GOMBROWICZIDAS
"Por consiguiente, la
música no es en modo alguno la copia de las Ideas, sino de la voluntad
misma, cuya objetividad está constituida por las Ideas; por esto mismo,
el efecto de la música es mucho más poderoso y penetrante que el del
resto de las bellas artes, pues éstas solo nos reproducen sombras,
mientras que ella, esencias"
Gombrowicz admiraba al autor de este
pensamiento más que a ningún otro filósofo, lo había deslumbrado desde
su más tierna juventud.
"La filosofía de Schopenhauer es más que una
filosofía, es una intuición y una moral. Se indignaba porque en una
isla del Pacífico las tortugas del mar salían cada año del agua para
procrear en la playa donde los perros salvajes de la isla las daban
vueltas y las devoraban (...)"
"He ahí la vida, esto es lo que
cada primavera se repite en forma sistemática desde hace milenios. La
filosofía de Schopenhauer no es popular, es tremendamente
aristocrática, y de ella no se pueden sacar consecuencias políticas,
como de la de Hegel o la de Sartre. Para mí es un misterio que libros
tan interesantes como los de Schopenhauer y los míos no encuentren
lectores"
Teníamos
absolutamente prohibido tararear, canturrear o silbar mientras
escuchábamos música. Él, en cambio, se permitía algunas cosas: hacía
unas muecas espantosas con la boca, levantaba los codos con los brazos
flexionados y las manos crispadas, siguiendo los compases de la música,
aleteando como un pájaro enfermo que no puede levantar vuelo. A veces
dejaba escapar unos chirridos desagradabilísimos entre los dientes.
Había muchas protestas: –Vean, yo sigo la línea fundamental, como los
grandes directores, los detalles no me preocupan.
"A veces venía
a tomar el té con su amigo Gómez. Me acuerdo un día en el que quiso
escuchar uno de los cuartetos de Beethoven en mi la casa. Escuchaba
religiosamente la música con Gómez. En un momento dado, salí al jardín.
Todavía era invierno y encontré una gran flor de magnolia que acababa
de abrirse. Entré para decirle que viniera a ver lo bella que era.
Witold me respondió sin moverse: –Le creo, Alicia. Y siguió escuchando
la música"
Los
cuartetos de Beethoven eran para Gombrowicz la cumbre prodigiosa de la
música, y la música, el efecto más poderoso y penetrante con el que las
bellas artes alcanzan el alma. A parte del placer que le producía,
Gombrowicz encontraba en la música una estructura espiritual que se
correspondía profundamente con el arte de la composición literaria, una
estructura espiritual en la que se apoyaba para componer sus obras.
"¡Qué
descaro de mi parte recurrir a unos temas tan fascinantes y melodiosos!
Sobre todo hoy, cuando la música moderna le teme a la melodía, cuando
el compositor, antes de utilizarla, tiene que despojarla de toda su
atracción, volverla árida. Lo mismo ocurre con la literatura: un
escritor moderno que se respete a sí mismo evita toda suerte de cebos,
le gusta más ser difícil y prefiere repeler antes que tentar (...)"
"¿Y
yo? Yo hago justamente lo contrario, meto en la obra todos los sabores
más sabrosos, los encantos más encantadores, la relleno de bellezas y
excitaciones, no quiero una escritura árida, sin hechizo... Busco las
melodías más cautivadoras... para llegar, si lo consigo, a algo todavía
más seductor todavía"
Durante muchos años Gombrowicz había perdido el contacto con la música, no tenía radio y no iba a los conciertos.
Con
anterioridad a la compra del Ken Brown, un reproductor de discos,
nuestras conversaciones con él poco tenían que ver con la música misma;
algunas anécdotas tan sólo (el concierto para piano que dio en
Salsipuedes, en el que aporreó las teclas a gran velocidad, a pesar de
que no sabía distinguir una negra de una corchea; los auxilios
financieros del inolvidable Karol Szymanowski, el príncipe de los
homosexuales, según declaraba con entonación), y poca cosa más.
Pero
Gombrowicz andaba a la búsqueda de algo más duradero, nuevos temas para
su "Diario", ya que lo que había escrito sobre la música hasta ese
entonces se refería más bien a sus manifestaciones sociales, a la
mistificación y a la falsedad que rodean a las representaciones en los
teatros de ópera y de conciertos, al valor derivado e inauténtico de
los ejecutantes y directores, y no a la música misma.
La pieza
de Venezuela era muy antigua y tenía suministro de corriente continua,
así que cuando Gombrowicz enchufó el Ken Brown por primera vez, un
aparato de corriente alternada, la pick-up le explotó en las manos.
Llegó a adquirir una gran facilidad para referirse a los aspectos
técnicos de la música, un conocimiento apócrifo que utilizaba para
lucirse e incomodar a los demás.
Una polémica con Madame Orel terminó mal;
discutían sobre si la cromática era la gama o la escala, la cosa es que
la Madame se enojó y le dio una bofetada.
Más allá de las
anécdotas, Gombrowicz tenía una actitud verdaderamente religiosa con la
música, era enormemente sensible a este lenguaje espiritual al que
consideraba la manifestación más esencial del arte.
Se abocó
rápidamente a organizar una pelea radical entre Bach y Beethoven. Bach
y su género abstracto, con una línea melódica que le recordaba el
sonido de una máquina de coser, condujo el desarrollo de la música al
fracaso. La admiración que despierta y el placer que produce son
equivalentes a los que se obtienen de la resolución de un problema
matemático. Bach instruye con sus Brandenburgueses a los asesinos del
canto.
De Beethoven, en cambio, emana un placer inmenso, la
sensualidad de la forma y la violencia ejercida contra ella lo ponen de
inmediato en la esfera metafísica. Hay una facilidad en la aproximación
a Beethoven que le llamaba la atención. En el arte nada es tan difícil
como la facilidad, pues su desarrollo es contrario a la facilidad, el
esfuerzo por mantenerla viva es contrario a la evolución natural del
arte, y sólo es posible si detrás de la música se oculta un trabajo
gigantesco de composición con la forma.
Beethoven
parece fácil y, sin embargo, es el más difícil de todos: encontró un
lenguaje musical ya hecho, lo unió a la naturaleza e inventó un idioma
nuevo que durará por muchos siglos. Después de Beethoven la música
comenzó a deslizarse hacia la abstracción, y los modernos descendientes
de Bach, a juicio de Gombrowicz, se convirtieron en uno de los más
claros ejemplos en la historia de la cultura de cómo el desarrollo de
la forma inexorablemente deforma al hombre y se vuelve contra él.
"Ya
es hora de responder a la pregunta: ¿por qué se quiere destruir a
Beethoven, por qué se permite cualquier tontería siempre que sea
antibeethoveniana, por qué se ha urdido una red de alabanzas ingenuas y
acusaciones igualmente ingenuas con la intención de ahogarlo. ¿Tal vez
porque Beethoven no gusta? (...)"
"Es justamente por lo contrario: porque es la única música que realmente le ha salido bien a la humanidad, la única encantadora"
En
el templo sagrado que Gombrowicz levanta para la música Mauricio Kagel,
uno de los contertulio del café Rex, oficiaba de nuestro sumo
sacerdote. Pierre Boulez, que había llegado a la Argentina para
presentar algunas de sus obras, quedó sorprendido por la originalidad
de sus composiciones y le recomendó que complera su formación en
Europa.
Kagel no lo piensa demasiado: gracias a la beca
"Deustscher Akademischer Austauschdienst" que concedía el gobierno
alemán se traslada a Colonia en 1957, en aquellos años foco de
irradiación de la creación contemporánea en el continente, donde
establece su residencia.
"(...)
Más allá de la famosa frase de John Cage según la cual ‘el mejor músico
europeo es argentino y se llama Mauricio Kagel’, no sería del todo
cierto decir que la carrera de Kagel fue posible sólo a partir de su
desembarco en Europa. Ya a principios de la década de 1950, cuando el
compositor se encontraba todavía en el país, el escritor polaco
radicado en la Argentina Witold Gombrowicz –cuyo destino sudamericano
mantiene una velada relación simétrica con el destino europeo de Kagel–
le había hecho notar a Cecilia Benedit de Debenedetti: ‘Kagel es el
mejor músico argentino’ (...)"
La relación de admiración que
Gombrowicz mantenía con Mauricio Kagel no se extendía a otros miembros
de su familia, por lo menos así nos lo hace saber en una carta que nos
escribe desde Berlín.
"(...) Cosa curiosa el hecho que yo no
hablo alemán (aunque ya hablo mas o menos) parece excitar a todos para
venir al café Zuntz. A veces me imagino la esquina de Venezuela y Perú,
o Perú y Belgrano, allí donde está el vendedor de flores. Hoy al Zuntz
vino Guida Kagel, hermana de Mauricio que es director de la orquesta en
Colonia. Es tortillera notoria (...)"
En
un pasaje memorable de los diarios Gombrowicz ilustra de una manera
ejemplar el papel que juega la música en sus composiciones literarias.
Había llegado a una reunión a las dos de la mañana, era la noche de fin
de año.
Inesperadamente, la gente se dividió en parejas y empezó a
bailar. Desde el lugar donde estaba Gombrowicz casi no se oía la
música, el ritmo de la danza era más real que la melodía, parecía que
el origen del baile no era la música, sino que el origen de la música
era el baile.
Era un baile de barrigas, de calvas y de los
rostros marchitos de gente mayor. Se trataba de la humanidad más
corriente con su inevitable miseria que se pavoneaba de sí misma
desvergonzadamente entre brincos sin música, como dispuesta a poseer
por la fuerza a la belleza, la elegancia y la alegría, poniendo en el
baile todos sus defectos y su vulgaridad, todas las penurias y la
degradación acumuladas durante el transcurso de los años.
"Pero
ese frenético y esperpéntico anhelo de encanto, al llegar a su
paroxismo, de repente arrebataba un signo de vida a la melodía, a
aquellas pocas notas felices que al unirse con el baile lo santificaban
por un instante, tras lo cual se reanudaba la colaboración salvaje,
oscura, sorda y sin Dios de unos cuerpos agitados y arrastrados por su
propio ímpetu"
El baile, a pesar de su imperfección, creaba la
música, y es en este pasaje de la imperfección de esos cuerpos agitados
al encanto de la música donde Gombrowicz hace una pirueta profunda, a
pesar de tener conciencia de que esa idea se le había ocurrido sin una
elaboración previa adecuada. La idea de que el baile creaba a la música
era lo que había en el fondo de los libros, de las luchas y del valor
de los escritores. Hacia ese idea se precipitaba toda la humanidad, esa
idea se había convertido en la inspiración y en la meta de nuestro
tiempo.
"También
yo me dirigía hacia esa idea siguiendo una espiral que estrechaba cada
vez más sus círculos. Pero en este momento me quedé anonadado. ¡Porque
me di cuenta de que había pensado esta idea sólo por su pathos!"






































