
SELECCIÒN DE TEXTO MARIETTA MORALES RODRÌGUEZ
Còmo te gustaria suspender esta peregrinaciòn solitaria
y remontarla luego que pase , compañera de viaje , la fatiga
del extranjero para el cual todo se mezcla a ella ,
aun en medio del mayor encantamiento .
Como ayer mientras el viejo Brueghel montaba para ti su tabladillo ,
nada menos que en el Museo Real de Bellas Artes;
àngeles y demonios , y sin embargo habìas perdido tantas veces
esa misma batalla minuciosa
que ahora el pincel màgico del viejo la libraba
del otro lado de un espejo oscuro . Retuviste el aliento .
en honor a lo real , para dejarlo hacer
su trabajo de siempre sin un nuevo testigo .
La nieve era en Bruselas otro falso recuerdo
de tu infancia , cayendo sobre esos raros sueños
tuyos sobre ciudades a las que daba acceso
la casa ubicua de los abuelos paternos :
peluquerìas en las largas calles; espejos , en lugar de puertas , rebosantes
de pintadas columnas giratorias ;
tiendas , invernaderos , palacios de cristal , la oveja que balaba ,
mitad juguete mitad inmolaciòn
del cordero pascual , y reconoces
el Boulevard du Jardin Botanique , por alguna razòn tan misteriosa
como la nieve .
¿ Dònde està lo real ? No hiere preguntarlo ni importa que uno sepa de memoria
las exactas respuestas del maestro y los suyos
entre los cuales vive tu voluntad . No importa .
Entiendes bien que el solipsismo es una coartada
del poder contra el espìritu . Pero aquì , en el màs absoluto aislamiento se es vìctima
de impresiones curiosas ,
a la vuelta de una esquina que nunca parece exactamente la misma
como sì las calles caminaran contigo , participando de tu desconcierto .
Estabas advertido : habìa que viajar en compañia , pero en cambio viniste del otro lado del mundo
para mirar tu soledad a la cara
y lo demàs que ahora no interesa .
Esta forma del ser , obstinada en impugnarlo ; celosa de toda ambiguedad , la conoces como Edipo a la Esfinge , horma de su zapato .
Nieva en Bruselas y en tus falsos recuerdos . Piensa : es mi fatiga .
Ella es la que no se extraña de nada .
El viejo cierra a las cinco su caja de Pandora . Demasiado temprano , y lo sabes .
Como si dispusiera de lo eterno , otra vez , la noche se da el lujo de caer lentamente sobre la Gran Plaza que ha encendido su torre
en un dorando Oficio de Tinieblas ,
y es tu familiaridad la sorprendida
con un mundo en que el logos fue la magia .
Piedras transfiguradas por las manos del hombre
hasta hacerse tocar por los àngeles mismos :
ocios del gòtico tardìo . No ,
nada te habrìa encaminado a lo oscuro que te significara
la recuperaciòn de una embriaguèz perdida
con los años de triste aprendizaje .
Pero , en fin , habìas bebido unos vasos de cerveza por lo que pudiera ocurrir y fue el temor
de que nada ocurriera sino sòlo en ti mismo
el primero en empujarte en esa direcciòn .
Rue des Chanteurs , rue de la Bienfaisance ; los nombre cambian de sonido y lugar igual , en todas partes , permanece ,
bajo luces distintas esa tierra de nadie , lindando con el Reino de las Madres;
su viejo còmplice y enemigo de siempre .
Tu distracciòn tomaba la forma de la nieve , ahora ese lejano resplandor
que todo lo cubrìa vagamente , hasta la apariciòn articulada
de la mujer , en su pequeña vitrina , como ahogada en una luz incierta .
Y sonreìa sòlo para si misma .
No fue ella , por cierto , la anfitriona ; allì estaba la otra ,
esa que reconocerìas entre miles , cuyo nombre ha cambiado tantas veces ,
pronta a participar , por un momento , en el diàlogo . Sòlo lo justo para hacerse presente
como si nada pudiera comenzar .






































