
GOMBROWICZIDAS
WITOLD GOMBROWICZ, MIGUEL NAJDORF Y PAULINO FRYDMAN
por Juan Carlos Gómez
Existen
muchas leyendas sobre al origen del ajedrez y distintos países se
atribuyen su procedencia. Hoy se cree que el ajedrez procede de la
India y que su creador lo ideó para entretener a su rey, a quien le
pidió como recompensa un grano de trigo por la primera casilla, dos por
la segunda, cuatro por la tercera hasta cubrir las 64 de las que consta
el tablero siguiendo esta proporción en el paso de una casilla a la
siguiente.
Como en aquel tiempo no sabían lo que era una
progresión geométrica el rey le respondió inmediatamente que sí sin
presentir en absoluto lo que significaba todo eso. Resultó que hecho el
cálculo correspondiente se descubrió que todos los graneros del imperio
de 16.384 ciudades de 4.080 agricultores no hubieran bastado para
contener la cantidad de trigo pedida, pues equivalía a un cubo de más
de un kilómetro de lado. Otros cuentan la historia de que el inventor
fue el griego Palamedes, y que lo habría inventado durante el sitio de
Troya para distraer a los guerreros durante los días de inacción.
Sea
cual haya sido el origen del ajedrez, fue jugando al ajedrez que yo
conocí a Gombrowicz en una tarde del café Rex del año 1956.
El Rex
había sido durante veinte años un lugar ideal, se podía conversar y
jugar al ajedrez. Cuando en marzo de 1961 ese café cerró se nos partió
en dos un medio mágico: la conversación se nos fue para La Fragata y el
juego para un club de ajedrez.
Yo no sé si una persona a la que no
le interesa este juego puede entender lo que significa el ajedrez,
además del juego en sí mismo es un refugio para protegerse de los
infortunios de la vida, es una manera de matar las amenazas del tiempo,
pero también es un campo en el que se cruzan las existencias de una
manera intensa, el color de fondo que da el ambiente del ajedrez es
inolvidable y no puede ser reemplazado con nada.
El ajedrez fue para Gombrowicz en la
época de su mayor miseria y de la guerra una disciplina que lo ayudó a
soportar la pobreza y la soledad, el café Rex se convirtió para él en
un verdadero hogar.
Miguel Najdorf, el gran maestro de ajedrez, y
Witold Gombrowicz eran dos polacos que por la razón de su inmenso ego
no se llevaban bien. Los dos eran actores y, cada uno a su modo,
expertos narradores de historias. Un mediodía, en la Embajada de
Polonia, Najdorf nos contaba al embajador, al cónsul y a mí un cuento
que tenía una moraleja. La cuestión es que Najdorf, como integrante del
equipo de ajedrez polaco que vino a la Argentina a competir en la
olimpíadas del 39, había sido responsable según nos contaba de la
muerte de otro ajedrecista, también judío.
Najdorf tenía
asegurada su participación antes del último juego del torneo de
selección que se hizo en Polonia, pero su contrincante sólo podía
conseguir el nombramiento si le ganaba a Najdorf. Entonces, la mujer
del contrincante le pidió a la mujer de Najdorf que le pidiera a su
marido que se dejara ganar. Najdorf no accedió a ese pedido, el colega
judío se quedó en Polonia y los alemanes lo mataron en un campo de
concentración.
Cuando
Najdorf le puso punto final a la historia después de haber logrado el
clima dramático que necesitaba, intervino el cónsul con un aspecto
siniestro. La inteligencia y la astucia le brillaban en los ojos, le
pidió a Najdorf que no se pusiera triste pues no había sido él sino el
destino el que había originado la tragedia.
En efecto, si Najdorf
se hubiera dejado ganar, su contrincante judío se habría salvado, pero
el que vino a la Argentina en el lugar de él, también judío, se hubiera
quedado allá con igual suerte de la que tuvo el que murió. Tomamos una
vodka y pasamos a otro cuento.
Cuando yo le hice conocer a
Najdorf la invitación a la Embajada de Polonia que le estaba haciendo
el embajador no se puso contento: –Vea, Gómez, voy a aceptar porque soy
polaco y porque no quiero hacerlo quedar mal a usted pero, me cuesta,
los polacos no nos quieren, odian a los judíos.
La
Wehrmacht invade Polonia el 1º de septiembre de 1939, hacía diez días
que Gombrowicz estaba en Buenos Aires. Ese día, en un café junto a
Miguel Najdorf –que había llegado a la Argentina el mismo día que
Gombrowicz pero en otro barco–, escuchaba las noticias de la guerra por
la radio. El terror y el odio se apoderaron de estos dos señores que el
tiempo y las ventoleras de la historia convertirían en dos inmigrantes
famosos.
Paulino Frydman, gran maestro de ajedrez e integrante
del equipo olímpico igual que Miguel Najdorf, fue en cambio muy amigo
de Gombrowicz.
"Conocí a Gombrowicz en la época que era más pobre.
Y, sin embargo, siempre lo he visto vestido modestamente, pero de un
modo limpio y digno. Bien afeitado, con el pelo corto y correctamente
peinado. Era metódico, no le gustaba el desorden ni le tiraba el
alcohol (...) Se ocupaba de su salud con el mismo cuidado que le
dispensaba a sus demás asuntos, no dejaba nada librado al azar. Era un
hombre que jamás olvidaba nada ni descuidaba ningún detalle (...)
Gombrowicz es el hombre más serio que he conocido en mi vida (...) Era
muy leal como amigo, siempre mantenía sus promesas"
Es
una descripción excelente de un buen burgués venido a menos, pero
siempre a la altura de las circunstancias y consciente de su alcance
social.
"Algunos días después, lo vi entrar al Rex, era un
apasionado de ese juego. El ambiente le gustó mucho. Jugaba y, entre
las partidas, solía charlar, lo que no agradaba a sus adversarios.
Gombrowicz no era un jugador profesional pero tenía un buen nivel para
ser aficionado. Su juego era muy personal, un poco fantaseoso. No
conocía bien la teoría y practicaba principalmente el ataque. Además
jugaba siempre con el estado psicológico de su adversario. Tenía manías
que ponían a los otros jugadores fuera de sí, por ejemplo, la de tomar
un peón entre el dedo índice y el mayor y dar pequeños golpes secos
contra el tablero. Gombrowicz jugaba indistintamente con buenos y malos
jugadores y le daba igual perder que ganar. El ajedrez lo ayudaba más
que ninguna otra cosa a calmar los nervios en la difícil situación en
la que se encontraba (...)"
"Al
concentrarse en las partidas, se olvidaba de todo.. Esta disciplina le
fue muy útil durante la guerra y en los momentos de mayor pobreza y
soledad. El Rex era como un segundo hogar para él"
En los primeros
años de su miseria argentina a Gombrowicz le había agarrado una fiebre
que no se le iba. Frydman, director de la sala de ajedrez del café Rex,
le presta un termómetro para que se la controle todos los días. No hay
caso, la fiebre no se va, entonces ese buen amigo le da unos pesos para
que se tome unas vacaciones en Córdoba, pero estando allá la fiebre
tampoco se iba. Un noche el termómetro de Frydman se rompió y
Gombrowicz tuvo que comprar otro. La fiebre desapareció.
"Es
así que debo la estancia de unos meses en La Falda al hecho de que el
termómetro de Frydman estuviera estropeado y marcara unas décimas de
más (...)"
La traducción de "Ferdydurke" fue posible gracias a
que Frydman consiguió traer en forma milagrosa un ejemplar del libro
desde Polonia, pero ni Piñera ni las otras personas que ayudaron a
Gombrowicz a poner en español a "Ferdydurke" pudieron comparar las dos
versiones pues no sabían polaco. Los polacos hispanohablantes
observaron después de que el libro apareciera en la Argentina que
Gombrowicz había creado una versión más fácil de la novela para atraer
la atención del lector al contenido del libro.
Por medio de la
eliminación de las partes difíciles y estilísticamente más extrañas,
reemplazadas por un breve sumario del sentido del fragmento faltante,
los autores de la traducción se propusieron no desalentar a los
lectores hispanohablantes en el mismo comienzo de la obra.
Existe
una última mención escrita que Gombrowicz hace del maestro Frydman, es
el pasaje de una carta que se volvió famosa y dio la vuelta al mundo.
"Todavía
quiero hacerle observar desde el punto de vista estético que la belleza
del amor depende únicamente de las personas que lo hacen. Imagínese al
maestro Frydman encamado con Frau Schultze y observe si esto no es
inmundicia, aunque fuera santificado aún por el Santo Matrimonio. Usted
Goma no sabe nada de nada"






































