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La señal del arca del sol

Enviado por Corresponsal cinosargo el 31/01/2009 a las 15:26
Corresponsal cinosargo

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Rolando Gabrielli, periodista, poeta, ensayista y narrador chileno (3)
La señal del arca del sol

Detrás de un poeta, siempre se encuentra una historia, aunque escriba con la mano del olvido para editores, impresores y críticos. Esta no es una frase mía, sino un saldo de una intensa conversación con Rolando Gabrielli, poeta, narrador y periodista chileno, tantas horas que no pueden ser en vano, ni quedar impunes. Qué hay detrás del ayer y delante del futuro, se pregunta en más de una ocasión, y me mira con la sorpresa de quien llega a un aeropuerto por primera vez en búsqueda de alguien desconocido.

No, no es un rimero cualquiera,
Sino una gran torre de libros
Cuya cima los cielos toca,
Y la base aquí al lado de uno,
Justamente de modo estrecho,
Siendo mañana, tarde, noche
Un solo todo palpitante


"Los libros desairados"
Carlos Germán Belli

La historia es algo que muchas veces no deja huellas visibles, advierte, y se acomoda sus espejuelos de miope que suele quitárselos para ver mejor de cerca, y me deja con la pregunta en el aire, él, un sobreviviente del 73 y del 89. Dos fechas que lo aproximan a sus dos mundos actuales, en pasado y presente, aunque nos da a entender que construye para un futuro que espera le sorprenda gratamente porque ya está escrito.

Es una segunda afirmación del poeta frente a la historia y pone a circular, rodar las palabras, pero se detiene en una: putsch, que es el 73, Santiago de Chile, la partida, el pasado que lo recobra sin proponérselo a cada paso, aunque el presente es el que tiene de frente, y prefiere privilegiar el futuro, “por desconocido, real”. La palabra suena seca, cortante, anglosajona, determinantemente devastadora, como en efecto resultó ser en la primavera chilena, agrega Gabrielli, como si dejara caer una de sus afirmaciones en un gran paréntesis. Dos veces ha vivido en la Roma incendiada de Nerón, dice, cuando los rocket impactaron el Palacio de Toesca en Santiago y el 20 de diciembre, día en que ardió el popular barrio El Chorrillo, tras la invasión de Estados Unidos a Panamá. Fechas en llamas, concluye y abandona el tema.

Como periodista, aprendí desde un principio, que mi oficio era “saquear” al entrevistado, asumir con él su historia, muchas veces olvidada por su propio protagonista, empujarlo sin pedales por la solitaria ruta para que se asombre de su propio vacío, como él apunta con frenesí en una de sus crónicas, y de alguna manera arrastra su prosa poética siempre entre los límites que producen las orillas en paralelo.

Para incendios, Roma

- Del 11 de septiembre chileno usted narró recientemente su historia y en repetidas ocasiones ha escrito sobre el Chile de antes, después, actual y del futuro, y a veces siento que no se queda con ninguno. ¿Qué significa Chile para usted más allá o acá del confín del mundo?

“Siempre ocurre un bautizo, alguien nombra lo innombrado, y nos damos cuenta de la existencia de ello quienes no fuimos sus fundadores, ni conversábamos con los espíritus, ni nacimos frente a un río, y sólo compramos los sueños de la patria como una historia sin fin. Chile es memoria de poetas, traza dolorosa vivida de su pueblo, historia de un grupo maniqueo de bigote y bastones, altar de sacristanes que se llevan la limosna, geografía desmembrada, y con honduras sociales terriblemente violentas, como ocurre con los pueblos de nuestra América, pero nos pertenece más allá del olvido. Chile, como todo territorio habitado, es un camino en construcción, un proyecto, un proceso, un espacio para vivir y hacer la vida socialmente. Aprender de la historia desde la conquista española a la fecha, es un recurso que el Estado ni los chilenos debemos despreciar para hacer más país a la larga y angosta faja de tierra. Cada nacimiento es único, y toda adopción es circunstancial, equivale a un segundo corredor de fondo que hace el recorrido en paralelo como si fuera una nueva historia que acompaña la original. Uno busca un país ideal, el de la memoria juvenil, de las luchas de la prima adolescencia, un país para todos, una suerte de primavera global, y después sabe que existen los otoños e inviernos, y los veranos son prolongados sueños de la infancia, que se borran con las primeras lluvias detrás de los ventanales. Lo que está claro es que el camino de la construcción de un país está lleno de piedras y el hombre es el único especialista en tropezar una y mil veces en ellas.”

- ¿Usted sigue siendo un escritor de la diáspora, que camina por esa delgada cuerda floja casi hamleteana del ser y no ser, diseminado como miles de chilenos por el mundo?.

"Margarita, el mundo se ha transformado en una diáspora para los que inclusive creen vivir en casa. Son la pasarela de su propios espejismo. La dispersión humana es la tónica de las últimas décadas para no ir más atrás. Y aún así se siguen erigiendo muros, cerrando fronteras, impidiendo la libre circulación de las personas, porque el sistema económico mundial crea más miseria humana cada día. La religión divide el mundo de un Dios muy disputado, socorrido e intervensionista de intereses subalternos, clásicamente terrenales. No es un comentario muy poético, pero real. Chile tiene una diáspora importante. Es hora, tres décadas después, que el gobierno convoque a un foro sobre Chile visto desde el exterior, el Chile posible, el Chile para todos los chilenos, y saber como pueden participar los que vivimos en el exterior más allá del folclore, las fiestas patrias y el mote con huesillos. Un Chile On line con sus raíces, no prejuicios, ni medias verdades. Un modelo de hombre de la diáspora de nuestro tiempo es el recién fallecido intelectual árabe, musicólogo, profesor universitario y ensayista luminoso y comprometido arabista, Edward Said. Hasta el último día de su vida se pronunció por un mundo mejor y trabajó seriamente a favor de la nación árabe, en un panorama cada vez más convulsionado, incomprensible, violento, que se escapa de las manos a la humanidad. Los diarios de Chile nos dan cuenta, que la mayoría de los intelectuales chilenos, se sienten contentos con el pequeño queso que se le permite al ratón y no se pronuncian ni sobre el curso del río Mapocho. El discurso público, más allá del Estado y de la empresa privada, de las Fuerzas Armadas, parece estar en manos de charlatanes mediáticos, bufones de un sainete menor, vedettes del vodevil virtual. El país del avestruz no conjuga con el país global insertado en el mundo. No debemos dejar de pronunciarnos por un Chile mejor, con oportunidades para todos, y esto significa equidad, justicia, salud, educación, vivienda, solidaridad, trabajo sobre todo y bien remunerado, transparencia en las finanzas, en el gasto público y privado. Queda mucha tela por cortar en un país que atiende con gran esmero las leyes del mercado, y que al mismo tiempo se hace el sordo frente a la libertad de expresión y mantiene con tanto celo la llama de la libertad”.

Gabrielli me (a) trajo por sus crónicas, la denuncia con poesía, certificación de los tiempos, cronista de la infeliz constatación de los hechos, porque en una realidad expresada de esa forma y naturaleza, sabemos que está el poeta, filtro mayor de los espejos opacos, y estoy plagiando a mí entrevistado, porque el periodismo es recreación, reciclaje de quien tenemos frente a nosotros y esperamos que sus opiniones se conviertan en hecho nuevo, entre otras cosas, para nuestros lectores.

Poeta río, nunca dos veces

Se me quedó atrás en la memoria la casa blanca del poeta, en el desamparo de la selva y el pequeño río recreado en un poema. Es muy probable me advierte, que alguien ya tenga ese poema, y sé que son sus cábalas. Me confidenció con indudable nostalgia, que le llamaban “poeta río”. A los pies de mi casa/ donde el muro divide/ el patio civilizado/ y la selva misteriosa/ un río de pobres aguas encauzadas/ me implora que no me vaya. Y sigue la historia del río, humano personaje vinculado ala vida, es parte, más bien del poeta, y le comunica con desesperación que permanezca a su lado con una cierta fidelidad tan poco común en estos tiempos.

Todo poeta tiene su arsenal, muchas veces intacto, inédito, y el de Gabrielli es un material virgen, sin uso, húmedo como el trópico que lo hunde en el sopor lentamente a quien llega a estas tierras calientes, que ignoran los días términos medio y pasan del fogón a los lluviosos húmedos relampagueantes. Tiempo circular, dice cuando me paso un pañuelo sobre el rostro. Pero, sin aire acondicionado hubiese naufragado, como dice y suele repetir el poeta de esta atmósfera acuosa. Y llegamos al café, algo que nos mantenga con los ojos abiertos.¿Negro o con leche, me dice? Negro para los dos y sin azúcar. Las neuronas ya resbalaban por la nada, atornilladas al tobogán, palabra gabriellina, que en las horas subyace en la conversación, en frases arrastradas, llenas de melancolía, unas contenidas en su furia, siempre francas al extremo, (detesta el cinismo de la diplomacia), cargadas de ironía, transgresoras en el doble sentido, si, nunca las mismas, heraclitianas, porque descubrí que no nos podemos bañar dos veces en una misma entrevista ni en las palabras que va dejando el autor de Manifiesto Aldeano.

(En Panamá hay que bañarse dos y tres veces al día para despejar los humores del cuerpo y del alma, y de esto no tiene por qué enterarse Heráclito el Oscuro, como dice Gabrielli.)

Oh ciudad, acuarela entre dos océanos,
el futuro está huérfano, —me dices—.
¿Cómo puedes decir—me pregunto— que eres feliz
con estos dolores, donde la náusea
duerme en una plaza pública
con permiso municipal?
Hacia el mar te empujó la historia,
(árbol que nace torcido,
semilla que se la lleva el viento)
Un siglo en one way, amiga,
es hora de convertir la vía en puente,
y salir del callejón sin salida.
A la poesía ya no la sostienen ni las palabras.
Buscas un andamio y sólo polvo, Quevedo,
mas polvo enamorado.
Homenajes en medio de un romance frío,
Nueva York, Panamà o Santiago,
manicomio para una Babel,
— sin palabras me dices—
cuando alguien recoge sus pasos,
como si fuera mi destino.
No es azar,
sino desencuentro.
Lo que queda del futuro,
alguien ya se lo ha jugado


Si, fragmentos del extenso poema Manifiesto Aldeano, un texto documental de su tiempo, la mirada ácida, abierta, real de un poeta de su época, un recuento del tiempo en soledad, de abandono y lucidez, que se define en el verso constructor del poema (peso lábil de la memoria) como un peón de su propio esfuerzo. Lo que ya no queda es tiempo, comienza por decirnos el poeta y apura su galope por este mundo, a su manera. Y en verdad, el tiempo tan lato como el infinito, nos comenta, también se acorta en los hechos cruciales que vive la humanidad en estos tiempos.

Sol rojo de la poesía

- ¿Qué es la poesía, Gabrielli?
“Bécquer la definió magistralmente y Parra repitió esa respuesta en Estados Unidos, recuerdo que me contó la anécdota, en medio de una agitada conferencia y un mar de delirantes devotas de la antipoesía. En verdad mejorar la respuesta becqueriana es no sólo difícil, innecesario, y entraríamos en definiciones literarias de manual. Poesía eres tú, dijo el español, pero sin duda, hoy sabemos que poesía es vida puesta en palabras, porque detrás de la palabra está la poesía, en las cosas, en todo acto humano, en lo que la especie hace, como por ejemplo crear nuevos mundos. Nada surge de la nada en poesía. Aire es lo que se respira y con lo que se oxigena la poesía en su raíz existencial, coloquial y más allá de su entorno. La poesía no limita con nada, carece de puntos cardinales, nace donde muere la prosa y viceversa. Tiene la autonomía de su propio vuelo. El poema es el único gestor de su destino. Se abre y cierra a la imaginación del lector, en la soledad más estricta y absoluta. Su lectura se comparte después, que el poema habita en la casa del lector. Se disemina cada vez que encuentra un nuevo hábitat en la imaginación de quien se le aproxima con sigilo, atención, respeto. Viejo y misterioso oficio milenario el de la poesía, viaja en los renovados sueños de la mujer amada y es presencia viva de su tiempo, sin fronteras cruza los límites de su palabra si el poema es verdadero. ¿Nombres de poetas?. Los que ya sabemos que se quedaron en y con los tiempos.”

Reciclo mi tiempo, la vertiginosa monotonía de las cosas, a veces en una acto ciego, con fe absoluta en a las palabras, otras movido por el desencanto, la afonía del verbo, la nostalgia que incomoda al futuro, y nunca me ha pedido permiso para ocupar un espacio, define Gabrielli su acto poético, sus momentums, más bien, esas atmósferas que suelen reciclarle a él mismo.

Pienso en la casa del poeta, la luz que se cuela por las ventanas, los pinos, insomnes figuras, me dijo al presentármelas, y supe que con sus manos, en otro tiempo, los sembró uno a uno en la dura tierra panameña. No le digo, pero tiene tres hijos, muchos árboles sembrados y ningún libro editado. Se detiene ante un mandarino próximo a la selva y mira con algo más que los ojos la tierra a los pies del árbol. Todo este terreno, comenta, eran restos de construcción cuando llegué con mi familia, tierra pedregosa, llena de piedras. Y atrás, señala, está el río enmarcado por la selva, angustiado por la ciudad, abandonado de amores, -me queda mirando ya sin los espejuelos, unos ojos que no dejan de ser profundos- y a su suerte corren sus aguas, como la vida, la poesía. La tarde sigue caliente, a ratos nublada, en el caprichoso trópico, inestable clima, cubro con la memoria esas horas, y su afición por a las pinturas sobre Valparaíso, un poeta que nació en Santiago. Hemos recorrido la sala y me he detenido ante la calidez sureña de los objetos que adornan las paredes: una casita con una pareja de indígenas, de pequeños pajaritos, una jaula, figuras de greda (me informa de Pomaire), unas campanitas, palomas y artesanía escogida de Chile, comenta además de unas figuras de tagua de Panamá. No es todo, no hay tiempo para el turismo poético, le digo, se ríe. Pero no ha puesto objeción que retrate con mis ojos algunos rincones de la casa del poeta, como un cuadro curioso haitiano que se debe tomar distancia para recomponer la figura de un mercado muy animado. Venimos de regreso al cuarto y me detiene después de pasar un farol de barco en el pasillo, y de frente veo un cuadro. Enciende la luz, y me comenta que estaba en el comedor de su casa cuando niño, y que le inspiró en buena medida para hacer un cuento. Es un pedazo de diario de hace más de sesenta años, edad de la pintura, y destaca una fruta chilena llamada tuna, de una manera asombrosamente natural.

“La poesía está en el cuarto, señala, la pequeña factoría de la palabra, agrega. Lugar donde el poeta monitorea sus días. La infamia de mi tiempo, sonríe. Una época, según él, llena de paréntesis. Aquí carga los dados el destino y la noche pulsa las horas inacabadas. El amor como ese espejismo con que el desierto premia a los que cruzaron el silencio sin esperar nada. El amor es un vicio para la salvación. Yo sólo le pedí, redímeme. Me contestó, espera, ya tendrás. Siempre una espera y postergación. Es la musa poética esquiva, rebelde, amorosa y que finalmente se rendirá a ti.”

La casa de un poeta no es sus paredes, y pequeños o grandes objetos, algún árbol, o los pasillos de su casa que conducen a la biblioteca, y no es poco decir, que responde a quien habita esos espacios en invierno o verano. Y menos aún ignorar la historia que hay detrás de cada historia no contada. El poeta es dueño de su palabra y silencio, me dijo Gabrielli. La casa de la poesía está en unas libretas que veo entrar y salir de las manos de Gabrielli, hojear, recorrer y pulsar, que me va entregando para leer o el mismo prefiere traducirlas en voz viva. El poema, agrega, está en todas parte y en ninguna, en el azar, en la pequeña escena que se presenta en la memoria, en un raro brindis con el presente, en la monotonía punzante del desafecto, y en todo momento, atmósfera, sentimiento donde se recicle la vida a sus propios costos. De rodillas/ siento que un naipe/ abre el negro vicio/ del juego, la rótula/ instalada con su hermana/ en las blancas sábanas/ se vienen las nieves/ el alba rosa de la mañana/ horas en que el pan/ entra al horno/ y despunta la sangre/ en la cresta de un gallo sol rojo de alas maduras/ vuela, vuela al infinito. (SOL Rojo).

El arca de sol, una señal

Para mí expresamente en la mujer amada, enfatizó Gabrielli, como posesionado de un libreto superior. Se levantó del sillón negro donde se mantenía impecablemente estacionado. Recorrió el cuarto donde su vista no llegaba. Supuse que no estaba ahí. Por primera vez lo vi vagar, ausentarse, y no le dije nada. Los poetas suelen transportarse de sí mismo. Migran en sus propias palabras. Algo parecido ha sucedido en este instante. Me pareció que buscaba un par de alas. y de pronto me interrumpió. Ya tenía varios libros a su alrededor, un par en las manos, y papeles escritos. ¿Acumula pruebas, poeta, le pregunté con algo de ironía? Me miró con la punta de los ojos: “Un poeta, como dijo Char, debe dejar señales de su paso, no pruebas. Sólo las señales hacen soñar.” Fue cuando comenzó a caminar por el cuarto. A respirar diría yo. Me quedé leyendo varios poemas y notas que me dejó al descubierto.

El poeta abría parte de su corazón, la verdadera Caja de Pandora de su poesía, la supuse con algunos cerrojos más, y su nostalgia delatada en la hondura del poema, quedaba claramente definida como una señal en los textos que leí, en los poemas que me leyó, en la poesía que se desprendía por momentos en los silencios, en todo lo que no dijo y repitió,.en una frase obsesiva que andaba en búsqueda del tiempo perdido. Quizás lo vi en su Arca de Sol, por primera vez ruinoso, bañado en oro, cruzando uno de sus ríos reales e imaginarios. Ahí noté que detrás de los gestos, de la palabra vocalizada, escrita, se silueteaba la musa, un tema que quise dejar en el tintero de la esperanza (como él en verdad después, me pidió) y no sé por qué. Quizás me pegó lo de las cábalas. “No todo es poesía”, me interrumpe el hilo, Gabrielli. Tengo entre mis planes y desafíos ordenar unas cuantas crónicas en un libro que llevaría por título tentativo, El Arca de sol”. Buen título, exclamo de manera espontánea. Se ríe. Nos reímos. Hay que de dejar fluir, correr la prosa como la risa en los pulmones, le digo.

Ya que estamos de tan buen humor, le pregunto por sus canciones, letras que ha escrito en su universo inédito. Asiente con la cabeza. Un clásico hummm, plop plop... (el poeta es un niño) y comenta que ha escrito varias letras y que están en manos de un ángel. Y se detiene en un lejano y distante presente. Son los misterios de la poesía y de los ángeles. Un hilo muy delgado pareciera tejerse donde el poeta y la realidad parecieran encontrarse, y la palabra la transforma. El poeta ya no será el mismo después de haber confrontado su realidad, su espeso tejido, dice Gabrielli, la larga telaraña de su espera, puntualiza. La ficción-realidad de sus días quizás. Él insiste que mira al Norte y al Sur que se transforma en SC, (¿una cábala o la realidad?), con el mismo énfasis, aunque su vocación es Sur-Sur. Un poeta no se puede traducir en unas horas, por más intensas que sean. Es intraducible, diría. No fue mi intención, se lo dije. Quedaron no pocas cosas en el tintero. Muchas, supongo, Gabrielli las manejó a prudente distancia. Aunque le arrebaté un misterio de no sé cuántos, en su respuesta de paráfrasis:

- ¿Qué hace aquí le pregunté?
Enmudeció. Me miró. Esta pregunta, respondió seco, me la han hecho cien veces. Espero que su interés sea estrictamente periodístico, continuó. No me dejó responder. Se paró y trajo una agenda café, vendada con una cinta delgada, verde, una libreta herida por el tiempo. Y me leyó, pausado sin hacer un sólo comentario. Sospeché que había metido el dedo en la yaga.
¿Qué hago yo aquí? Aquí fracasó el Conde de Lesspeps /un constructor francés./ Paul Gauguin no pintó/ un solo cuadro en Taboga/ la Isla de Las Flores/ Francis Drake yace en el fondo del mar/ en Portobelo /Balboa perdió su cabeza en Acla/ Rimbaud tuvo entre sus planes/ visitar ciudad de Panamá en mil ochocientos y tantos/ Un chino y un burro/ murieron en una de sus independencias/ Están vigentes los cementerios para franceses/ norteamericanos y chinos./La historia recicló en sus mares/ a españoles e ingleses/ El país es un paso obligado/ como la vida, un tránsito hacia la muerte.

Absoluto silencio. Di vuelta la hoja. Cerró la libreta. La conversación giró entorno a su narrativa, especialmente la novela.

El proyecto mayor es su novela, sin duda. Difícil, me confidenció, escribirla sólo. Es un texto a dos manos pero son cuatro las que lo escriben. La ficción y la realidad nos llevan a caminos similares, a veces, sostiene. Me habló algo convencido y preferí no dudar. Es como intentar ver detrás de la sombra, me respondió en una de mis infinitas preguntas que intentaron subir unos peldaños a su Babel interior, que prefirió calificar de “piccola Torre de Pissa”. “Todo está escrito, todo,” me repitió en más de una ocasión cuando salimos de la casa a ver el jardín natural de la selva. La humedad me impedía aislar la materia de sus palabras. Todo se dispersa. Las oraciones como si se originaran y permanecieran en una gran masa de gelatina. ¿Flora y fauna, el hombre dónde estuvo?, se pregunta Gabrielli, y quizás él tampoco sabe donde está. No se trata de perder el glamour, sigue afirmando el poeta, porque la selva es la verdadera reina y no permite ni princesas ad honorem, todo se lo traga como la coraza del conquistador. “El paisaje es lo único que queda, está vigente, permanece, y desde luego nos reprueba”. ”¿Es preferible ser el viento que la piedra?”, termina preguntándome a mí.


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