
NUEVAS INTROMISIONES
Texto y fotografías: Wilfredo Carrizales
Los intrusos esconden la
oficiosidad. Lo abstruso no es de su incumbencia. La intuición penetra por los
cristales. Importunamente se interviene con una curiosidad abundosa, abstraída,
al borde máximo de lo absurdo. El entrometimiento se manifiesta intrínseco,
revuelto como la madeja de las horas exasperantes. Las intromisiones se suceden
en cadena, operan con hábitos irreflexivos e inusitados. Los entremetimientos
se tornan intumescentes, se hinchan con intrepidez y desbordan la paciencia y
el buen ánimo de continuar.
Las personas que padecen de
intrusismo sólo miran lo que está dentro de sus ojos. La introspección les
resulta extraña. Introvertidos, únicamente se percatan del tránsito de la luz a
la sombra. No conocen el inventario de las imágenes: expresamente las apartan y
se quedan con los contornos.
Las nuevas intromisiones
aparecen con un introito sometido a intervalos y a enhebradas sinrazones.
Cualquier vitrina incita a inmiscuirse. Los rostros no invitados se encajan en
los recodos, importunan, mangonean, pegan las narices en las interioridades
dignas de fotografiarse.
Los fisgones se incrustan y
juegan a ser objetos de observación. Enredan las correspondencias entre lo
expuesto y su ansia desesperada por trascender a través de los reflejos. Ellos
(y ellas) se interponen para perturbar el tiempo de las discreciones.
Intervienen la intimidad de las figuras enhiestas y alteran las pausas que
conservan un hálito de lo sagrado.
Quienes se inmiscuyen mezclan los procedimientos de los diafragmas e introducen en los lentes un tumulto de visajes que trastocan, infaliblemente, la descripción y el registro de las emociones del pasado detenidas en los gestos de grandeza y temible devoción.










































