
¿MUTACIONES FUERON/SERÍAN SOMBRAS?
Wilfredo Carrizales
I
El cuerpo y su extraño
fruto,
el alma, lloran cuando
mutan
porque se saben sombras
finas y melosas.
Las tonterías del camino
ya las cantó Billie
Holiday
en días nada sagrados.
Tal vez un hombre la amó
de veras y por las buenas
y todo se lo entregó a
él.
¿Cómo intuir si la luz
viajó
pegada a los dos cuerpos
en un oscuro rincón?
Lo mejor sucedió allá
cuando ambos se
condujeron como locos
y sus frentes se
cubrieron con sudor
y la palabra amor fue menos
ampulosa.
Al otro lado de la
metrópolis
Ella Fitzgerald trabajaba
en un canto
que pudiera gemir y
guapear
y doblegar al hombre
–cualquier hombre-
hasta hacerlo regresar
donde escupió amor.
Ambas damas entonaron
blues
y miraron a la luna
pequeña de los canes
y le susurraron mensajes
destinados
a los amantes que huyeron.

II
Sarah Vaugham salió bajo
un cielo tormentoso
y actuó cual una mujer
con agenda secreta.
Se sentó a esperar al
desaparecido sol,
mientras los recuerdos
volaban tras una mascarada.
Ella después no supo qué
tiempo
fue su tiempo ni la
velocidad del movimiento.
Anhelaba la clarinada de
su rey negro,
pero en absoluto valió la
espera:
nada satisfizo el
golpeteo de la sangre.
En otro almanaque ajado
Dinah Washington lloraba
en la orilla de un
acusioso río,
loca por aquel muchacho
que reía con estridencia
en el garito.
Los días subían y caían
sobre similares días
y con frecuencia la
niebla era alabada
porque podía ocultar
hasta a las estrellas
y más de uno tropezaba en
las calzadas
y perdía cosas o
justamente su precio
y luego ignoraba a dónde
iban a morir las horas.
Los cuerpos y las almas
se deseaban en la estadía
del frenesí.
Ellos no podían tomar las
chispas
que resbalaban de la luna
y escapar así no más.
El conjunto al que
pertenecían
les ofreció en canje
bambalinas
o muchas y mejores rutas
de la fama.
III
Ellas, las damas del
blues,
conocían bien por qué no
solía llover sobre
mojado.
Con naturalidad femenina
-si tal cosa existiera-
miraban al amor en el
instante de la hechura
y después caminaban a su
lado,
a veces de noche y de día
y le olían el malvado
rabo.
Probablemente, de un modo
sentimental,
sonaban los diamantes
y no les prestaban
atención.
(¿La vida iría con
constancia
en busca de aguaceros y
rosas?)
El cielo llegó a estrecharse
sobre sus cabezas
y en los cabarets a los
pianos
los rodeaban cuchillos de
medianoche.
Siguieron insistiendo
y golpearon con furia las
vías.
Se apoderaron de los
cinco sentimientos humanos.
Fue maravilloso ver
aparecer a los viejos fantasmas
enamorados de ellas o de
sí mismos.
En todo caso, de nuevo
juntos,
aferrados al devaneo de
la fortuna
o a la oportunidad de
tocar las cuerdas
que el mundo tendía a sus
pies.
Del encantamiento surgió
el mareo
y del mareo se originó el
azoro.
El juego se llamaba blues
y estaba hecho de
larguezas del cielo,
donde el Señor era
profano,
y hacía brotar lágrimas y
añicos,
en procura de pájaros
diestros,
y de él todo se podía
esperar,
incluso una pasantía por el viento.






































