
GOMBROWICZIDAS
Los hombres de
letras, más aún cuando desempeñan funciones de críticos literarios,
suelen buscar parecidos entre los escritores con menor o mayor fortuna,
ni siquiera Gombrowicz le ha escapado a esta suerte.
"Aún hoy en día
sigo sin saber gran cosa de Ionesco y de Beckett porque confieso, tanto
sin vanidad como sin rubor, que soy un autor de teatro que no asiste a
representaciones desde hace veinticinco años y que, salvo de
Shakespeare, no leo teatro (...)"
"Me gustaría saber hasta cuando
esos dos nombres malditos devorarán toda la sustancia de las críticas
dedicadas al teatro que escribo; hasta cuando han de servir de pantalla
a mi modesto teatro de aficionado. Que no es teatro del absurdo, sino
teatro de ideas, con sus medios propios, sus propios objetivos, su
clima particular y un mundo personal"
En el año 1934 Gombrowicz
ignoraba la existencia de Joyce y de Kafka, conocía muy poco del
surrealismo y tenía unas nociones vagas sobre Freud, captaba lo que
estaba en el aire, en las conversaciones y hasta en los chistes. El
aparato formal que había puesto en movimiento era pues, en buena parte,
de su propia cosecha.
"(...)
Estoy en el punto donde se desencadena la lucha por defender el Yo,
donde ese Yo tiende a afirmarse e intensificarse, en busca de la
Inmortalidad (...) Como ustedes habrán advertido ya, aquí no están
Proust ni Joyce ni Kafka ni nada de lo que se está haciendo ahora. Me
apoyo en autores que los precedieron porque ellos medían al hombre con
una vara más alta"
Encontrarle parecidos a Gombrowicz no es una
tarea fácil pues no tiene un estilo que se pueda ubicar recurriendo a
los antecedentes, es más fácil encontrárselos a Kafka.
"Yo era
culpable, abominable e intolerablemente culpable, sin causa y sin
motivo... Yo no sabía en realidad en qué consistía mi pecado, pero la
ignorancia no impedía que fuera presa de un intenso sentimiento de
culpa.... Un día escribí una carta de súplica al desconocido autor de
mis sufrimientos, al Acusador, para pedirle que me dijera qué crimen
había cometido, pero no supe adónde enviarla y la destruí"
Esta
forma estilística de Kafka a la que podríamos clasificar como la forma
de la postergación infinita ha alimentado la imaginación de muchos
escritores, entre otros a la de nuestro Pato Criollo. A pesar de la
desenvoltura con la que escribe y la facilidad con la que consigue que
le publiquen lo que escribe, el Pato Criollo conoce perfectamente bien
las contrariedades que padecen muchos de sus colegas.
En una
de sus novelas narra las desventuras de un joven escritor cuyo destino
queda ligado a la conducta contradictoria de un editor. El editor
recibe con entusiasmo la primera novela del autor, una historia que le
parece genial, y le promete la firma del contrato en no más de dos
semanas, pero las cosas no suceden así.
Los contactos
entre el escritor y el editor se van haciendo cada vez menos
frecuentes, de semanas pasan a meses y de meses a años, sin embargo, el
entusiasmo y la delicadeza con los que el editor trata al autor
aumentan con el transcurso del tiempo.
Pero es justamente el
transcurso del tiempo el que hace pasar al escritor de la condición de
joven promesa a la de autor entrado en años y, como si esto fuera poco,
también de escritor malogrado, una historia con el marcado aire
kafkiano de "Un artista del hambre".
Kafka narra en este
cuento los infortunios de un hombre que ayuna por falta de apetito y
que es exhibido en público como una rareza llamativa. Al final del
relato ya nadie se interesaba por él, y lo barren junto a la basura, un
final que surgiere un cierto parentesco entre este faquir y los
escritores malogrados.
Un gombrowiczida muy afamado que pasa buena
parte de su tiempo buscando parentescos entre los escritores es el
Orate Blaguer. En "Bartleby y compañía" ejercitó esta habilidad que en
sus manos se convierte en maestría, y así como nuestro Cortázar inventó
los cronopios, un término que llegó a convertirse en una especie de
tratamiento honorífico, el Orate Blaguer inventó los bartlebys, vocablo
con el que designa a los escritores malogrados que sea por la razón que
fuere renuncian a seguir escribiendo.
Hay
quienes han encontrado parecidos entre Gombrowicz y el creador de la
inmortal "Moby Dick", esa alegoría sobre la naturaleza de dos males en
pugna, el de una ballena que ataca y destruye todo lo que se le pone en
el camino, y la maldad absurda y obstinada del capitán Ahab, que
sostiene una venganza personal y arrastra a una muerte inútil a muchos
inocentes.
Pero el parecido de Gombrowicz con Melville se lo
encuentran en "Bartleby, el escribiente", uno de los más célebres
relatos breves de la literatura universal. Ha sido considerado un
relato precursor del existencialismo y de la literatura del absurdo.
Bartleby anticipa algunos temas comunes en obras de Kafka, como "El
proceso" o "Un artista del hambre", aunque es improbable que el autor
de "La metamorfosis" conociera el relato de Melville.
El
Asiriobabilónico Metafísico, tan poco propenso a admirar, adoraba a
este relato breve porque según su idea, Melville parece querer dar a
entender en Bartleby que si un solo hombre es irracional, es suficiente
para que el universo completo lo sea.
Gombrowicz y Melville son
navegantes aventureros, pero mientras el polaco sólo emprende aventuras
interiores a bordo de embarcaciones imaginarias en "Aventuras" y
"Acerca de lo que ocurrió a bordo de la goleta Banbury", el americano
las emprende a bordo de buques reales que lo llevan hasta los Mares del
Sur y a vivir durante un tiempo entre caníbales.
A pesar de la
advertencia que hace Gombrowicz de que a él no le gustaba parecerse a
nadie, para no desairar a los hombre de letras que le han encontrado
algún parecido con Melville, me puse a pensar y encontré un aire
familiar entre algunos de sus cuentos y "Bartleby, el escribiente"
Un
abogado tiene su oficina en el Wall Street de Nueva York. En la
tranquilidad de un apacible retiro, trabaja cómodamente con los títulos
de propiedad de los hombres ricos, con hipotecas y con obligaciones.
Tiene
tres empleados, dos son copistas o escribientes y el otro es un cadete
para los mandados. Las actividades del abogado habían aumentado en
forma considerable cuando fue nombrado agregado de la Suprema Corte.
Desde
entonces los dos escribientes no fueron suficientes para hacer el
trabajo de la oficina y es por esta razón que el abogado contrata a
Bartleby. Su figura es descripta como pálidamente pulcra,
lamentablemente respetable e incurablemente solitaria. El abogado le
asigna a Bartleby un lugar junto a la ventana.
Al principio
Bartleby realiza un gran cantidad de trabajos de copista, sin embargo,
cuando el abogado le solicita que coteje con él una de las copias que
había hecho con el original respectivo, Bartleby responde: –Preferiría
no hacerlo.
A partir de entonces a cada requerimiento del empleador
para examinar y cotejar su propio trabajo con los originales Bartleby
contestaba con total serenidad pero siempre de la misma manera:
–Preferiría no hacerlo, aunque continuaba trabajando como copista con
la misma eficiencia de siempre.
El abogado descubre que Bartleby no
abandona nunca la oficina, y que en realidad se había quedado a vivir
allí. Cuando le pregunta si le gustaría hablar de asuntos que no
estuvieran relacionados con el trabajo Bartleby le responde con la
consabida frase: –Preferiría no hacerlo.
Un día Bartleby decide
no trabajar más ni siquiera como copista y entonces al abogado no le
queda más remedio que despedirlo, pero él se niega a irse y continúa
viviendo en la oficina. Sintiéndose incapaz de expulsarlo por la
fuerza, un poco por piedad y otro poco por cariño, el abogado decide
mudar su bufete.
Bartleby
permanece en la antigua oficina y los nuevos inquilinos le presentan
quejas formales al abogado quien intenta convencerlo sin ningún
resultado. Finalmente, Bartleby es detenido por vagabundo y encerrado
en la cárcel, donde termina sus día dejándose morir de hambre.
El abogado queda muy consternado por el fin que ha tenido su pobre empleado y busca a ciegas una explicación.
"Bartleby
había sido un empleado subalterno en la Oficina de Cartas no Reclamadas
de Wáshington, del que fue bruscamente despedido por un cambio en la
administración. Cuando pienso en este rumor; apenas puedo expresar la
emoción que me embargó. ¡Cartas no Reclamadas!, ¿no se parece esto a
hombres muertos? Conciban ustedes un hombre por naturaleza y por
desdicha propenso a una pálida desesperanza. ¿Qué ejercicio puede
aumentar más esa desesperanza como el de manejar continuamente esas
cartas muertas y clasificarlas para las llamas? Pues a carradas las
queman todos los años. A veces, el pálido funcionario saca de los
dobleces del papel un anillo –el dedo al que iba destinado, tal vez ya
se corrompe en la tumba–; un billete de Banco remitido en urgente
caridad a quien ya no come, ni puede ya sentir hambre; perdón para
quienes murieron desesperados; esperanza para los que murieron sin
esperanza, buenas noticias para quienes murieron sofocados por
insoportables calamidades. Con mensajes de vida, estas cartas se
apresuran hacia la muerte.. ¡Oh Bartleby! ¡Oh humanidad!"







































que chido publican deberian tener ...
que chido publican deberian tener un programa en la radio en tv