
TEXTOS DE HOTEL
Textos y fotografías: Wilfredo Carrizales
1
Camino aguijoneado por las
estrellas de las uñas de la Maga. La avenida principal de la ciudad nos guía
con luces lascivas hacia el hotel ideal. En la puerta del “Wladimir” cuatro
enanos regalan saludos. Intentamos pasar desapercibidos. Alejarnos.
“Adentro, la noche será nuestro
espectáculo”, afirma la Maga.
Sentados en la recepción, tres
enanos más leen un periódico ajustado a sus medidas.
Subo a la habitación 29 con
Blancanieves. Entre artificios de incienso, miel y jengibre, el rostro de cada
uno de los enanos se hace trapecio, alternadamente, en medio de mis piernas y
producen malabarismos prolongados sobre el pubis circense de la maga de las
blancas nieves carnosas.
2
Invito a la española a descubrir “América”, el hotel. Al final del largo
pasillo, se abren las puertas edénicas de la recámara. La gran cama gira en su
centro.
Mi espada enhiesta, de
relucientes espejitos, rasga la morada vestimenta que me cubre.
La reina católica enloquece
(acaso Juana, la demente rediviva) ante la vista de mi arma desnuda. Un gruñido
de almirante nativo rompe la medianoche y se derrumba el templo cristiano de
carnes apretadas y aromas de vulvas castellanas.
El reino hotelero que desde
entonces nos consume proviene del tierno cacao y la exuberante leche.
3
Sol se despoja goyescamente de
las pantaletas. Acomoda grácil su cuerpo en la exultación de la cama cinco
estrellas. De los senos emergen provocadores mensajes y hay un paisaje lacustre
que se agita con insistencia en su ombligo.
Los cabellos de Sol tiznan el
lienzo fino del lecho. Algunos audaces trazos van surgiendo a vuelos de paleta
y entusiasmo. Lo turgente se proyecta desde la febricidad de la piel y sus
latencias muerden con certeza.
Es mi barba ahora un enseñoreado
pincel, un prodigio piloso que todo lo pugna en su erótico haber.
Maja el pincel su cuerpo. Sol quemándose en colores. Desnuda, maja desnuda y un yo-Goya brillando en su tiempo.

4
Un hotel de carretera zarandeado
por el viento y Lizbeth me empuja hacia el amor. Un taxi presuroso, unas cortas
palabras, un rumbo preciso.
La melena amarillenta amanece
sin amanecer. Mi cuerpo desnudo es desplegado a lo largo de inmensas sábanas.
Lizbeth gravitando; Lizbeth
absorbiendo mis jugos; Lizbeth zaranda y mi falo mordido.
Juega la cama con sus dos
abrazos y las cinturas salen de viaje y se bambolean aferradas a sus quejidos.
El norte se apura. Acelera un
vehículo orgásmico. Lizbeth duerme y parte a la búsqueda de varios destinos.
5
En Miércoles Santo, la negra
Rita se volvió nazarena. Carne golosa, berenjena anochecida.
Un cinturón amarillo ciñe su
cintura de sangueo y tambor roncador. Mis dedos son cinco cilicios que pinchan
sus nalgas bendecidas y San Juan guiando nuestro tormento.
Se esconde entre los pechos una
añeja botella de White Horse y el busto se le encabrita, garañón de difícil
montura. El whisky moja sus labios y mi lengua humedece el pasaje hacia el
hotel.
Jacuzzi enjabonado bajo las
aguas. Gotas de whisky obnubiladas en las aberturas. La negra gimiendo de pie y
el agua tibia poniendo en su punto la piel deseosa del hambre heredada del
Congo o de las estribaciones de Senegal.
6
Del bar “El Carmen” escojo una
Rosa. Flor opulenta y barinesa con los pétalos insofocados del llano. Mi deseo
y su deseo es un vergel y en la encrucijada de nuestros besos nos hospedan “Los
Jardines”, ese hotel de arbustos y ecos foliáceos.
Sobre la mullida cama, Rosa
emerge sin espinas y el agrandado pistilo se mueve con avidez. Soy muchos
estambres. Estallo en polen, corro dentro de corpúsculos dorados y el cáliz de
Rosa se llena, se desborda en perfumes que me aligeran.
Rosa me acurruca entre su
matorral, mientras sus jugosos y morenos frutos colgantes me oscurecen el sueño
de una noche.
7
Lucina se vistió de extranjera
con la idea de que pernoctáramos en el “Hotel París”. Marchamos hacia allí en
“estado puro”. Ella creía pertenecer a una raza mareada en los palacios de
ascenso. El ardor era su ciclón y yo le creí con la veracidad sujeta a la
tierra.
Encima de la esponjada cama,
Lucina flotó en un aire tañido por las lámparas. Yo giré con mis hélices y la
derrumbé a mis pies. No quiso la paz y se tornó suave. Las abejas de sus
pezones se orillaron en medio de suspiros. Tuve que centrarlas a fuerza de
canciones.
Alargada, con un cuerpo casi
perpetuo, Lucina se ausentó de su ciclo y comenzó a hablar de revancha.
Descubrí la tradicional culpabilidad y le propuse hacerle el amor como un
jardinero. Aceptó y la envolví con todas las hierbas al uso y así ella pudo
conseguir, consecutivamente, los sabores de los climas y las nociones de una
ciudad lejana tal vez llamada Lutecia.







































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