El mito del vampiro, debo reconocerlo, siempre me ha parecido curioso. Dejando de lado cualquier connotación que en la actualidad se le aqueje, asociándolo a modas pasajeras, la figura del vampiro logra traspasar fronteras y extenderse en diferentes culturas a las cuales se adapta pero no pierde su esencia. Obviamente con la modernidad y globalización, dicha inventiva ha variado y se ha refugiado en un solo arquetipo: el humano inmortal que juguetea en el delgado límite de su decreciente humanidad y la amoralidad que le otorga el nuevo instinto salvaje que se asoma con vicioso placer en su no-existir. Yo no quería ver eso en Crepúsculo, sabía que una adecuación del mito forjada para la generación actual, generación fotolog, generación imbecil o como quieran llamarla iba a ser un poco más liviana, simple e insípida. No quería ver eso en Crepúsculo, era demasiado pedir. Solo quería ver al menos un solo vampiro “real”.
Con una hipérbole mediática notable y con la inmediatez característica de nuestro cine (3 meses de retraso y unos cuantos días del estreno original) Twilight irrumpe en Arica. La adaptación del boom comercial del mismo nombre escrito por Stephanie Meyer, es llevada a la pantalla por Catherine Hardwicke (Thirteen, “A los trece” por estos lares), quien cumple la abnegada tarea de volver tangible esta fantasía adolescente repleta de clichés románticos inexistentes pero aprobados sabiamente por un peligroso exceso de estrógeno.
La historia es básica, simple, sin mucha significancia ni doble lectura. Bella Swan (Kristen Stewart) debido a problemas de las chicas malcriadas de su edad, decide quedarse una temporada con su padre, un hombre común y corriente que vive en Forks, un lugar similar a Arica: olvidado, oscuro, mediocre y de seguro con la tasa de cesantía mas alta de Estados Unidos. Aquí la recién llegada Bella es la mágica y enigmática chica linda de la que todos hablan, pero a pesar de eso su vida es vacía y aburrida (estatismo gloriosamente interpretado por la habilidad actoral de Stewart). En este ambiente conoce a Edward Cullen (recreado por el mal y sobre maquillado Robert Pattinson) un personaje hecho en función de Bella y la inminente relación de amor; es igual de desabrido y pobremente actuado, aunque en su caso tiene justificación: es Vampiro.
El romance crece entre cuestionamientos represivos en el terreno sexual y de una pseudo depresión emo-neogótica adolescente sin fundamentos. El producto es una relación fría y distanciada pero que paradójicamente para los fans o quienes gustaron de la película representa el fiel reflejo de un romanticismo no visto desde “Lo que el viento se llevó“. Si bien todo el film es un infernal bucle de miradas sacadas de Zoolander y fantasías de quinceañera ovulando, este posee un conflicto que intenta establecer una trama paralela al flirteo juvenil: Un grupo de vampiros cazadores se pasea por Forks haciendo de las suyas. La familia Cullen, personajes de lo mas progresistas intentan aceptar a la novia humana de Edward y la invitan un partido de baseball familiar (sacada de la captura de movimiento del algún capitulo de los Power Rangers probablemente). En este escenario irrumpen los cazadores quienes obviamente se interesan por la irresistible Bella Swan, la breve huida sirve como preludio de la secuencia final. Un enfrentamiento a la par con la película, que solo reafirma la fantasía femenina expuesta: El eterno medievalismo del príncipe azul que debe salvar a la dama en peligro, la cual obviamente por ser inferior en fuerza adquiere un típico rol pasivo y sumiso, faceta que detestan socialmente, pero con la cual suspiran en la ficción.
Como mencione en el comienzo, curiosidad me causo el hecho de que se planteara a Crepúsculo y la configuración fantástica de Meyer
como una reinvención totalmente revolucionaria del vampiro. Aquí es
donde los problemas de la película se tornan insoportables. La
cursilería de infante que sueña con un primer beso se apodera del
esquema central del mito. Centrándonos en la figura principal,
Crepúsculo nos presenta un lastimero remedo del potente personaje
recreado en tantos otros films y cuentos a nivel global. La carga
siniestra del demonio nocturno desaparece, siendo reemplazada por unos
lindos lentes de sol que sirven de excusa para tapar los lentes de
contacto mal puestos de Pattinson; Edward pasea de día sin ningún tipo
de problemas, salvo una curiosa -pero inofensiva- reacción ante los
rayos del sol. La sensualidad, manipulación y total supremacía sobre la
especie humana es olvidada completamente y es reemplazada por un
cuestionamiento opuesto a la veta romántica de la que el film dice
colgarse, el resultado es una castración mental (es
eso o un natural problema de irrigación sanguínea por estar muerto) de
un personaje puro y virginal. Mas y mas detalles se suman a la lista,
no poseen comillos, visten cruces, tienen reflejo, una variada
organización e inserción social (vampiros estudiantes, vampiros
médicos, vampiros soldadores al arco, etc). Finalmente el más importante detalle: no beben sangre humana, los vampiros de Meyer se alimentan de animales, no puedo imaginar de donde saco la inspiración mística para tan asombroso rasgo. ¿Que
nos queda detrás de este breve recuento? Nada en lo absoluto. El
resultado es un humano común y corriente, con un extraño caso de
porfiria cutánea tarda luminiscente quizás, pero humanos al fin y al
cabo. El mismo problema que se extiende en todos los ámbitos de esta
película, bosquejos vanos, intentos experimentales que no logran
completar una idea satisfactoria.
Técnicamente esta historia de sangre diluida no destaca por su ejecución. El metraje es simple, de vez en cuando intentan incluir una que otra toma de cine arte pero dicha incursión fracasa, a pesar de ello cumple su función. La inclusión de efectos digitales es todo un amplio campo aparte para criticar, escenas sintéticas y poco sutiles. Desde la computarizada manzana hasta la fatídica escena del baseball familiar (escupiría a Muse por musicalizar dicha vergüenza) somos testigos de una total falta de naturalidad plástica que termina por sugerirnos risas en situaciones que en la narración invita a otro tipo de sensaciones. Un fiel ejemplo es la secuencia en donde Pattinson revela su secreto-eje existencial, decide darle a Bella una probada de su desbordante poder. Al verlo correr como un avestruz por el bosque cuesta arriba con la chica sobre su espalda es inevitable carcajearse en vez de conectarse con la sorprendida Bella o con el “atlético” Edward. Lo mismo pasa con la escena final, un climax que debería ofrecer tensión y suspenso, pero que solo nos entrega una mal intento de cableado de bajo presupuesto, lo que nos hace olvidar cualquier trama e intención y nos hace fijarnos en la pobre ejecución.
Crepúsculo le hace honor a su nombre. El crepúsculo es el periodo de luz en donde no es completamente de día, ni completamente de noche. El film dice ser una historia de amor, pero esta muy lejos de ser una de ellas de manera satisfactoria, dice ser de vampiros, pero es solo una escuálida representación del mito. Una historia carente de situaciones que logren llamar la atención más allá de la expectación que quien sabe por que diantres generó. Lo que nos queda es una fantasía “falsa” creada para humedecer entrepiernas púberes y de paso llenarse los bolsillos en el intento. Desconozco si el libro posee dichas falencias, pero si nos situamos en la postura de que dicha literatura chatarra constituye el referente literario de nuestra “instruida” juventud actual podríamos pensar en que su realidad no esta muy alejada de la adaptación y con aquello de paso deforma el gusto por el cine de nuestros ya torcidos prospectos de futuro.










































Priceless
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El producto es una relación fría y distanciada pero que paradójicamente para los fans o quienes gustaron de la película representa el fiel reflejo de un romanticismo no visto desde “Lo que el viento se llevó“. Si bien todo el film es un infernal bucle de miradas sacadas de Zoolander y fantasías de quinceañera ovulando
Priceless
N.O