
GOMBROWICZIDAS
El Porcus Hungaricus era el
editor responsable, ésta es una manera de decir, de la revista
"Lateral", una publicación de la misma "terra mítica" del Orate Blaguer.
Cuando
el Aceitoso nos puso en contacto el Porcus Hungaricus sufrió una
transformación notoria y, aunque magiar, las cosas entre nosotros
tampoco terminaron bien, como no lo habían terminado con el catalán, no
podía ser de otra manera.
Este sombrío profesor de Literaturas
Eslavas de la Universidad de Barcelona le pidió al Aceitoso que se
pusiera en contacto conmigo después de la aparición de "Cartas a un
amigo argentino" pues tenía interés en publicar parte del epistolario
en su revista, cosa que hizo en mayo del año 2000.
Mientras que
mi relación con el Orate Blaguer tuvo un ascenso rápido, un
amesetamiento prolongado y un final en caída libre con un intento de
eliminación, la que tuve con el Porcus Hungaricus fue distinta, al
ascenso rápido lo siguió simplemente la desaparición.
"Tu
último fax me fascinó. Me sentí partícipe impostor de una vieja pieza
teatral que no cesa: tú haciendo el perenne papel del Goma brillante y
susceptible (...) he actuado como un porcus hungaricus pero he cumplido
con los grandes objetivos esenciales: 1) Crear un maravilloso material
con y sobre tu correspondencia con Gombrowicz 2) Iniciar una amistad
que va más allá de una mera y vulgar correspondencia y, en su falta,
puede convertirse en un metacarteo 3) Lograr que las chicas laterales
se enamoraran de ti"
El metacarteo del que habla el Porcus
Hungaricus se debió en parte a una forma de ser mía que con el
transcurso del tiempo se vuelve inaceptable, y también al hecho de que
la mismísima revista había desaparecido.
Las razones que la llevaron
a la bancarrota no son bien conocidas, pero no son pocos los que
piensan que algo que ver tuvo con su destino malogrado el aspecto un
tanto dudoso del elenco editorial que aparece en la fotografía en la
que el Porcus Hungaricus se distingue por su cabellera blanca.
La
feliz circunstancia de que haya coincidido la reedición de "Gombrowicz
en Argentina" con el renacimiento de "Lateral" nos obliga con el Porcus
Hungaricus, por lo que lo estamos haciendo miembro otra vez del club de
gombrowiczidas.
Yo vengo sometiendo a los editores, a los
escritores y los embajadores a lo que podríamos llamar las ordalías de
los tiempos modernos para poder explicar los cambios, mutaciones y
metamorfosis que sufren mis relaciones con ellos con el transcurso del
tiempo. Una característica común que tienen estos juicios de Dios es
que los acusados son sometidos a pruebas invasivas pero extra
corporales para encontrar la causa de la transformación.
La repetición de este fenómeno se ha convertido para mí en un objeto decisivo, del mismo modo que le había
ocurrido a Gombrowicz con un cenicero.
"Yo
miro esta mesa y me fijo en el cenicero. Si me fijo sólo una vez no
pasa nada. Pero si vuelvo al cenicero y lo miro otra vez, entonces me
voy a preguntar por qué el cenicero se ha convertido en un objeto más
interesante que los demás (,,,)"
"Y si vuelvo a mirarlo una
tercera y una cuarta vez, el cenicero se convierte en un objeto
decisivo. Por la repetición de un acto de conciencia se llega a dar una
importancia terrible a una cosa que no tiene aspecto de ser tan
importante. Esta emboscada de la conciencia tiene una gran importancia
en mis obras"
Las transformaciones que sufren mis relaciones con
algunos gombrowiczidas tienen un cierto parecido con las mutaciones que
observa Gombrowicz sobre la mano de un mozo del café Querandí, una mano
que pasa de una inocencia absoluta a una posesión diabólica.
A las
diez de la mañana estaba tomando un café en el Querandí. El mozo se le
acerca y Gombrowicz empieza a ponerle atención a su mano que cuelga
silenciosa, secreta y desocupada pero, de pronto, sin saber por qué,
sus pensamientos vuelan hacia un árbol que había visto una vez desde la
ventanilla del tren.
La
mano del mozo lo había asaltado de repente en medio del silencio. Al
volver a su casa la mano ya no estaba con él, pero una lectura que
estaba haciendo de la conferencia de Heidegger sobre Zarathustra le
inyectó a la mano una nueva dosis de existencia. La idea que lo llevó
nuevamente al Querandí fue la del eterno retorno. Mientras se
preguntaba si debía preparar la ropa para lavar, en el mismo momento,
ese ser de Nietzsche que venía desde los primeros orígenes hasta las
últimas realizaciones, estaba con él. Un ser representante de la
amargura, la furia y el silencio de la humanidad. Silencioso como la
mano del mozo. ¿Qué estaría haciendo la mano en el Querandí mientras
Gombrowicz estaba en casa? Aquí ya podemos observar cómo por la
repetición de un acto de conciencia se llega a dar una importancia
terrible a una cosa que no tiene aspecto de ser tan importante.
Si
dejara de pensar en la mano del mozo la mano se disiparía en la
facilidad de la nada, pero la mano volvía a él porque el había vuelto a
ella con Nietzsche y poco tiempo después con la mano del Embajador de
Polonia con quien ahora estaba conversando. Miraba esa mano diplomática
apoyada en el brazo del sillón, pero no era ésa la mano, sino aquella
otra abandonada allá, como un punto de referencia. Gombrowicz empieza a
tener miedo del diablo, un sentimiento extraño para un incrédulo, pero
la presencia del mal convertía su ser en una existencia azarosa,
inquietante y susceptible del diabolismo. Le resultaba difícil aceptar
cualquier tipo de certeza en un asunto en el que la falta de datos
tenía el mismo significado que su abundancia.
Su propia mano descansaba tranquila en
el bolsillo, también descansaban tranquilas las manos sobre las rodillas de los automovilistas que corrían en sus coches.
¿Y
la mano del Querandí qué estaría haciendo? Estaba vagabundeando en la
periferia de sus límites en busca de no se sabe qué. ¿Y si Gombrowicz
de repente se arrodillara ante la mano? Sería un intento fallido, como
siempre, de construir un altar cualquiera. Una desesperación por
agarrase de algo, de la mano del mozo del café Querandí.
Más
tarde, en el restaurante Sorrento, se le acercó el mozo, también con
una mano desocupada igual que en el Querandí, una mano que sólo era
importante porque no era aquélla. Está adorando un objeto que él mismo
enaltece. Se arrodilla frente a un objeto que no tiene derecho a exigir
que se postren ante él, de modo que el ponerse de rodillas sólo depende
de Gombrowicz. Escogió esa mano del Querandí para agarrarse de algo,
para tener un punto de referencia.
Pero no quiere que la mano
haga algo con él, o de él. Ya es de noche, llega a un café de Lavalle y
San Martín. Discute con Gómez sobre el tema de Raskólnikov. Su punto de
vista es que en "Crimen y Castigo" no existe un drama de conciencia en
el sentido clásico de la palabra. El juicio de Raskólnikov no es de su
conciencia, es un juicio surgido de un reflejo, un juicio de espejo.
Este tipo de reflejo se convierte también en un mecanismo que nos lleva
a decir todo lo que nos pasa por la cabeza. Esta conciencia de espejo
es como fijar la mano en alguna parte, fuera de nosotros, por la fuerza
de un reflejo. Así como se iba construyendo la conciencia de
Raskólnikov, así es como se le estaba construyendo esa mano a
Gombrowicz. Esa mano se ha convertido en un parásito, ahora se está
alimentando de Dostoievski, no parará hasta chupar de Gombrowicz todas
las palabras que necesite.
Llegó
la medianoche, habían pasado catorce horas desde el comienzo de la
aventura. ¿Dónde estará la mano en ese momento? ¿Todavía en el
Querandí? ¿Descansará en alguna almohada y se habrá puesto a dormir?
"Me
pareció tranquila al verla por primera vez en el Querandí... , pero se
ha vuelto cada vez más posesiva... , y yo mismo ya no sé qué es la que
podría frenarla allá, en la periferia... , donde está mi límite"






































