
GOMBROWICZIDAS
Por Juan Carlos Gómez
La realidad que el
hombre va descubriendo poco a poco rompe los moldes y las teorías que
la contuvieron durante un largo tiempo; los viejos barriles son
reemplazos por otros, pero ni Einstein es tan distinto de Newton, ni
Marx de Cristo, ni Sartre de Sócrates, para poner unos ejemplos. La
realidad tiende a volverse teórica cuando está tranquila, pero cuando
está intranquila produce revoluciones sociales como la francesa, o
reducciones del pensamiento como la antropológica de Feuerbach, o la
fenomenológica de Husserl o la sociológica de Marx.
Gombrowicz
formó su conciencia en el período más agitado del siglo XX y se vio
obligado a reflexionar sobre concepciones tan amplias como lo son el
existencialismo y el comunismo, pues estas dos concepciones juntas
constituyen la verdadera introducción a nuestra época.
El
existencialismo era una forma del pensamiento que no tenía una
representación política pero el comunismo sí que la tenía, y este
aspecto social y político del comunismo le daba a ese pensamiento un
aspecto bifronte, porque una cosa era hablar de Marx y otra cosa era
hablar de Stalin.
Gombrowicz
estaba de acuerdo con el sentido moral del comunismo, con su pedido de
justicia distributiva y con esa conciencia que se torturaba frente a la
injusticia. Estaba de acuerdo también con la concepción marxista del
valor que interpreta a la necesidad como su fundamento, pues un vaso de
agua en el desierto no puede tener el mismo valor que al lado de un
río. Para Sartre, en cambio, un hombre tiene necesidad de agua en el
desierto porque elige la vida y no la muerte; en cambio, tanto para el
marxismo como para Gombrowicz no existe esta libertad de elección, el
hombre está obligado a elegir la vida en todas las circunstancias.
Marx
ha desenmascarado muchas mistificaciones históricas, del mismo modo que
lo hicieron Freud y Nietzsche, son hombres que demostraron que detrás
de nuestros sentimientos que parecen del todo nobles, se ocultan
complejos, bajezas y todas las suciedades que tiene la vida humana.
Si
bien el pensamiento marxista ha servido para poner al descubierto
muchas hipocresías históricas, es también un pensamiento utópico que no
conduce a ninguna parte, y es precisamente por su falta de captación de
la realidad que Gombrowicz se animó a profetizar poco antes de morir
que dentro de veinte o de treinta años el comunismo sería puesto de
patitas en la calle. Sin embargo, sabía que en el sentido filosófico el
marxismo propone la liberación de la conciencia para que no se presente
deformada en la actividad que debe realizar, para que sea auténtica
frente al mundo y le permita al hombre un verdadero conocimiento.
A
la desconfianza que Gombrowicz le tenía a las ideologías se le podría
agregar además la poca que le tenía a la cultura política y científica
de los habitantes de nuestros pueblos del interior. En una de sus
vacaciones en Tandil estaba tomando un café y conversando con un hombre
experimentado, director de una empresa importante: –¿Qué le parece?,
¿cuántos muertos hubo en Córdoba durante la revolución contra Perón del
16 de septiembre?; –Veinte mil; –¡Pero qué bah, esa batalla duró dos
días y no hubo más de trescientos muertos.
Y
cuando fue a Goya, también en una mesa de café: –¿Cuántos muertos hubo
en el bombardeo a la Casa Rosada del 16 de junio?; –Más o menos quince
mil; –¡Pero ni siquiera trescientos! En Santiago del Estero un
estudiante le decía que Sigmund Freud no le servía a los argentinos
porque el psicoanálisis es una ciencia europea y nosotros somos
americanos.
Y de vuelta en Tandil, le pregunta al comunista
Mariposón si alguna vez había tenido dudas: –Sí, cuando prohibieron por
abstracta la pintura de Kandiski. Sólo eso le había parecido un poco
irregular: –Usted pone el cuadro de un pintamonas por encima de treinta
millones de cadáveres. Cuentan los de la barra de Tandil que nunca lo
habían visto tan enojado a Gombrowicz al escuchar este disparate.
La
consecuencia que saca Gombrowicz de los desatinos de esta gente es que
el mundo que sobrepasaba los límites concretos de la familia, de la
casa, de los amigos o del salario era para ellos arbitrario.
Sea
como fuere, los integrantes del cuarteto Gombrowicz considerábamos al
Mariposón como a un partiquino, un advenedizo que con astucia había
metido la nariz en "Gombrowicz o la seducción", la película de Alberto
Fischerman.
El Mariposón es un periodista gombrowiczida de larga trayectoria que de vez en cuando toma la pluma y escribe sobre Gombrowicz.
"A
mediados de junio pasado, en mi familia se recordaron los cien años del
nacimiento de mi padre, un italiano que había llegado a Buenos Aires de
niño, en la primera década del siglo. Un mes y medio después, el 4 de
agosto, se conmemora el centenario de Witold Gombrowicz, un polaco que
llegó a la misma ciudad en 1939. Aunque después ambos personajes
viajaron por el mundo, ninguno de los dos volvió a ver su tierra natal.
Mi padre murió en Tandil en 1955, dos años antes de que por esas mismas
serranías aterrizara el polaco irreverente que habría de convertirse en
uno de los escritores capitales de la centuria pasada. Si bien se trata
de la simple coincidencia de dos europeos que confluyeron en el mismo
solar de destierro, para quienes conocimos al autor de Cosmos en la
adolescencia la asociación no es antojadiza: el tema del padre ocupa un
lugar significativo en la obra de Gombrowicz"
Es
tan desubicado el comienzo de esta nota que escribió el Mariposón que
hasta cierto punto es explicable la irritación que le producía a
Gombrowicz la presencia de este personaje.
El comunismo del Mariposón tiene un cierto
parentesco con el de Stefan, uno de los protagonistas de los primeros
cuentos de Gombrowicz.
Stefan entendía el comunismo como un programa
en el que los padres y las madres, las razas y la fe, la virtud y las
esposas, y todo, sería nacionalizado y distribuido mediante cupones en
porciones iguales.
Un programa en el que su madre debía ser
cortada en pequeños trozos y repartida en partes iguales entre quienes
no fueran suficientemente devotos en sus oraciones para aumentar su
devoción; que lo mismo debería hacerse con su padre entre aquellos cuya
raza fuera poco satisfactoria para aumentar su dignidad.
Un
programa en el que todas las sonrisas, las gracias y los encantos
fueran suministrados exclusivamente bajo petición expresa, y que el
rechazo injustificado del programa fuera causal del castigo con la
cárcel.
Stefan elegía el término comunismo porque constituía para
los intelectuales que le eran adversos un enigma tan incomprensible
como lo eran para él las sonrisas sarcásticas y los rostros brutales de
esos intelectuales.
Es
posible que Stefan no fuera comunista sino tan solo un pacifista
militante. Navegaba por el mundo en medio de opiniones incomprensibles
y cada vez que tropezaba con un sentimiento misterioso, fuera la virtud
o la familia, la fe o la patria, sentía la necesidad de cometer una
villanía.
De la observación atenta que podemos hacer sobre el
aspecto del Mariposón que aparece en la fotografía podemos deducir el
carácter de un cura pecador que ha perdido el estado de gracia, una
pérdida que lo hace pariente del padre del comunismo que también lo
había perdido.
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