
PELEA DE PERROS
Wilfredo Carrizales
Don José y don Natalio, hijo y
padre, de sesenta y ochenta años respectivamente, solían sacar cada tarde sus
sillas de madera a la puerta de la calle. Se instalaban allí y su conversación
siempre giraba en torno a sus vidas pasadas en el mundo del circo. El primero
en comenzar a hablar era don Natalio.
-“¿Te acuerdas, José, de aquella
bailarina húngara que contratamos para nuestro circo? Ya se me olvidó su
nombre. Tan rubia, tan llena de carnes...”
-“Y tan puta”, acotó rápidamente
don José, poniendo excesivo énfasis en la afirmación.
Don Natalio le respondió,
fastidiado:
-“Por eso te acostaste
innumerables veces con ella”.
Don José tosió, algo incómodo.
Volteó la cara don Natalio y sonrió con su acostumbrada malicia.
-“En los trece meses que estuvo
con nosotros”, continuó don Natalio, “no hubo pueblo o ciudad adonde lleváramos
nuestra carpa que no la aplaudiera fascinado y subyugado por su arte”.
En los pechos de ambos viejos una
sustancia relegada entró de nuevo en combustión. Después de un breve silencio,
don José exclamó:
-“Maruzka, la dama magiar, así
se hacía llamar. Cuando pienso en su triste fin, me dan ganas de matar a todos
los perros”.
Don natalio emitió un suspiro,
mezcla de congoja e indignación.
-“La culpa en parte fue tuya,
José”.
-“¿Mía por qué, papá?”
-“Tú sabías que Lulú, la
amaestradora de perros, no iba a tolerar que la engañaras con la bailarina. Yo
te advertí, pero ya habías perdido la cabeza. La noche que caíste del trapecio
estabas embriagado de esa hembra. Tu hijo Jesús te atajó y amortiguó tu caída,
empero él quedó cojo para siempre. En esa ocasión, Lulú ideó su venganza”.
-“No quiero seguirte
escuchando”. Don José intentó ponerse de pie. Su padre se lo impidió y le
conminó a permanecer allí.
-“Me oirás aunque revientes...
Lulú infectó con mal de rabia al perro dogo y luego hizo que el animal mordiera
a la húngara en varias partes del cuerpo. Lulú huyó por un lado y el perro,
enloquecido, por otro. La húngara murió tres días después entre horribles
convulsiones”.
Los dientes de don José
rechinaban ferozmente y sus ojos, inyectados en sangre, manifestaban odio
contra su padre.
Don Natalio echó una ojeada
hacia el cruce de las calles y descubrió a un perro que orinaba con la pata
mediolevantada. Don José dirigió sus ojos al opuesto extremo de la calle y
avistó a otro perro que caminaba hacia ellos.
Los dos perros se encontraron en
medio de la arteria de tierra. De inmediato, empezaron a olisquearse los culos.
Don José y don Natalio intercambiaron una mirada cómplice y al mismo tiempo se
pusieron a azuzar a los perros.
Los canes, casi de idéntica
contextura, comenzaron a morderse salvajemente, acompañando la pelea con
temibles gruñidos. Don José se levantó de su asiento. Su rostro evidenciaba un
intenso rencor. Con las manos crispadas y sin dejar de rechinar los dientes,
previno a su padre:
-“¡No vuelvas a mencionar el
asunto de la bailarina! Me pongo rabioso y puedo morderte.” Luego tomó su silla
y penetró a la casa, maldiciendo.
Don Natalio, con el rabo entre las piernas, decidió contemplar el combate de los perros y su seguro sanguinario final, cuyas mejores dentelladas no se habían producido aún.






































