial (...)”
En las vísperas de la muerte el
Rosado le pidió a la Flauta Traversa que me hiciera conocer su
reconocimiento por la ayuda que le había dado para escribir “El
Impostor”, un libro que algún día leeremos.
“Nos gusta reposar
en la compañía de nuestros semejantes... Siendo miserables como
nosotros, impotentes como nosotros, no nos ayudarán... Moriremos solos.
Por consiguiente, deberíamos obrar como si estuviéramos solos.
Deberíamos buscar la verdad sin vacilación...”






































