
GOMBROWICZIDAS
WITOLD GOMBROWICZ Y CECILIA BENEDIT DE DEBENEDETTI
Juan Carlos Gómez
"Precisamente
en la casa de los Berni conocí a Cecilia Debenedetti en su casa de
avenida Alvear donde hacía reuniones con un grupo de personas bohemias.
Cecilia vivía dentro de una especie de halo brumoso: conmovida,
embriagada, espantada por la vida, se despertaba de un sueño para
sumirse en otro sueño aún más fantástico, luchando a la manera de
Charles Chaplin con la substancia misma de la existencia... no, era
incapaz de soportar el hecho de existir, se trataba de una mujer de
cualidades eminentes y excepcionales, un alma muy noble de aristócrata"
Gombrowicz
había conocido a la Condesa en la recepciones que hacía en su casa de
la avenida Alvear. Reuniones de bohemios, bailarines y chicas monísimas
en las que Gombrowicz se recuerda siempre con una copa en la mano.
"¿Conoces
a aquellas dos chicas de allí, de aquel rincón?; –Son hijas de la
señora que está hablando con La Fleur. Te diré lo que cuentan de ella:
se llevó dos chicos de la calle a un hotel; para excitarlos les puso
una inyección..., pero uno de ellos tenía el corazón débil y se murió.
¡Ya puedes imaginarte! Una investigación, la policía..., pero estaba
bien relacionada, echaron tierra sobre el asunto, ella se marchó un año
a Montevideo"
Los
jóvenes eran para Gombrowicz víctimas propiciatorias de la muerte y del
sexo en sus formas más intensas. El orden social descansaba sobre esos
esclavos, que apenas adolescentes eran tomados por el cuello para el
servicio militar, obligados a jurar obediencia ciega, preparados para
matar y dejarse matar.
Gombrowicz consideraba a la juventud
como un valor por debajo de los otros valores, sin embargo, también
como un valor cruel que destruye a los otros valores, un valor que se
bastaba a sí mismo, y hasta llega a decir que entre Dios y el joven se
quedaba con el joven. Pero los jóvenes de sus narraciones, por lo
general, están en apuros.
Cecilia
era una dama de los tiempos de su prehistoria argentina, debería correr
todavía mucha agua para que la Condesa, esa dama que había "resultado
ser un báculo de virtudes y un calor de encantos, a pesar de la
neurastenia que la perseguía", le abriera paso a la resurrección de
Gombrowicz apoyando la edición argentina de "Ferdydurke".
Cuando a
fines de 1945 Gombrowicz anuncia en el café Rex que va a regresar a la
literatura con la traducción de "Ferdydurke", sus amigos se proponen
ayudarlo. Era preciso asegurarle la subsistencia para que se dedicara
exclusivamente a la traducción.
"En lugar de buscar un mecenas
habíamos tenido la idea de reunir a una docena de amigos de buena
voluntad cuya contribución sería de cien pesos cada uno, lo que nos
permitiría reunir mil doscientos pesos, o sea una subvención de
trescientos pesos por mes. Se precisaba que no se trataba de un regalo
sino de un préstamo, pues los cien pesos les serían devueltos a cada
contribuyente cuando se cobraran los derechos de autor. Era una especie
de fondo nacional para las artes... Pero en esta ocasión, como en
tantas otras, la solución vino de parte de Cecilia Benedit de
Debenedetti a quien Gombrowicz dedicó la edición argentina de
‘Ferdydurke’ (...)"
Cuando
Gombrowicz traduce "Ferdydurke" al español, los miembros del comité de
traducción se empiezan a entusiasmar, de este entusiasmo Gombrowicz
deduce algo que anota en sus diarios mucho tiempo después.
"Era,
pues, un libro universal. Era uno de esos pocos libros, poquísimos
libros polacos capaces de conmover realmente a los lectores extranjeros
de la mejor categoría. ¿Y en París? Me di cuenta de que la carrera
mundial de ‘Ferdydurke’ no era algo que perteneciera sólo al dominio de
los sueños, cosa que ya sabía de antes, pero se me había olvidado"
Pero también hace una referencia a la indicación que le
da a los lectores en el prefacio para que se toquen la oreja derecha,
la izquierda o la nariz según fuera el sentimiento que les hubiera
despertado el libro.
"Con esta ligereza, incluso frivolidad,
introduje a ‘Ferdydurke’ en el mundo argentino; y lo hice así porque
ante este segundo debut mi postura era aún más intransigente con
respecto al lector y a su aceptación o su rechazo"
En las
vísperas de la aparición de "Ferdydurke" Gombrowicz se refiere a la
Condesa en su casa de Salsipuedes pensando en millones de pesos.
"(...)
estoy muy bien, en un lindo chalet con buena cocina y en compañía de la
Condesa. Ocurre que mi estadía aquí puede ser muy fructuosa y la
Condesa es tan amable conmigo que quiere presentarme a su prima que
tiene dos millones y a varios otros miembros de su familia que suman
alrededor de diez millones, pero tengo que mantener a toda costa mi
prestigio y dignidad (...) ¡Qué culta, qué inteligente, qué fina es
esta mujer!"
La Condesa estaba deslumbrada con Gombrowicz y posiblemente también algo enamorada.
"Nos
veíamos a menudo en casa de los Berni; después Witold vino a nuestra
casa. Quería que abriera un salón: –No sea perezosa, Cecilia, celebre
reuniones intelectuales en su casa, la vida social es una obligación y
no un placer (...)"
"A veces me invitaba al Rex y jugaba al
ajedrez. Yo me quedaba sola sentada a una mesa esperándolo. Esperaba,
esperaba... y cuando había terminado de jugar, me acompañaba a casa. En
ocasiones, por la noche, íbamos a cenar al Sorrento de la calle
Corrientes, y cenábamos tranquilamente, contentos de nosotros mismos.
Era un gran amigo (...) En la calle Venezuela tenía colgado un cuadro
que había pintado yo, era un desnudo colgado al revés, quizás trataba
de disimular el hecho de que le había gustado.
En el banco polaco le
hacía creer a los empleados que yo era una condesa (...)"
"En
mi casa de Salsipuedes, después de cenar, nos sentábamos en el porche a
charlar. Durante aquellas largas veladas se hablaba de todo (...)"
"Cuando
terminábamos de conversar se iba al garaje donde estaba su habitación,
yo veía cómo se alejaba completamente solo. Todas las veces tenía la
misma extraña impresión al verle la espalda, se repetía todas las
noches. Siempre de espaldas alejándose completamente solo"
Seis años
después de la legendaria traducción de "Ferdydurke" Bondy lee esta
versión argentina y escribe una nota, la primera aparecida en Europa
Occidental después de la guerra, una nota que le va abriendo el camino
a Gombrowicz para su entrada triunfal en París.
"Se trata de las
aventuras de un hombre maduro, reintegrado por la fuerza a la
adolescencia y a la escuela, que se convierte en objeto de diversas
empresas de infantilización y de adultización. Publicaremos
próximamente algunas páginas características con la esperanza de que
los amantes de Jarry se alegrarán de descubrir a un Gombrowicz que, con
una tradición eslava y gogoliana, payasesco, desafiante e irónico, crea
una obra que llega a ser hasta genial, en todo caso de una sorprendente
extrañeza"
Bondy
no le pierde pisada a Gombrowicz y sigue escribiendo sobre "Ferdydurke"
hasta que, finalmente, la editorial Julliard le abre las puertas a un
mundo que en Polonia y en la Argentina le había sido hostil.
El
restaurante Sorrento, donde acostumbraba a comer con Cecilia, se
convirtió para Gombrowicz en una especie de santuario gastronómico.
Allí recibí enseñanzas sobre los modales de la mesa: el cuchillo sólo
se utiliza si no se puede prescindir de él, nunca para una omelette,
una tarta, con el tenedor alcanza; la cuchara debe ingresar de costado
a la boca, nunca de punta; el caldo se debe absorber en silencio; no se
deben tomar los alimentos con las manos; lo que ingresa a la boca no
puede salir por la boca: –¿Y los carozos y las espinas?; –Arréglese,
hay que sacarlos antes; jamás usar mondadientes y mucho menos llevarse
una mano a la boca para ocultar las maniobras que se hacen con él.
Basta
decir que Gombrowicz violaba una por una todas estas prohibiciones:
–¿Qué hace, Gombrowicz?; –Vea, Gómez, una vez que se sabe, está
permitido.
Y es el Sorrento el que le da una idea sobre la que
escribe un pasaje célebre en las páginas de los diarios en el que
convierte a la comida en un mecanismo que baila al son de una música
metafísica.
"A derecha e izquierda, burguesía. Las mujeres se meten
en sus orificios bucales trozos de carne mortecina y mueven la bocacha
–eso les pasa al esófago y después al aparato digestivo–, todo ello con
cara de sacrificio, y de nuevo abren el orificio para llenarlo... Los
hombre se valen de cuchillo y tenedor; entre otras cosas, sus
pantorrillas embutidas en las perneras se nutren aprovechando el
trabajo de los órganos digestivos..., ¿sería francamente extraño
abordar la actividad de la gente aquí reunida como la nutrición de las
pantorrillas...? (...)"
"Pero
el mecanismo de sus movimientos está fijado en los más mínimos
detalles, todas estas operaciones están definidas y formadas desde hace
siglos: alargar la mano para alcanzar el limón, untar los trocitos de
pan, conversar entre dos tragos, llenar los vasos o servir los platos
al margen de una conversación, con una sonrisa oblicua –una uniformidad
de movimientos casi como en los conciertos de Brandeburgo–; se ve aquí
la humanidad que se repite a sí misma sin descanso. La sala, rebosante
de comilona, se manifiesta en una infinidad de variantes, como una
figura de vals repetida por los bailarines; y la cara de esta sala
concentrada en su eterna función era la cara de un pensador"







































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