
GOMBROWICZIDAS
por Juan Carlos Gómez
"En el
mismo año 1933, en que se publicó mi primer libro, murió mi padre.
Hacía meses que estaba enfermo, pero su empeoramiento se produjo en
forma repentina, de modo que sólo mi madre y yo asistimos a su muerte.
Mis hermanos no llegaron del campo hasta el día siguiente. Esa muerte
me ha dejado recuerdos bastantes vergonzosos. Cuando expiró, intenté
abrazar a mi madre para al menos de esta forma mostrarle mis
sentimientos, pero el gesto me salió con torpeza y en un abrir y cerrar
de ojos me di cuenta de toda mi miseria: era incapaz de tener unos
sencillos reflejos humanos, de mostrarme cordial, cariñoso, estaba
paralizado por la forma, por el estilo, por toda esa maldita manera de
ser que me había creado... ¡resulta pues que no había sido capaz de
aportar un poco de calor a mi propia madre en semejante momento! (...)"
Para
bien y para mal las madres tienen una importancia fundamental en la
organización de nuestra personalidad, al punto que los gombrowiczólogos
y los psicoanalistas están convencidos de que la madre de Gombrowicz
está presente en toda su obra en forma de tía, de prima, de novia, de
esposa... y también de madre.
Una
de las característica más señaladas de la sangre de los Kotkowski era
su propensión a la locura, sin embargo, o por esa misma razón, los
primeros aliados incondicionales que tuvo Gombrowicz fueron su madre y
su abuela materna, Aniela Kotkowska.
A lo largo de los años Aniela
siempre tomó partido por Gombrowicz. La abuela habitaba una casa grande
y bastante aislada en Bodzechów. Un hijo demente que vivía con ella,
por las noches se animaba con cantos terribles para combatir el miedo,
estos cantos se convertían en unos aullidos que le ponían los pelos de
punta a cualquiera que no estuviera acostumbrado.
Aniela tenía
una criada joven y muy guapa, Marysia. En una ocasión en la que fue con
su padre a hacerle una visita, Gombrowicz le propuso a la sirvienta que
lo acompañara al teatro el próximo domingo, pero resulta que para ese
domingo la abuela tenía invitados: –¿No puedes venir el domingo,
Marysia, y dejar para otro día tus horas libres?; –No puedo, el
señorito me ha invitado al teatro.
Aniela
tomó enseguida partido por Gombrowicz mientras miraba de reojo al
padre: –Ah, en ese caso, hija, si vas al teatro con el señorito, es
otra cosa.
El padre se puso inmediatamente en contra, no era capaz
de tolerar una democracia llevada a tal extremo, y cuando Marysia se
retiró lo reprendió severamente: –Tu conducta desmoraliza a la
servidumbre: –No entiendo, Marysia tiene sus horas libres, y durante
esas horas libres deja de ser sirvienta. No entiendo realmente por qué
no puedo ir al teatro con una sirvienta, ¿qué hay de malo en ello?
La madre fue la primera quimera que
Gombrowicz combatió, era para él la representación de la irrealidad, era en verdad un exceso de irrealidad.
El
catolicismo de la madre era espontáneo, natural y despreocupado, cuando
abordaba cuestiones teológicas lo hacía con indolencia y sin
preparación. Era católica ferviente de la misma forma que era polaca y
nacida de terratenientes.
Las madres son las primeras que nos dan
afecto y son las primeras que nos enseñan a querer, algo debió pasar
entonces entre Marcelina Antonina Kotkowska y Witold Gombrowicz para
que después de sesenta años de nacido la siguiera sintiendo como la
fuente de su irrealidad.
Las discusiones que Gombrowicz mantenía con
su madre lo iniciaron en las burlas a unos principios morales y a un
estilo demasiado rígidos.
Marcelina Antonina participaba de la
vida social, durante un tiempo presidió la Asociación de Mujeres
Terratenientes, una institución terriblemente devota que se
caracterizaba por una incurable grandilocuencia de estilo. Gombrowicz
experimentaba un salvaje placer haciendo caer esos altos vuelos del
cielo a la tierra, más aún, le gustaba escuchar detrás de la puerta el
contenido de esas sesiones para obtener material satírico.
La
nobleza terrateniente vivía una vida fácil y no conocía la lucha
esencial por la existencia y sus valores. Jan Onufry, su padre, sólo
muy de vez en cuando se daba cuenta de lo anormal de su situación
social, para él un lacayo era algo absolutamente natural, se comportaba
con los sirvientes como un señor, relajadamente, con gran desenvoltura.
Su madre también aceptaba su posición social como algo
completamente lógico, pertenecía a una generación que no había
experimentado lo que Hegel llama mala conciencia. Pero la siguiente
generación empezó a sentir el peso de este problema.
Con el material
satírico que sacaba de las reuniones de la madre escuchando detrás de
las puertas más algunas otras ocurrencias ajusta las cuentas con su
familia y con su clase social provocando un verdadero descalabro en el
final de "Ferdydurke", su primera novela.
De
la combinación de los Gombrowicz con los Kotkowski resultó una familia
que empezó a decaer. La sangre enfermiza de los Kotkowski y el orgullo
impenetrable de los Gombrowicz ejercieron una influencia muy importante
en Witold.
"(...) mi madre era toda vivacidad, sensible, dotada
de una excesiva imaginación, poco práctica, perezosa, indolente,
demasiado nerviosa (...) en la familia de los Kotkowski había muchos
casos de enfermedades mentales (...) No reprocho en absoluto a mi madre
de ser como era (...)"
"En otros órdenes, tenía cualidades
excelentes: bondad, nobleza, probidad, inteligencia, mientras sus
debilidades eran un poco el producto de sus nervios y el resultado de
la vida artificial y de una educación no menos artificial que había
recibido (...)"
"Pero el hecho de no querer ser lo que era, de no
reconocerse a sí misma, terminó vengándose de ella, porque nosotros,
sus hijos, le declaramos la guerra. Nos enervaba. Provocaba (...)"
"Y
fue allí, seguramente, donde comenzaron mis dolorosas aventuras con las
diversas distorsiones de la forma polaca que producían en mí un efecto
parecido al de las cosquillas: uno se troncha de risa, pero no resulta
agradable (...) Como éramos tres –mi hermana no participaba de ese
deporte– nuestra casa iba alcanzando lentamente la fisonomía de un
manicomio y tan solo la severidad y el rigor de mi padre nos salvaba de
la catástrofe total"
La sexualidad de Gombrowicz se fue formando
entonces un poco frente a esa pureza inocente de la madre y otro poco
frente a la sangre enfermiza de los Kotkowski.
En el año del
centenario yo estaba en el Centro Cultural Borges tomando un café con
el Pequeño K y con el Pato Criollo hojeando un calendario muy bonito
editado por los polacos para la ocasión.
Yo
hacía de cicerone con las fotos pero el Pato Criollo siempre tenía algo
que objetar. La réplica que se llevó las palmas de oro fue la que hizo
cuando mirábamos una foto de Gombrowicz a los tres años en la que
Marcelina Antonina lo había vestido y peinado como si fuera una nena.
Cuando el Pequeño K señaló que al presentarlo de esa manera la madre
había sellado el destino sexual del pequeño Witold, el Pato Criollo
contestó que a muchos niños de buenas familias de esa época los vestían
de esa manera: –¿Sí, a ver, dame un ejemplo?; –Oscar Wilde sin ir más
lejos.
Gombrowicz lleva el componente de pureza inocente que tenía
Marcelina Antonina a un extremo paroxístico convirtiéndolo en
virginidad en una de sus obras.
La mayor virtud residía en la virginidad, este valor condicionaba el espíritu y en torno a él se situaban los instintos
superiores.
La
virginidad asciende del ser más bajo en la escala biológica y llega al
hombre, y del hombre salta a los ángeles y de los ángeles a Dios, para
perderse en el infinito.
De una pequeña particularidad puramente
corporal nace el inmenso mar del idealismo y de los milagros, en
evidente contraste con nuestra triste realidad. Los hombres habían
perdido el Paraíso al probar del fruto del árbol del conocimiento
tentados por Satanás. Le suplicaron entonces al Todopoderoso que les
concediera un poco del candor y de la inocencia perdidos. Dios se
apiadó de ellos y creó la virgen, el recipiente de la inocencia, la
selló y la envió a vivir entre los hombres que sintieron de inmediato
una nostálgica languidez. Las casadas eran una pura patraña, una
botella abierta y evaporada.
Este ideal de pureza y virginidad es puesto en tela de juicio en "Pornografía", una novela realmente libidinosa.
Amelia,
la madre de Waclaw, era cortés, sensible y espiritual, sencilla y de
una rectitud ejemplar, unas virtudes parecidas a las de la madre de
Gombrowicz. En ella regía el Dios católico, desprendido de la carne, un
principio metafísico, incorpóreo y majestuoso que no podía atender las
majaderías que tramaban los adultos con Henia y con Karol. Estaba
subyugada con Fryderyk, ese ser terriblemente reconcentrado que no se
dejaba engañar ni distraer por nada, un ser de una seriedad extrema.
Pero
es justamente en la finca de Amelia donde tiene lugar la segunda caída
de Dios después del derrumbe de la misa que había ocurrido en la
iglesia.
Joziek, un ladronzuelo de la edad de Karol, entra en
la casa para robar. Según todo lo hacía parecer la señora descubre al
ladrón, toma un cuchillo y lucha con Joziek. Transcurren unos minutos y
llega a la mesa tambaleándose donde están su hijo y los invitados, se
sienta lentamente y cae muerta con el cuchillo clavado mirando un
crucifijo. La situación no estaba clara, nadie sabía lo que había
pasado realmente porque Amelia no pudo contar nada y Joziek decía que
sólo se habían revolcado, que había sido un accidente.
Fryderyk
era mal psicólogo pues tenía demasiada inteligencia y por lo tanto era
capaz de imaginarse a doña Amelia en cualquier situación. La sospecha
que flotaba en el aire era la de que esa mujer tan espiritual y guiada
por los principios de Dios había prologado demasiado la lucha con
Joziek revolcándose en el suelo de puro placer y, por accidente, se le
había clavado el cuchillo.






































