
UN RELATO DE MARIETTA MORALES RODRÌGUEZ
Fue un paìs que sangró por aquellos que nacieron con el alma enjaulada , y no supieron acallar la angustia de vivir entre barrotes . Lo que surgieron como los hijos indòmitos , que transpasaron la daga de los siete demonios que pululaban en los caminos desafiantes de la histeria . Aquel Señor feudal que emergió de la nada . Qus se encaramó al àrbol del poder , como una hàbil arpìa , que deseó el el caldero de las furias . Aquel señor feudal que naciò con el cerebro propio de una vaca . Caminó encorvado por el peso de sus joyas . Fue rodeado por un ejèrcito de bufones . En su trono destrozó los vidrios de los ventanales , de aquellos que miraban el horizonte . Hizo beber la cicuta de la angustia a los que elevaron volantines en busca de una emociòn . Quebró la columna vertebral de los que soñaban en utopìas redentoras en el fèrtil campo del pensamiento . El Señor feudal aconsejado por sus bufones , hizo comer las uvas de los trepadores . Pero el zorro no pudó alcanzar las esquivas uvas , que se movian por el viento de los insurgentes . Eran los tambores como demonios que levantaba el espìritu del pueblo . Aquel pueblo que aùn soñaba en caminar por los bosques . El Señor feudal envejecia , envejecia . Su caminar era como de una tortuga . Su voz era como el caer de los alfileres . Sentia el espectro de la muerte que se le presentaba en su alcoba . El olor de los muertos inundaba la pequeña nariz del Señor feudal El Señor feudal veia el principio del fin y los relojes victorianos lo despertaban en la mañana , en una elegante habitaciòn . Sintió que su lengua se trababa , cuando los albos sirvientes entraban a su alcoba . Las cinco de la tarde era su hora del horror . Los cànticos que sobrevivieron entraba como una ràfaga de cuchillos en los oidos del Señor feudal . Las coordenadas se dispararon en los libros de historias . Sus bufones volaron para agazaparlo . Todo cae por su propio peso , cuando entró en acciòn , aquel valeroso juez que emanó la sentencia . Mientras en una iglesia en Parìs , una vieja paupèrrima pudo sonreir , porque el cirio negro se apago con el ùltimo aliento del Señor feudal .






































